Arte y cultura en comunidades desconectadas

Cándida Chévez

**Imagen tomada del sitio DW.

«La cultura cambia la conciencia histórica de una época; puede cambiar un modelo de venganza por uno de reconciliación. Si la cultura avala la venganza, los pueblos se eternizan en los conflictos. Si la cultura avala la reconciliación, los pueblos hacen virajes en su historia».

Diana Uribe, 2014 

En el año 2015 la Asociación Tiempos Nuevos Teatro (TNT)1 comenzó a trabajar con mujeres adolescentes y jóvenes del Centro Femenino para la Inserción Social del Instituto Salvadoreño Para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) a través de una propuesta de arte y cultura que buscaba contribuir a brindar una mejor calidad de vida por medio de la sensibilización y humanización que traen consigo las artes. Este esfuerzo llevó a la creación de la Orquesta de Cuerdas, una experiencia de formación musical de instrumentos de cuerdas, como el violín, la viola y el violoncello.

Lo que inició como un proyecto de atención para mujeres jóvenes privadas de libertad, tres años después se convirtió en una propuesta integral de un modelo de inserción social cuyos ejes transversales son el arte, la cultura y los derechos humanos. Mujeres en el camino era una propuesta que iniciaba durante las medidas de internamiento, pero continuaba acompañando a las jóvenes al momento de obtener su libertad, convirtiéndose así en un puente que conectaba con un nuevo proyecto de vida en condiciones más dignas.  

Jóvenes, violencias y políticas públicas

El Salvador cuenta con cuatro centros de inserción social para adolescentes y jóvenes en conflicto con la ley. Solo un centro recibe mujeres. En los últimos 5 años, alrededor de 2,000 jóvenes entre los 12 y 18 años han sido condenados por delitos, en su mayoría, vinculados a pandillas. El sistema penal juvenil salvadoreño es uno de los pocos a nivel de Latinoamérica que tienen la edad de imputabilidad más baja desde los 12 años y con condenas que pueden llegar a los 15 años de privación de libertad. 

Posterior a la firma de los Acuerdos de Paz en la década de los noventa, el fenómeno de las pandillas comenzó a germinar en los barrios de San Salvador, logrando en pocos años una expansión en todo el nivel nacional. El origen de estas organizaciones de estructuras complejas en Centroamérica está asociado a una diversidad de condiciones de carácter históricos, políticos y sociales; son caracterizadas por actos violentos y delictivos, un alto nivel de organización que les permite ganar o mantener poder y territorio, ajuste de cuentas, resolver conflictos internos y la obtención de beneficios económicos. (Portillo, 2012). 

Aquello que comenzó a finales de una guerra civil y en plena consolidación de un sistema neoliberal, tomó en los siguientes años diversas aristas. Las pandillas se consolidaron como un poder territorial que fue fortaleciéndose en cada década a partir de las decisiones políticas y la implementación de políticas de seguridad “mano dura”.  Los jóvenes de barrios populares y vulnerados se constituyeron en el principal nicho para esta expansión y fortalecimiento, pese a que el fenómeno no es exclusivo a la condición juvenil, sino de carácter intergeneracional, siguen siendo las juventudes las que se colocan al centro de estos escenarios de violencias debido a una serie de condiciones socio-económicas del entorno que favorecen su participación en estas acciones, además del limitado abordaje que desde las políticas públicas se realiza en estos temas.

En El Salvador, al igual que muchos países de América Latina la posibilidad de acceso de los jóvenes al pleno goce de sus derechos está determinado por el territorio en el que nacen y las condiciones socioeconómicas de su entorno familiar.  Dentro de este contexto territorial, las y los jóvenes no constituyen una categoría homogénea, no comparten los modos de inserción en la estructura social, lo que implica una cuestión de fondo: sus esquemas de representación configuran campos de acción diferenciados y desiguales (Reguillo, 2000).  Ser mujer dentro de estos contextos conlleva mayores factores de vulneración.

Hay dos tipos de juventudes, cuyas diferencias se anclan en la cercanía, o no, a las alternativas y al acceso: una juventud precarizada, la mayoría, desconectada de las instituciones y sistemas de seguridad, con sus posibilidades de elegir mermadas y otra juventud conectada, incorporada a los sistemas de seguridad y a las instituciones y que cuentan con mayores posibilidades de elegir (Reguillo, 2000). 

En contextos vulnerados, el arte y la cultura no emergen como derechos sino como actos de resistencia construidos por las juventudes como una manera de expresión, denuncia, de escape, de transformación, como un proceso de subjetivación política, que les permite reinventarse y re-existir en territorios sin futuro. 

Poco se ha abordado en estos años el tema de las mujeres jóvenes y las pandillas. Sin embargo, los estudios realizados muestran que las motivaciones de las mujeres para ingresar a una pandilla son diferentes a la de los hombres, así como la experiencia que viven adentro. Generalmente, las mujeres cuando ingresan, a pesar de su corta edad, su vida ya está caracterizada por numerosas privaciones, situaciones de exclusión, de abusos y violencias. Prevalecen tres factores motivacionales: las relaciones disfuncionales a nivel familia, el deseo de venganza hacia un agresor y la atracción por la identidad y dinámica de la pandilla. 

El arte y la cultura como una posibilidad de conexión con el mundo

“Haciendo del arte algo que no solo hacemos en nuestros tiempos libres sino algo que nos hace libres todo el tiempo”.

(TNT, 2015) 

La acción sociocultural en el medio penitenciario tiene una importancia primordial para romper la rutina y abrir otros horizontes más humanizados y humanizadores del contexto carcelario. Su finalidad última es servir para despertar inquietudes, conocerse verdaderamente y modelar la personalidad. Se trata de renovar y promocionar al sujeto como persona y ponerle en contacto con la sociedad para intensificar su reinserción. Los diversos inconvenientes de la privación de la libertad (aislamiento, problemas psicológicos, separación de su entorno…), dan mayor protagonismo a dichas acciones socioculturales como medio eficaz para educar la libertad, por lo que los procesos de inserción deben comenzar cuando las personas se encuentran aún dentro de los Centros de detención.

Las juventudes que cumplen medidas de internamiento en Centros para la Inserción Social, encuentran ahí la posibilidad de resignificar un espacio desde el arte y muchas de ellas se preguntan qué hubiese pasado si hubieran conocido un violín antes que un arma, una orquesta antes que una pandilla. ¿Por qué tuvieron que llegar a ese espacio para tener acceso a gozar de los derechos culturales que les han sido negados desde que nacieron? 

Desde TNT hay un interés en el ámbito de prácticas de arte y transformación social, ya que se reconoce en ellas su potencial transformador a nivel individual, grupal y comunitario en lo referente a conformación de vínculos solidarios, posibilitador de nuevas miradas, canalizador de deseos y necesidades compartidos, promotor de participación comunitaria, transformador de representaciones e imaginarios sociales, y espacio de creación compartido que trasciende el mero discurso y obliga a poner el cuerpo en acción junto a otros. El arte es un medio muy potente para la trasformación social, porque apela al sentimiento, a las emociones, a la creatividad del sujeto, porque es, a la vez, un lugar del conocimiento, y porque permite «la democracia» que la política y la economía no logran, ya que las expresiones de la cultura son un derecho natural de toda comunidad.

El arte es memoria, reflexión y propuesta. Es lenguaje que permite nombrar lo innombrable.

El fuerte estigma que acompaña a adolescentes y jóvenes que han transitado por los caminos de la vida de las pandillas y que han estado privados de libertad los marca en muchos casos para toda la vida, limitándoles sus posibilidades de acceso a estudios, trabajo y oportunidades para escribir nuevas historias en este país. Sin embargo, desde la creación de una Orquesta de Cuerdas y del Ensamble Liberarte, observamos cómo las notas musicales creadas con las cuerdas de unos violines se convirtieron en una nueva posibilidad para reescribir la vida. Para las jóvenes la música fue una pequeña ventana de libertad en medio de su encierro y detrás de los muros, les permitió darse cuenta que pueden aprender y hacer muchas cosas más en sus vidas, fue una ventada para aprender a soñar y fortalecer su autoestima. La música les permitió que sus familias se volvieran a sentir orgullosas de ellas, que las volvieran a ver como hijas, hermanas que quieren continuar con su vida.

Desde los discursos radicales y de seguridad, la población considera que las y los jóvenes que se han visto involucrados en pandillas no tienen derecho a continuar con sus vidas y socialmente se les condena desde la exclusión y la marginación del sistema. “Cárcel o muerte” los dos caminos que se promueven desde los discursos sociales para las y los jóvenes y quizás, en algunos casos la “religión” como alternativa. No hay segundas oportunidades en una sociedad para la cual estos jóvenes solo importan para fortalecer los discursos políticos y de seguridad del país. 

Sin embargo, desde las notas musicales que salían de los violines de un centro de privación de libertad para jóvenes vinculadas a pandillas, han logrado transformar la percepción que se tiene sobre ellas en espacios que se han vuelto mediadores de sus procesos de inserción social, facilitando su acceso a empleo, estudios, espacios artísticos y finalmente al activismo por la defensa de los derechos de las mujeres y jóvenes. 

Desafíos para la política pública y para los defensores de derechos culturales

Desde las políticas públicas se tiene el desafío de visibilizar las brechas de desigualdad y los escenarios que se configuran a partir de ellas para jóvenes y mujeres que viven en contextos vulnerados. Acercar y generar condiciones para el goce de los derechos culturales en grupos de contextos vulnerados. 

Hacer una lectura del papel del arte y la cultura en los escenarios contemporáneos. Generar reflexiones y debates. Escuchar las voces de las juventudes en estos procesos y trascender de un enfoque de riesgo y prevención de violencia a un enfoque de protagonismo como actores claves en la construcción de políticas culturales para ellas y ellos.

El texto forma parte de la mesa DERECHOS CULTURALES, DESIGUALDAD Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA realizada el jueves 22 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

1.http://www.tnt.org.sv/wp/
Aguilar, J. (2019). Las políticas de seguridad en El Salvador 2003-2018. Fundación Heinrich Böll. San Salvador: Equipo Maíz
Chévez, C. y Melenge, J.A. (2019). Las Guapas: Historias de vida, amor y libertad. San Salvador: Fundación Heinrich Boll.
Cruz, J. M. (2005). Los factores asociados a las pandillas juveniles en Centroamérica. Estudios Centroamericanos.
Cruz, J. M. (2006). Maras y Pandillas en Centroamérica: Las respuestas de la sociedad civil organizada. Vol. IV. San Salvador: UCA Editores.
Interpeace (2010). Violentas y violentadas: Relaciones de género en las maras Salvatrucha y Barrio 18 del triángulo norte de Centroamérica. Guatemala.
Melenge, J.A. y Chévez, C. (2018) LiberArte: Una sistematización a múltiples voces. Colombia: Editorial CINDE.
Portillo, N. (2012). Estudios sobre pandillas juveniles en El Salvador y Centroamérica: Una revisión de su dimensión participativa. Apuntes de Psicología, 30(1-3), pp. 397-407.
Reguillo, R., (2000) Emergencia de Culturas Juveniles: Estrategias del desencanto. México, Grupo Editorial Norma.

Wajnerman C. (2007) Arte y Empoderamiento. Las prácticas artísticas colectivas, su potencialidad y alcances. Trabajo final de la asignatura de Estrategias de intervención comunitaria. Barcelona: UAB, Facultad de Psicología.

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