La nostalgia no tiene un solo color.
A veces tiene el peso de la medianoche y se mueve en el silencio de la contemplación, pasajera de los impulsos que solo visitan cuando el corazón se permite la licencia del recuerdo. Otras veces es casi líquida y se desliza suavemente en las luces del verano, una invitación a bañar el presente con el brillo del ayer.
Un encuentro entre ambos tonos suena contradictorio, pero es lo que el ciclo de conciertos A2Bandas, iniciativa del Centro Cultural de España en El Salvador (CCESV), logró el pasado 7 de junio al fusionar los ecos multigénero de la banda Inflorescencia y la pasión acústica del trovador Manuel Conteras. Un concierto que llenó la jornada de color y movimiento.
Un ramillete de influencias retro abrió la noche para un público que, al principio tímido, fue entregándose al vaivén de las décadas invocadas por la banda nacida en 2019 como proyecto solista de Ricardo Bendek. Temas como Agosto, cargado de psicodelia con un mensaje de amor propio, y Nómada, con una línea de bajo inconfundiblemente sesentera, se mezclaban sin esfuerzo entre otras selecciones más eclécticas. Ahí estaban Despierta, un tema de claras influencias reggae, o Expedición, referencia inteligente al dream pop plagado de tensión y entusiasmo a partes iguales, que resultan sorprendentemente cohesivas pese a su distancia en el tiempo.
Especial mención merece no solo la sensación de comunidad entre todos los integrantes, que contribuyó a envolver a la audiencia en la calidez de su propuesta musical, sino también el trabajo de la vocalista Naomy Díaz, que inyecta frescura y energía a temas como el antes mencionado Despierta.
Esa conexión fluida entre experiencias solo es posible gracias a la vena común que recorre el estilo musical de Inflorescencia: crear un juego común entre épocas a través de armonías cálidas, empalmando lo que pareciera discordante con guiños fácilmente atribuibles a cada estilo, y temáticas sencillas pero memorables. Que esta sensibilidad sea adoptada por músicos en sus veintes de manera tan precisa agrega otra capa de disfrute al experimento.
Manuel Contreras es veterano de sus escenas y estilos. Este cantautor, que ha compartido escenario con grandes referentes como Dúo Guardabarranco o Luis Enrique Mejía Godoy, se muestra amigo de composiciones contundentes, apasionadas. El trovador eleva a poesía lo mundano, llama a las cosas por su nombre y en ningún momento evade con cinismo ni minimalismo la genuina maravilla con que aborda el amor, la justicia, la vida misma. La mayor parte de las veces, su voz cargada de sentimiento y su guitarra bastan para crear imágenes vívidas, luchadoras.
Cabría preguntarse cómo empalmar este impulso melódico tan joven con un proyecto de tanta madurez y en apariencia tan lejano en lo ideológico como la trova o la nueva canción de autor, que constituyen la bandera de Contreras y que hunden sus raíces con mayor profundidad y, en ocasiones, temáticas más densas. Generacionalmente, incluso, la trova es un ejercicio íntimo, solitario, en contraste con el espíritu colectivo de la psicodelia o el indie, aguas de las que bebe Inflorescencia.
Con Levedilla del agua, la composición original de Contreras recibe de Inflorescencia un nuevo hogar sonoro, en una atmósfera casi iridiscente, un llamado estilizado a la conservación ambiental, pero sin diluir la potencia de su mensaje. En contraposición, los temas Caminar e Inflorescenska recogieron de Contreras la claridad de una epifanía, injertando carácter y dimensión en la lógica inflorescente con curiosa facilidad: la sencillez de un corazón que se abre a la vida no es un tema desconocido para la trova, que aquí torna una declaración en un momento introspectivo.
Aún así, esto no significa que la juventud carezca de fuerza o intensidad. La balada Tus cenizas entre mis manos se llena de angustia e impaciencia, un diálogo entre el duelo y la pasión, en los acordes de la siguiente generación.
Inflorescencia cerró la jornada con algunas de sus canciones más recientes y memorables. Color, una invitación indie a la autenticidad que los gritos de los asistentes pidieron en reprise, fue seguida por La Cumbia del Perro, impregnada del sabor citadino que solo conoce quien se ha perdido en el humo de San Salvador. Otro Día en la Colonia despidió este feliz encuentro, un relajotropical que impidió que ni un par de piernas se quedase sin bailar.
Una vez en escena, este ejercicio de fusión se volvió un recordatorio para dejar los prejuicios puristas atrás, un llamado a encontrar puntos comunes, a descubrir la levedad de lo innombrable, la enormidad de la alegría. Es agradable, además, observar a todos los artistas en escena, tan distintos entre sí en edades y estilos, unirse en un momento de genuina alegría y camaradería.
Así, en espacios tan necesarios como las sesiones A2Bandas, se logra la alquimia en apariencia imposible de estilos y perspectivas. Atestiguar la fertilidad de la escena musical salvadoreña y su capacidad persistente de diálogo, de transformación, se convierte en un soplo de esperanza para quienes tienen el privilegio de presenciarla. Privilegio que ojalá, un día, sea tan natural para todas las personas como ver una flor abrirse.