Los derechos culturales como parte de la Agenda 2030 ¿Es posible su cumplimiento tras la pandemia?

Lázaro I. Rodríguez Oliva

Este texto se escribe con el interés de reflexionar sobre los derechos culturales en relación con la desigualdad y la participación ciudadana. Propongo vincular los derechos culturales con la Agenda 2030 desde un enfoque político-cultural, para con ello, explorar respuestas a la urgencia de pensar el desarrollo sostenible como política cultural a partir del impacto de la Covid-19 y con ello,

retomar una ruta de intersecciones hacia estrategias de “desarrollo sostenibles como política cultural”,

que es el enfoque que planteo desde 2003. Es bueno precisar que aprovecharé esta oportunidad para pensar esas posibilidades no en abstracto sino puestas en sistema, en un sistema que podríamos llamar multilateral del desarrollo sostenible, y en una lógica de institucionalización que pone en valor el trabajo de una de las instituciones internacionales que más ha aportado al multilateralismo, la cooperación y las políticas culturales y sus economía creativas asociadas: UNESCO.

Agenda 2030 y los derechos culturales


En términos operativos, UNESCO compartió una visión general en cada uno de los ámbitos de la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible: Con respecto a las personas, se parte del consenso de que la “identidad y conocimientos: se protegen y salvaguardan los bienes culturales”, que la “inclusión y participación: se brinda apoyo para el acceso a la vida cultural y las diversas expresiones culturales” y que a través de la cultura, las personas “cultivan la libertada artística, la creatividad y la innovación”. Con respecto al planeta y las políticas culturales con un enfoque de desarrollo sostenible, “se protegen el patrimonio natural y la biodiversidad”, “se fortalecen las relaciones positivas entre los ambientes culturales y naturales” y “se promueve la resiliencia, comprendida la resiliencia cultural”. Otros de los ámbitos clave es la prosperidad, considerando que “se fomentan los medios de vida basados en la cultura y la creatividad” y “se alcanza la apertura y el equilibrio en el comercio de bienes y servicios culturales”. Con respecto a la paz, “se promueven la diversidad cultural y la cohesión social”, “se promueve el sentimiento de identidad y pertenencia”, y “se promueven la restitución de bienes culturales y el acercamiento de las culturas”. Por último, y no menos importante, las alianzas a través del refuerzo de que las redes culturales son de “carácter transparente, participativa e informado en la gestión de la cultura”, que “se articulan para la salvaguardia del patrimonio material e inmaterial”, a través del “comercio mundial de bienes culturales y movilidad de los productores creativos” y cuando “se reducen las desigualdades mundiales en la salvaguardia y la promoción de la cultura”.

¿Dónde estamos hoy y con qué instrumentos contamos para seguir?

De no ser por el COVID-19, 2020 hubiera sido un año clave para la UNESCO y el sector de la cultura: considerando que se cumplieron el 15° aniversario de la Convención de la UNESCO sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales (Convención de 2005), el 10° aniversario del Fondo Internacional para la Diversidad Cultural (FIDC) y el 40° aniversario de la Recomendación de la UNESCO sobre la condición del artista (Recomendación de 1980). Podría decirse que con sus aciertos y errores, estos tres instrumentos, hijos respectivos de su tiempo, dan cuenta de una base legislativa, normativa y de actuación internacional para entender la economía creativa como política cultural: esto es entender su doble dimensión simbólica y económica y sobre todo impulsar sus aplicaciones al software del desarrollo sostenible. 

Quisiera ejemplificar con dos instrumentos metodológicos recientes de UNESCO que derivan de esa constelación de instrumentos de gobernanza, para entender cuál es el tipo de respuestas desde las políticas culturales que tienen un enfoque de desarrollo sostenible en dos dimensiones:

como respuesta de emergencia y como visión a mediano y largo plazo: una guía de políticas culturales desde un enfoque sectorial y un nuevo marco de los indicadores temáticos de cultura en la Agenda 2030.

La cultura en crisis: guía de políticas para un sector creativo resiliente


Un informe de UNESCO titulado “La cultura en crisis: guía de políticas para un sector creativo resiliente” proporciona una serie de orientaciones prácticas a los responsables de la elaboración de políticas públicas que se están esforzando por que las industrias creativas y culturales se incluyan en los planes de recuperación y reactivación de la economía y la vida social. Para que esas industrias puedan cumplir con las medidas sanitarias y de seguridad vigentes, así como adaptarse a los nuevos modelos empresariales, seguirá siendo necesario que continúe el apoyo financiero y técnico que se les ha venido prestando. De forma específica: UNESCO llama la atención de cómo el apoyo directo a los artistas y profesionales de la cultura ha sido una de las respuestas identificadas como respuesta a la crisis: prestaciones sociales, encargos y compras de obras, compensaciones de pérdidas e ingresos y creación de competencias. Se han apoyado también a distintos sectores de las industrias creativas a través de entregas de ayudas y subvenciones, flexibilización temporal de las obligaciones reglamentarias, compensaciones de pérdidas por interrupción de actividades, desgravaciones fiscales y reducción de cargas sociales, estimulación de la demandas y préstamos en condiciones preferentes, a lo cual se suma el fortalecimiento de las infraestructuras. El fortalecimiento de la competitividad de las industrias culturales y creativas, ha sido crucial también para fortalecer los derechos culturales. UNESCO refiere la creación de dispositivos de participación para evaluar las necesidad y estudiar la viabilidad, la adaptación de los modelos empresariales, la promoción de contenidos nacionales y también incentivos fiscales para inversiones extranjeras. Estas recomendaciones son claves para entender un enfoque rectorial de gobernanza, que si bien es insuficiente hoy, sí es imprescindible para pensar en los futuros instrumentos de gobernanza cultural del desarrollo sostenible, desde un enfoque más transversal, como el que posibilitarían la utilización de los Indicadores Temáticos Cultura | 2030.

Indicadores Cultura | 2030

Según el documento, publicado en 2019, 

“Los indicadores temáticos de la UNESCO para la cultura en la Agenda 2030 (Indicadores Cultura|2030) constituyen un marco de indicado- res temáticos cuya finalidad es medir y evaluar la contribución de la cultura al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y sus metas en virtud de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, tanto a escala nacional como local. El marco evaluará el papel de la cultura como sector de actividad y su contribución transversal a diversos ODS y ámbitos políticos. Este conjunto de indicadores temáticos pretende apoyar y complementar los indicadores globales acordados en la Agenda 2030 y fomentar los vínculos entre los diferentes objetivos y metas. Los Indicadores Cultura|2030 proponen un marco conceptual e instrumentos metodológicos para que los países y las ciudades evalúen la contribución de la cultura a los ODS como parte de los mecanismos de aplicación existentes en la Agenda 2030 a nivel nacional o local. Los datos recabados servirán de base para las políticas y decisiones, así como para las acciones operativas”

Estos indicadores básicamente se plantean: mejorar la visibilidad de la cultura; proponer un enfoque temático; elaborar mensajes y fomentar la cultura; promover políticas y acciones nacionales y locales y evaluar el progreso global de la cultura en los ODS. Los indicadores son los siguientes, divididos en 4 ámbitos temáticos y 2 transversales, como establece el siguiente gráfico:

Sin afán de abordar detalladamente en la lógica instrumental de este nuevo marco de medición, es preciso reconocer que este enfoque sigue estableciendo una visión instrumental de la relación entre cultura y desarrollo: específicamente de cultura en el desarrollo y sobre todo de la cultura para el desarrollo. Existe todo un potencial sobre una visión desde la dirección inversa: o sea, cómo el desarrollo sostenible contribuye a la cultura en este escenario. Esto implica no pensar “la cultura como recurso” sino utilizar tanto el marco político ético e instrumental del desarrollo sostenible y “la política cultural como software de transformaciones” con causa. Este es el camino de intersecciones que estaré abordando en el siguiente acápite, no sin antes poner en contexto los impactos de la crisis de la pandemia por COVID-19. Ahora, ¿para qué sirven estos instrumentos hablando de posibilidades de garantía y afirmación de derechos culturales en América Latina?

Es preciso partir del hecho de que América Latina es la región más desigual del mundo. En el contexto de la pandemia por COVID-19, según Cepal, la peor crisis en 100 años. A fin del 2020 el PIB per cápita sería igual al de 2010: una década perdida, se cerraron 2,7 millones de empresas formales y se estima que el desempleo alcanzaría a 44 millones de personas, el mayor aumento desde la crisis financiera global. Ello implica, según CEPAL que la pobreza llegaría a niveles de 2005: un retroceso de 15 años alcanzando a 231 millones de personas y la pobreza extrema llegaría a niveles de 1990: un retroceso de 30 años alcanzando a 96 millones de personas. En este contexto, urgen respuestas sectoriales y sistémicas que implica recuperar el debate sobre los ámbitos de trabajo de las políticas culturales. 

Algunas reflexiones hacia una nueva comprensión del desarrollo sostenible como política cultural

Como conclusión compartiré algunas intersecciones clave del desarrollo sostenible y la política cultural que apuntarían a los cómo y qué necesitamos, para esto utilizaré tres ámbitos de esta intersección, que vengo trabajando desde que entré en 2012 y 2014, facilitando el proceso de construcción de la Política Pública de Cultura en El Salvador, con el apoyo de AECID: Soberanía cultural, seguridad cultural y sostenibilidad cultural. Estableceré las interacciones entre estos ámbitos a modo de reflexiones con tono de recomendaciones para la transformación:

Soberanía cultural y seguridad cultural
  • Repensar la representación cultural de lo nacional desde un enfoque de derechos humanos, implica el desplazamiento de la identidad politizada desde el poder como referente, a la diversidad de expresiones culturales como derechos de las personas, grupos y comunidades. 
  • Centrar la base legislativa de salvaguardia, promoción y protección del patrimonio y la creatividad en las personas, desde un enfoque de derechos, y no exclusivamente de “expresiones culturales”.
  • Las políticas culturales del desarrollo sostenible deben generar plataformas como desarrollo sostenible basadas en bases legislativas nacionales alineadas a los marcos internacionales de derechos.

Seguridad cultural y sostenibilidad cultural

  • El patrimonio cultural de los individuos, y grupos sociales forma parte de la seguridad ciudadana, por tanto el ejercicio de la violencia contra sus expresiones culturales como parte de sus derechos culturales constituye un delito y viola los derechos culturales en tanto derechos humanos.
  • Además del reconocimiento vinculado con la seguridad, este debe completarse con medidas efectivas de empoderamiento que permitan el acceso a la economía creativa como forma de vida. 
  • 2021, es el Año Internacional de la Paz y la Confianza, con el fin de promover y fortalecer la diplomacia preventiva, entre otras cosas mediante el multilateralismo y el diálogo político. 
  • La gobernanza de la cultura en positivo es generadora de paz y de confianza, incluso largos y eficientes procesos de transformación positiva de conflictos pueden tener en la cultura como una herramienta, y de esos procesos, especialistas y comunidades pueden generar valor económico, además del impacto simbólico. 
  • La economía creativa debe servir como una plataforma de ampliación de derechos, de seguridad cultural en un sentido, de protección vinculados con el reconocimiento pero de empoderamientos relacionados con la propiedad.
    • Formas y regímenes más justos de retribución
    • Estrategias innovadoras de monetización, redistribución y registro del patrimonio cultural. 
  • La economía creativa tiene un peso enorme en la reducción de conflictos históricos que reflejan la desigualdad social de esta región. 

La aplicación de la Recomendación de 1980 relativa a la Condición del Artista y el estudio Cultura y condiciones laborales de los artistas: aplicar la Recomendación de 1980 relativa a la Condición del Artista, proponen “políticas y medidas que mejoren las condiciones de empleo, de trabajo y de vida de los artistas, especialmente para contrarrestar los efectos perjudiciales de las nuevas tecnologías; reconozcan la dimensión internacional de su labor y faciliten a todos los artistas y creadores los medios posibles para la libre circulación internacional; y les permitan ejercer su profesión sin censura ni discriminación de género”. Dicho informe de avance daba cuenta de varios aspectos como: 

  • “Concepción de nuevas leyes de derechos de autor o modificación de las existentes y medidas fiscales que procuran remunerar equitativamente a los artistas en el entorno digital.
  • Nuevos programas en el hemisferio Sur que otorgan, por primera vez, prestaciones sociales a los artistas, a saber, pensiones de jubilación, seguro de salud y atención médica, e incluso seguro de desempleo.
  • Acuerdos económicos multilaterales y regionales, así como nuevos acuerdos e iniciativas de cooperación cultural en América Latina, Asia y toda África que permiten la movilidad”

El reto en tal sentido es ampliar las condiciones de cooperación e intercambio de bienes y servicios, así como las oportunidad de repensar los regímenes de protección social de los artistas con la evidencia de datos derivado de la crisis del COVID-19. 

Sostenibilidad cultural y soberanía cultural

Un tema clave de la sostenibilidad es la economía creativa. El 2021, fue declarado Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sostenible: su celebración abre la oportunidad inédita para en el contexto de la crisis derivada de la Covid-19 desde un enfoque de sostenibilidad y contar con las herramientas de sensibilización, medición y actuación para promover su rol como palanca de aceleración de la Agenda 2030 y como ámbitos como lo que denomino “Economía bio-creativa” en referencia a una economía creativa centrada en la vida de las personas y el planeta y no sólo en las creatividad como propiedad intelectual. Es imprescindible una intersección entre cultura y naturaleza en el enfoque de la economía creativa sostenible que tome en cuenta aspectos como el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), un tratado internacional jurídicamente apunta a la conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de la utilización de los recursos genéticos. La Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales, de 2005 promueve el impulso de políticas y medidas soberanas para la promover y proteger la diversidad cultural es la base de la Convención 2005. El reto es buscar economía creativas no sólo respetuosas con el medio ambiente sino regeneradoras y atentas al cambio climático. Es preciso en ello, superar la idealización de que la economía creativa es “verde”.

Un tema clave de la sostenbilidad es la economía creativa. El 2021, fue declarado Año Internacional de la Economía Creativa para el Desarrollo Sostenible: su celebración abre la oportunidad inédita para en el contexto de la crisis derivada de la Covid-19 desde un enfoque de sostenibilidad y contar con las herramientas de sensibilización, medición y actuación para promover su rol como palanca de aceleración de la Agenda 2030 y como ámbitos como lo que denomino “Economía biocreativa” en referencia a una economía creativa centrada en la vida de las personas y el planeta y no sólo en las creatividad como propiedad intelectual. Es imprescindible una intersección entre cultura y naturaleza en el enfoque de la economía creativa sostenible que tome en cuenta aspectos como el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), un tratado internacional jurídicamente apunta a la conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de la utilización de los recursos genéticos. La Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales, de 2005 promueve el impulso de políticas y medidas soberanas para la promover y proteger la diversidad cultural es la base de la Convención 2005. El reto es buscar economía creativas no sólo respetuosas con el medio ambiente sino regeneradoras y atentas al cambio climático. Es peciso en ello, superar la idealización de que la economía creativa es “verde”. En resumen, avanzar hacia un enfoque del “Desarrollo sostenible como política cultural” permitirá políticas culturales de economía creativa más allá de los modelos de emprendimientos y los ecosistemas de gentrificación del espacio público. En este tránsito, será crucial el empleo cultural y creativo de calidad y de trabajo decente, así como la creación de Infraestructura de calidad para el encadenamiento productivo en la economía creativa con enfoque de derechos culturales, que ayuden a poner más atención en la Inclusión social para eliminar las brechas sociales, la desigualdad histórica. Para esto será clave articulación de la la cooperación con la financiación internacional, pero hoy hay al menos, una ruta clara, y una evidencia cada vez mayor de que estos retos locales, se deben enfrentar con el esfuerzo compartido y como en el caso de las respuestas de vacunas, hoy contamos con las tecnologías, los saberes locales y los dispositivos de política pública para dar ese salto al siglo XXI.ayuden a poner más atención en la Inclusión social para eliminar las brechas sociales, la desigualdad histórica. Para esto será clave articulación de la la cooperación con la financiación internacional, pero hoy hay al menos, una ruta clara, y una evidencia cada vez mayor de que estos retos locales, se deben enfrentar con el esfuerzo compartido y como en el caso de las respuestas de vacunas, hoy contamos con las tecnologías, los saberes locales y los dispositivos de política pública para dar ese salto al siglo XXI.

El texto forma parte de la mesa DERECHOS CULTURALES, DESIGUALDAD Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA realizada el jueves 22 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Pensando en la reconstrucción. Los efectos de la pandemia en la cultura

Alfons Martinell

**Imagen tomada del sitio 5D

Reflexionar sobre cómo afecta la crisis del Covid19 a la cultura y a la gestión cultural requiere de un análisis riguroso que en estos momentos aún no disponemos de suficientes elementos para emitir una valoración general. Pero estos tiempos nos han mostrado facetas desconocidas de nuestras vidas culturales que requieren análisis y reflexión y un ineludible planteamiento crítico. A pesar de que llevamos mucho tiempo hablando de globalización, la pandemia nos ha presentado una problemática, que por su extensión ha afectado a todas las sociedades por igual y las soluciones han de buscarse globalmente por medio de la cooperación internacional. De la misma forma se han evidenciado nuevas desigualdades a las existentes.

Sin la pretensión de agotar el tema nos atrevemos a formular y proponer algunas consideraciones al debate. Avanzamos a partir de pequeñas aportaciones que pueden ayudar a configurar un estado de opinión.

Hemos observado como las Políticas Culturales vigentes no han demostrado capacidad de reacción, como requería la situación que están viviendo la ciudadanía y todo el sector cultural. Ya hace tiempo que desde diferentes instancias se denunciaba la inadecuación de las Políticas Culturales a la realidad contemporánea y que permanecían en una realidad atrapada por el mantenimiento de estructuras anacrónicas muy burocratizadas y por su propia dificultad de adaptarse a la actualidad. Presunción que en parte se ha confirmado cuando observamos una institucionalidad cultural poco adaptada a una respuesta rápida a estas nuevas necesidades y problemas, que reclaman una reflexión crítica y la asunción de responsabilidades. La cultura no se ha definido como esencial para los gobiernos, pero si para la ciudadanía, que se ha organizado para satisfacer sus necesidades culturales de acuerdo con todas las posibilidades de su entorno. Este hecho evidencia un cierto fracaso de las políticas culturales que requerirán de reflexiones críticas importantes ante los retos de futuro. 

En este contexto se distingue la urgencia de un proceso de reformulación de las Políticas Culturales sobre la base de diferentes factores. Para empezar, es urgente un cambio profundo en su fundamentación, de unas políticas de oferta a entender la cultura como un derecho dentro de los derechos fundamentales, es decir, como un servicio esencial. Para ello será necesario un nuevo “contrato social” para la cultura, donde se sitúe el papel del Estado y de los agentes culturales, de acuerdo con el respeto a la diversidad y la libertad cultural. Entender la cultura como un servicio básico o esencial con el establecimiento de unos servicios mínimos culturales para la población con un aporte presupuestario estable del Estado. Quizás es el momento de provocar una crisis controlada de la institucionalidad cultural y de los modelos de políticas culturales a escala local, nacional e internacional. Aprovechar el momento para afrontar una “deconstrucción” de formas y principios tradicionales (o clásicos) para adecuarse a la realidad, con esfuerzos por una lectura de la contemporaneidad más real y directa. Imprescindible para aproximarnos a la vida cultural de nuestras sociedades y el compromiso de prospectiva para garantizar un futuro sostenible para la cultura.

A pesar del vacío institucional y los efectos de la pandemia requiriendo confinamiento y limitación en las actividades sociales, la vida cultural sigue y manifiesta su vigor con emergencia de nuevas perspectivas. Este concepto de vida cultural que es la base de los derechos culturales en la Declaración Universal de 1948 y los DESC de 1966 adquiere sentido en este contexto para proceder a un ejercicio de diferenciación entre vida cultural, sector cultural y sistema cultural que nos puede ayudar a entender las posibles salidas

¿Cómo afecta a la vida cultural?

A pesar de las circunstancias y entornos para las personas la vida cultural sigue como espacios para la expresividad y la satisfacción de las necesidades culturales. Como lo hemos observado en diferentes momentos históricos y situaciones personales especiales. Durante esta pandemia nos hemos visto obligados a incrementar nuestra vida cultural privada o doméstica, alterando nuestras cotidianidades y cambiando las prácticas culturales para adaptarse al nuevo contexto.

Podemos extraer algunas deducciones, en primer lugar, el papel que ha adquirido internet y la provisión de contenidos culturales digitales que han entrado en nuestros hogares en diferentes formas iniciando una nueva tendencia a tener en cuenta. En segundo lugar, estas manifestaciones privadas en la vida cultural han encontrado sus propios límites emergiendo la necesidad (o el anhelo) de expresiones compartidas desde balcones, terrazas, bloques, etc. orientadas hacia el espacio público buscando el otro. Revelando que los humanos para satisfacer sus necesidades culturales exhortan la colectividad para participar y compartir la vida cultural. Las manifestaciones a favor de la apertura de los equipamientos culturales y la rápida reacción de sus gestores han presentado una voluntad inequívoca que lo digital no va a sustituir lo colectivo, la presencialidad y la expresión en directo, aumentando el deseo a las actividades culturales en nuestras comunidades.

Finalmente, hemos de destacar la irrupción de una nueva brecha cultural a las tradicionales de acceso a la cultura con la importancia del acceso a internet y la conectabilidad para sectores de población, barrios y territorios. Unida a los factores habituales de disposición de equipamiento cultural en los hogares con las características de la vivienda, etc. Un conjunto de elemento que se unen a la necesaria reflexión sobre la incidencia de estos factores en la pobreza cultural en el ejercicio de los derechos culturales

La crisis en el sector cultural

Lo que conocemos como sector cultural está viviendo una gran crisis por la caída de la demanda y la dificultad de mantener una oferta de acuerdo con los escenarios tradicionales. La estructura socio económica de la producción, los bienes y servicios culturales se hunden en esta crisis y manifiesta su fragilidad. La precarización de los empleos culturales y de la actividad artística y creativa ha evidenciado los problemas orgánicos de un sector que aporta casi el 4% del PIB en España, pero que mantiene funcionamientos internos muy débiles y poco adaptados al cambio y a la innovación.

Las nuevas experiencias de virtualidad aún no generan el flujo económico para el mantenimiento del sector cultural que requerirá adaptación e integración apresurada. Solo algunos ámbitos subsisten y reclaman ayudas a los gobiernos y atisban un cambio importante a corto plazo. El sector cultural evidencia muchas de sus contradicciones que desde hace años se podían prever, le falta adecuación a la nueva realidad, principalmente por la atomización de sus subsectores que son incapaces de presentarse como un bloque y cada uno plantea sus reivindicaciones sin atenerse al conjunto. La capacidad de adaptación a la nueva situación ha sido evidente con los cambios en las formas y con la oferta de una imagen de que la cultura es segura o la rapidez para plantear nuevos formatos en los servicios culturales como el streaming o las ofertas digitales en línea. El valioso aporte del sector cultural al desarrollo se está destruyendo sin perspectiva de recuperación a corto plazo.

El sistema cultural

Esta crisis ha evidenciado que muchos problemas no pueden abordarse solamente desde una perspectiva local-nacional ni desde una lectura departamental o disciplinar. Nos encontramos en un contexto donde la respuesta a ciertas necesidades o problemas requiere lecturas amplias dentro de la complejidad y la interdependencia.

Por esta razón se presenta como ineludible un transitar hacia una concepción sistémica (o eco sistémica) de la cultura en nuestras sociedades, diferenciar la vida cultural de las ciudadanías y el sector cultural como realidad socioeconómica. Entendiendo como sistema cultural un gran número de componentes o elementos que se relacionan permanentemente entre sí de forma dinámica en constante interdependencia. Algunos de estos componentes (o ámbitos) son conocidos o tradicionales de los modelos clásicos de entender la cultura en la sociedad actual (artes, patrimonio, música, teatro, lectura pública, etc.). A estos se le han de adicionar otros que, a lectura de la visión sistémica, inciden, condicionan e interactúan como la comunicación, la movilidad, el hábitat y urbanismo, la seguridad, el acceso a conexión, el clima, la educación, el medioambiente, la salud, etc. Interacciones y dependencias cada vez más evidentes que solo encuentran eficacia en la complementariedad y en la generación de sinergias hacia la sostenibilidad.

Entender la cultura como sistema predispone salir de las definiciones teóricas o disciplinares para realizar una lectura más real a la situación en nuestros contextos sociales. Aceptando que lo que denominamos cultura no es un departamento más o menos definido en la institucionalidad cultural de todo tipo. Sino un conjunto de intervenciones, relaciones e interdependencias entre diferentes elementos, para satisfacer las necesidades culturales de las personas, grupos o comunidades se requiere de un amplio abanico de posibilidades en un marco de libertad cultural, lo cual implica que cada persona define sus necesidades culturales individualmente o a veces colectivamente.

Finalmente, me aventuro a presentar algunas reflexiones finales en clave de posibles propuestas

  • Necesidad imperiosa de crear un estado de opinión amplio y político sobre los aportes de la cultura en general al desarrollo sostenible, a la convivencia y a la cohesión social. Y principalmente su contribución a los procesos de recuperación y reconstrucción general a los efectos de esta crisis.
  • Una visión sistémica (o eco sistémica) de la cultura, demanda de algunas preguntas ¿De quién es responsabilidad el sistema cultural en nuestras sociedades? Una pregunta necesaria ante la falta de respuesta evidente. ¿Cómo se ha el modelo de gobernanza del sistema cultural?
  • Imperiosa necesidad de situar los derechos culturales en el centro de las propuestas de reconstrucción. De los derechos culturales retóricos a los garantizados. ¿Cómo hemos de construir un nuevo contrato social para la cultura?  Hacia la definición de servicios culturales mínimos en nuestras sociedades.
  • En el contexto actual se acentúa e incrementa una brecha cultural en nuestras ciudadanías. Se presenta como imprescindible una acción más enérgica de la cultura ante las desigualdades y la lucha contra diferentes formas de pobreza, entre ellas, no olvidemos, la cultural que también existe.
  • Sería oportuno que la situación actual provocara una verdadera crisis de la institucionalidad cultural. Reconstruir o construir de nuevo sobre la base de la experiencia acumulada y de la realidad contemporánea.
  • Podría ser el momento de revisar los principios y proponer una nueva ética y valores para las relaciones entre el sistema cultural y los otros sistemas sociales, principalmente con el planeta.
  • Una nueva relación entre lo local y lo global. Prevención y lucha contra los nacionalismos excluyentes que van a utilizar la cultura como vehículo de enfrentamiento.
  • Prevención de los efectos de la crisis en la reducción de los compromisos en la solidaridad internacional y en la agenda 2030 y los ODS. Posible abandono de la cooperación internacional para el desarrollo y los efectos en muchos países y regiones del mundo que requieren apoyo y fraternidad para sobrevivir. 

Una oportunidad de renovar en los tiempos de reconstrucción que se avecinan. 

El texto forma parte de la cátedra inaugural realizada el lunes 19 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Arte y cultura en comunidades desconectadas

Cándida Chévez

**Imagen tomada del sitio DW.

«La cultura cambia la conciencia histórica de una época; puede cambiar un modelo de venganza por uno de reconciliación. Si la cultura avala la venganza, los pueblos se eternizan en los conflictos. Si la cultura avala la reconciliación, los pueblos hacen virajes en su historia».

Diana Uribe, 2014 

En el año 2015 la Asociación Tiempos Nuevos Teatro (TNT)1 comenzó a trabajar con mujeres adolescentes y jóvenes del Centro Femenino para la Inserción Social del Instituto Salvadoreño Para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) a través de una propuesta de arte y cultura que buscaba contribuir a brindar una mejor calidad de vida por medio de la sensibilización y humanización que traen consigo las artes. Este esfuerzo llevó a la creación de la Orquesta de Cuerdas, una experiencia de formación musical de instrumentos de cuerdas, como el violín, la viola y el violoncello.

Lo que inició como un proyecto de atención para mujeres jóvenes privadas de libertad, tres años después se convirtió en una propuesta integral de un modelo de inserción social cuyos ejes transversales son el arte, la cultura y los derechos humanos. Mujeres en el camino era una propuesta que iniciaba durante las medidas de internamiento, pero continuaba acompañando a las jóvenes al momento de obtener su libertad, convirtiéndose así en un puente que conectaba con un nuevo proyecto de vida en condiciones más dignas.  

Jóvenes, violencias y políticas públicas

El Salvador cuenta con cuatro centros de inserción social para adolescentes y jóvenes en conflicto con la ley. Solo un centro recibe mujeres. En los últimos 5 años, alrededor de 2,000 jóvenes entre los 12 y 18 años han sido condenados por delitos, en su mayoría, vinculados a pandillas. El sistema penal juvenil salvadoreño es uno de los pocos a nivel de Latinoamérica que tienen la edad de imputabilidad más baja desde los 12 años y con condenas que pueden llegar a los 15 años de privación de libertad. 

Posterior a la firma de los Acuerdos de Paz en la década de los noventa, el fenómeno de las pandillas comenzó a germinar en los barrios de San Salvador, logrando en pocos años una expansión en todo el nivel nacional. El origen de estas organizaciones de estructuras complejas en Centroamérica está asociado a una diversidad de condiciones de carácter históricos, políticos y sociales; son caracterizadas por actos violentos y delictivos, un alto nivel de organización que les permite ganar o mantener poder y territorio, ajuste de cuentas, resolver conflictos internos y la obtención de beneficios económicos. (Portillo, 2012). 

Aquello que comenzó a finales de una guerra civil y en plena consolidación de un sistema neoliberal, tomó en los siguientes años diversas aristas. Las pandillas se consolidaron como un poder territorial que fue fortaleciéndose en cada década a partir de las decisiones políticas y la implementación de políticas de seguridad “mano dura”.  Los jóvenes de barrios populares y vulnerados se constituyeron en el principal nicho para esta expansión y fortalecimiento, pese a que el fenómeno no es exclusivo a la condición juvenil, sino de carácter intergeneracional, siguen siendo las juventudes las que se colocan al centro de estos escenarios de violencias debido a una serie de condiciones socio-económicas del entorno que favorecen su participación en estas acciones, además del limitado abordaje que desde las políticas públicas se realiza en estos temas.

En El Salvador, al igual que muchos países de América Latina la posibilidad de acceso de los jóvenes al pleno goce de sus derechos está determinado por el territorio en el que nacen y las condiciones socioeconómicas de su entorno familiar.  Dentro de este contexto territorial, las y los jóvenes no constituyen una categoría homogénea, no comparten los modos de inserción en la estructura social, lo que implica una cuestión de fondo: sus esquemas de representación configuran campos de acción diferenciados y desiguales (Reguillo, 2000).  Ser mujer dentro de estos contextos conlleva mayores factores de vulneración.

Hay dos tipos de juventudes, cuyas diferencias se anclan en la cercanía, o no, a las alternativas y al acceso: una juventud precarizada, la mayoría, desconectada de las instituciones y sistemas de seguridad, con sus posibilidades de elegir mermadas y otra juventud conectada, incorporada a los sistemas de seguridad y a las instituciones y que cuentan con mayores posibilidades de elegir (Reguillo, 2000). 

En contextos vulnerados, el arte y la cultura no emergen como derechos sino como actos de resistencia construidos por las juventudes como una manera de expresión, denuncia, de escape, de transformación, como un proceso de subjetivación política, que les permite reinventarse y re-existir en territorios sin futuro. 

Poco se ha abordado en estos años el tema de las mujeres jóvenes y las pandillas. Sin embargo, los estudios realizados muestran que las motivaciones de las mujeres para ingresar a una pandilla son diferentes a la de los hombres, así como la experiencia que viven adentro. Generalmente, las mujeres cuando ingresan, a pesar de su corta edad, su vida ya está caracterizada por numerosas privaciones, situaciones de exclusión, de abusos y violencias. Prevalecen tres factores motivacionales: las relaciones disfuncionales a nivel familia, el deseo de venganza hacia un agresor y la atracción por la identidad y dinámica de la pandilla. 

El arte y la cultura como una posibilidad de conexión con el mundo

“Haciendo del arte algo que no solo hacemos en nuestros tiempos libres sino algo que nos hace libres todo el tiempo”.

(TNT, 2015) 

La acción sociocultural en el medio penitenciario tiene una importancia primordial para romper la rutina y abrir otros horizontes más humanizados y humanizadores del contexto carcelario. Su finalidad última es servir para despertar inquietudes, conocerse verdaderamente y modelar la personalidad. Se trata de renovar y promocionar al sujeto como persona y ponerle en contacto con la sociedad para intensificar su reinserción. Los diversos inconvenientes de la privación de la libertad (aislamiento, problemas psicológicos, separación de su entorno…), dan mayor protagonismo a dichas acciones socioculturales como medio eficaz para educar la libertad, por lo que los procesos de inserción deben comenzar cuando las personas se encuentran aún dentro de los Centros de detención.

Las juventudes que cumplen medidas de internamiento en Centros para la Inserción Social, encuentran ahí la posibilidad de resignificar un espacio desde el arte y muchas de ellas se preguntan qué hubiese pasado si hubieran conocido un violín antes que un arma, una orquesta antes que una pandilla. ¿Por qué tuvieron que llegar a ese espacio para tener acceso a gozar de los derechos culturales que les han sido negados desde que nacieron? 

Desde TNT hay un interés en el ámbito de prácticas de arte y transformación social, ya que se reconoce en ellas su potencial transformador a nivel individual, grupal y comunitario en lo referente a conformación de vínculos solidarios, posibilitador de nuevas miradas, canalizador de deseos y necesidades compartidos, promotor de participación comunitaria, transformador de representaciones e imaginarios sociales, y espacio de creación compartido que trasciende el mero discurso y obliga a poner el cuerpo en acción junto a otros. El arte es un medio muy potente para la trasformación social, porque apela al sentimiento, a las emociones, a la creatividad del sujeto, porque es, a la vez, un lugar del conocimiento, y porque permite «la democracia» que la política y la economía no logran, ya que las expresiones de la cultura son un derecho natural de toda comunidad.

El arte es memoria, reflexión y propuesta. Es lenguaje que permite nombrar lo innombrable.

El fuerte estigma que acompaña a adolescentes y jóvenes que han transitado por los caminos de la vida de las pandillas y que han estado privados de libertad los marca en muchos casos para toda la vida, limitándoles sus posibilidades de acceso a estudios, trabajo y oportunidades para escribir nuevas historias en este país. Sin embargo, desde la creación de una Orquesta de Cuerdas y del Ensamble Liberarte, observamos cómo las notas musicales creadas con las cuerdas de unos violines se convirtieron en una nueva posibilidad para reescribir la vida. Para las jóvenes la música fue una pequeña ventana de libertad en medio de su encierro y detrás de los muros, les permitió darse cuenta que pueden aprender y hacer muchas cosas más en sus vidas, fue una ventada para aprender a soñar y fortalecer su autoestima. La música les permitió que sus familias se volvieran a sentir orgullosas de ellas, que las volvieran a ver como hijas, hermanas que quieren continuar con su vida.

Desde los discursos radicales y de seguridad, la población considera que las y los jóvenes que se han visto involucrados en pandillas no tienen derecho a continuar con sus vidas y socialmente se les condena desde la exclusión y la marginación del sistema. “Cárcel o muerte” los dos caminos que se promueven desde los discursos sociales para las y los jóvenes y quizás, en algunos casos la “religión” como alternativa. No hay segundas oportunidades en una sociedad para la cual estos jóvenes solo importan para fortalecer los discursos políticos y de seguridad del país. 

Sin embargo, desde las notas musicales que salían de los violines de un centro de privación de libertad para jóvenes vinculadas a pandillas, han logrado transformar la percepción que se tiene sobre ellas en espacios que se han vuelto mediadores de sus procesos de inserción social, facilitando su acceso a empleo, estudios, espacios artísticos y finalmente al activismo por la defensa de los derechos de las mujeres y jóvenes. 

Desafíos para la política pública y para los defensores de derechos culturales

Desde las políticas públicas se tiene el desafío de visibilizar las brechas de desigualdad y los escenarios que se configuran a partir de ellas para jóvenes y mujeres que viven en contextos vulnerados. Acercar y generar condiciones para el goce de los derechos culturales en grupos de contextos vulnerados. 

Hacer una lectura del papel del arte y la cultura en los escenarios contemporáneos. Generar reflexiones y debates. Escuchar las voces de las juventudes en estos procesos y trascender de un enfoque de riesgo y prevención de violencia a un enfoque de protagonismo como actores claves en la construcción de políticas culturales para ellas y ellos.

El texto forma parte de la mesa DERECHOS CULTURALES, DESIGUALDAD Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA realizada el jueves 22 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Participación cultural en pandemia: nuevas estrategias y viejas brechas

Willian Carballo

*Imagen de Jonathan Tobías, Fotógrafo de EDH.

Escribir que la pandemia por COVID-19 nos cambió la vida parece a estas alturas una obviedad, pero eso no le quita razón. Una de esas afectaciones ocurrió en el ramo de la participación cultural. En marzo de 2020, una de las primeras disposiciones del Gobierno de El Salvador para encarar la inminente emergencia de salud fue la suspensión de actividades que implicaran la concentración de multitudes, acción que afectó la realización de eventos como conciertos, foros presenciales, recitales, presentaciones de teatro y exhibiciones cinematográficas, entre otros. 

Esa decisión llevó a artistas y a audiencias a un momento inédito en las últimas décadas. Por un lado, significó una reducción total de las expresiones en espacios físicos y, en consecuencia, a una merma de los ingresos económicos de las personas trabajadoras de la cultura.

Y por el otro, activó la creatividad de estas últimas para buscar nuevos mecanismos que les permitiera a ellas seguirse expresando y a los públicos seguir accediendo a las producciones. 

Así, a partir de marzo, cuando inició la cuarentena obligatoria, y hasta finales de agosto, cuando hubo un regreso escalonado a las actividades regulares, los gestores de proyectos y eventos culturales optaron por nuevos mecanismos de interacción audiencias-artistas: museos abrieron recorridos virtuales, músicos brindaron conciertos vía streaming, grupos de teatro presentaron obras a través de redes sociales como Facebook, etc. De acuerdo con un estudio de la Escuela de Comunicación Mónica Herrera y la Maestría en Gestión Estratégica la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA),

durante la pandemia, 47 por ciento de las personas consultadas a nivel nacional en una encuesta en línea dijeron haber asistido como público a algún evento virtual de tipo cultural.

Dicha nueva configuración cultural mediada por las TIC trajo consigo nuevos temas en qué pensar. Por un lado, los eventos en línea les permitieron a algunas audiencias acceder a actividades que, de otra forma, raras veces pueden disfrutar. Sin embargo, por el otro, la brecha digital siguió siendo un impedimento para muchos salvadoreños. Según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples de 2019, el 48.8% de la población de este país de 10 años o más utiliza internet. Es decir, casi la mitad no. Este indicador en el área urbana es del 58.4% y en el área rural, normalmente lejana a actividades culturales citadinas presenciales, baja a 35.1%. 

Surgen, entonces, muchas preguntas. Por ejemplo, qué consecuencias tuvo ese traslado de actividades al entorno virtual para la ciudadanía. O cuáles son las nuevas brechas y oportunidades. Incluso, nace la necesidad de saber si la COVID-19 limitó los derechos culturales de la población en lugar de, como optimistamente podría pensarse, facilitárselos.

Justamente con esas inquietudes en mente, se desarrolló el foro Derechos culturales, Desigualdad y Participación Ciudadana. En él, el aporte de expertos como Lázaro Rodríguez, consultor internacional en cultura, economía creativa y desarrollo sostenible; Cándida Chévez, investigadora de Tiempos Nuevos Teatro (TNT); y Beatriz Barreiro, profesora titular de Derecho Internacional Público de la URJC y especialista en Derechos Humanos, resultaron sumamente valiosos.

Lázaro Rodríguez, como una persona que ha trabajado de cerca con procesos de políticas culturales en la región, incluyendo a El Salvador, aprovechó su experiencia para explicar la importancia de la cultura en el marco la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. El consultor considera que la cultura puede ser un acelerador y una herramienta de implementación de dicha Agenda; y esto tiene que ver, como lo sugiere la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), con apoyar directamente a las personas trabajadoras de la cultura, garantizar la supervivencia de los distintos sectores de las industrias y fortalecer su competitividad.

Beatriz Barreiro, por su parte, se concentró en el concepto y en el marco internacional de protección de los derechos culturales y sus posibilidades de contribuir al desarrollo. En ese sentido, ella enfatizó −basándose a su vez en otros autores− que todos y todas podemos convertimos en defensores de los derechos humanos y, en consecuencia, de los derechos culturales, pues no se trata de una labor concerniente solo a organizaciones estatales o no gubernamentales. Esto, en condiciones adversas como una pandemia y sus efectos en todas las esferas, se vuelve indispensable. 

Mientras que Cándida Chévez aprovechó la amplia experiencia que TNT ha cosechado a través de los años para demostrar cómo la cultura puede impactar directamente en sectores excluidos en una sociedad. TNT trabaja, entre otros proyectos, con mujeres privadas de libertad, entre ellas adolescentes y jóvenes relacionadas a pandillas, para que a través del arte puedan mejorar sus condiciones de vida a nivel personal y colectivo. 

En conclusión,

se trató de un foro que, como ocurre con un buen debate, dejó certezas y aproximaciones lúcidas y necesarias; pero, sobre todo, nuevas inquietudes para seguir dialogando en un continuo proceso de aprendizaje y generación de conocimiento.

En especial, hoy que nos preguntamos si, cuando el virus se vaya −si es que se va−, las nuevas estrategias culturales continuarán y si la vieja brecha digital se reducirá.

El texto forma parte de la mesa DERECHOS CULTURALES, DESIGUALDAD Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA realizada el jueves 22 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Reflexiones por parte de la Red de Espacios y Agentes de Cultura Comunitaria (REACC)

Zoraida Fernández

Pamela Pilawa

*Fotografía de Archivos de una Pandemia. Autora, Zoraida Fernández (Río de Janeiro)

El miércoles, 21 de octubre 2020 a las 22h – 24h Hora Española, se realizó la mesa Intersecciones. Nuevas formas de hacer cultura. Los artistas ante la pandemia lanzada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) de El Salvador. La Red de Espacios y Agentes de Cultura Comunitaria (REACC), con apenas 6 meses de existencia, fue invitada a formar parte y compartir su experiencia y nuevas maneras de funcionar que han sido impulsados por la crisis de la pandemia.

Como representante y miembro del grupo motor de la REACC, ante todo me considero enormemente agradecida de haber podido participar en esta mesa. Sopeso que estos intercambios nos sirven para confiar en nuestra labor, nos inspiran y nos dan nuevos puntos de vista de cómo encarar ciertos aspectos de nuestro trabajo. Sobre todo en tiempos tan diferentes donde uno fácilmente pierde la fe, encuentros como este son más que necesarios.

Aquí dejo mis reflexiones acerca de estas jornadas. Antes que todo, quiero poner en consideración mi partida desde donde hablo, como bien mencionó Paloma Carpio (Cultura Viva Comunitaria), somos una mezcla de diferentes profesiones y tenemos que ser conscientes desde qué lugar hablamos.

Llevo sólo desde el año 2018 metida en proyectos de la Cultura Comunitaria, tanto en Brasil (proyecto de Teatro do Oprimido) como en Madrid (Teatro Aplicado: La Grieta Social y The Cross Border Project). Fue durante la pandemia, que me comentó Laura Szwarc desde Akántaros de la nueva Red de Espacios y Agentes de Cultura Comunitaria (REACC). Para mí ha sido un regalo a través de la REACC poder reconectarme con la cultura comunitaria.

La REACC, red que surgió en mitad de la crisis de la pandemia por una necesidad de unión y búsqueda de apoyo generada por la invisibilidad, precariedad e incertidumbre laboral del trabajo de la cultura comunitaria, permitió que se una todo aquel, sea persona física, asociación, colectivo, espacio, plataforma, etc. que quiera fortalecer juntes la red comunitaria.

En vez de esperar ayuda y depender de lo externo, como desde las instituciones gubernamentales, la red fomenta tejer redes y buscar apoyos mutuos y desde allí dar visibilidad y reivindicación. Todo esto sin aún haber formalizado una entidad jurídica, pero sí con muchas ganas de articular y representar voces, sensibilidades y circunstancias del ecosistema de la cultura comunitaria caracterizada por su pluralidad, su mutabilidad y su capacidad crítica. La REACC surgió de esta misma necesidad de crear desde el cuidado, análisis y diagnóstico, de lo que cada colectivo necesita y espera de la REACC para cubrir las necesidades de los participantes de la red, en vez de crear una institución formal que impusiera ideas.

Al respecto del debate de la mesa quiero destacar unos puntos en común de los panelistas; hemos detectado que hay carencias de leyes de cultura, que tenemos que aceptar estos momentos de vulnerabilidad para repensarnos como sociedad y aprovechar las nuevas circunstancias para tanto elaborar un trabajo colectivo desde otro lugar, pensar otros fuentes de ingresos, crear acciones en conjunto y sobre todo seguir creando espacios de intercambio, debate y reflexión. En tiempos donde estamos cada vez más aislados, sea por las pantallas o por el aislamiento físico, tenemos que reinventar la cultura para seguir estableciendo comunicaciones que son necesarias y vitales.

Por ejemplo nos compartió Egly Larreynaga, que desde la Asociación Teatro del Azoro (El Salvador) empezaron a aprovechar la situación para combinar las técnicas audiovisuales con el teatro, y así poder conectarse durante la pandemia, y no solo esto, sino también llegar a otro alcance y abordar más visibilidad; siempre intentando cuidar la brecha entre lo generacional y económico.

También Paloma Carpio destacó que había que traer el teatro hacia las personas y empoderarles a que tienen suficientes herramientas y libertades para poder expresarse a través del teatro; es decir hacer que el pueblo sepa que tiene todo el derecho de expresarse libremente. 

Otra temática que se abordó en esta mesa fue la pregunta qué es lo que puede motivar a alguien formar parte de una red, lo que nos puede servir como fuente de inspiración. 

En términos generales lo que nos motiva y nos diferencia como red es la forma asamblearia y colectiva que atiende a la diversidad que tenemos desde el inicio que enlaza y resuena. Además el hecho de trabajar desde la transparencia, la horizontalidad y a nivel estatal. Asimismo significa sostenernos entre nosotres, tejer redes, apoyos mutuos y desde allí dar visibilidad y reivindicación, sin depender de una institución gubernamental que nos ayude. Cada individuo, espacio, miembro, asociación puede encontrar su lugar en la red y expresarse desde total libertad.

Para mí, personalmente, justo en este último punto la REACC me ha aportado mucho; siento que cada voz dentro del colectivo es igual de válida. Asimismo en estos últimos meses junto a la REACC he aprendido mucho, he recibido la oportunidad de actuar en dos espacios (miembros de la REACC), La Horizontal y Centro de Creación e Investigación Cultural La Tortuga y he crecido personal y profesionalmente. 

El unirme a la REACC ha significado conectarme con personas que se dedican a la cultura comunitaria y que a través de ello intentan con su filosofía aportar a un mundo diferente y confía en que podemos relacionarnos desde otro lugar.

Las charlas y debates que han surgido durante la mesa de  Intersecciones. Nuevas formas de hacer cultura. Los artistas ante la pandemia, han servido de gran inspiración y enriquecimiento. Para finalizar quiero destacar unos puntos claves que me han hecho reconocer estas jornadas, por un lado no sólo estimula la curiosidad de conocer cómo funciona la cultura comunitaria y cómo diferentes artistas han vivido la pandemia en otra punta del mundo, sino también nos ha hecho reconocer las similitudes que hay entre las vivencias y también que las diferencias nos aportan para aprender de otros. Es curioso que el tema de la cultura comunitaria está mucho más difundido en Latinoamérica que en España. Por último, después de dos horas de compartir, reflexionar y debatir juntes, quiero volver a insistir en la necesidad de estos encuentros y de estas iniciativas de cada colectivo participante de la mesa. Entre todes nos hemos dado cuenta que no se debe esperar a una crisis para articularse, que no debamos desmotivarnos sino ver las puertas que se van abriendo. Cómo llegamos a concluir, después de este encuentro uno se siente como si hubiese resuelto la vida, lo que nos sirve de profunda inspiración para seguir creando y trabajando como artistas y agentes culturales. Estoy convencida que a futuro seguiremos cuidando y fortaleciendo estos nuevos lazos.

El texto forma parte de la mesa NUEVAS FORMAS DE HACER CULTURA. LOS ARTISTAS ANTE LA PANDEMIA realizada el miércoles 21 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Los artistas ante la pandemia

Alejandro Córdova

*Fotografía de Archivos de Una Pandemia. Autor Roque Mocán (El Salvador)

Aunque se trata de una iniciativa que sucede por segunda vez, este volumen de Intersecciones tiene una peculiaridad: sucede en tiempos de la pandemia mundial por el nuevo coronavirus. Que sea un esfuerzo realizado remotamente es un dato no menor: en un mismo espacio virtual se reunieron artistas, gestores, gente de la academia que provenían de lugares muy lejanos entre sí. Si hay algo de la virtualidad que nos conviene a todas y todos, es esto. 

Es como decir que, gracias a la cuarentena obligatoria, pudimos considerar los encuentros virtuales como una opción más normal de estar en colectivo y así, pensándolo desde el oficio, transformar las maneras de dialogar entre los agentes que hacemos cultura. Interseccionar. Hacer cruces, choques, cortocircuitos. Y ese es, precisamente, uno de los objetivos del seminario Intersecciones: promover ejercicios de pensamiento crítico en torno a los desafíos que representan para la cultura la crisis sanitaria y sus consecuencias.

El motivo de la conversación que tuve la oportunidad de moderar fue el arte, específicamente la posibilidad de seguir haciendo arte en el presente. Hablar de los beneficios y desafíos de la virtualidad, desde la virtualidad. La idea era responder a una serie de preguntas: ¿Cuáles han sido los principales efectos de la crisis de la Covid-19 en la vida cultural y el trabajo de artistas y gestores? ¿Cuáles han sido sus mecanismos de supervivencia? ¿Qué es necesario cambiar en los modelos de trabajo y consumo artístico para fortalecer el sector? ¿De qué forma se ha abordado esta situación desde las instituciones, las organizaciones de artistas? 

Para ello, invitamos a tres mujeres que protagonizan enormes esfuerzos por la cultura en distintos puntos del globo. Paloma Carpio (Perú), comunicadora, gestora cultural y artista escénica habló de su experiencia desde la perspectiva de la Cultura Viva Comunitaria y el trabajo gubernamental. Pamela Pilawa, de la Red de Espacios y Agentes de Cultura Comunitaria (España), compartió formas de crear nuevas redes de trabajo y asociacionismo en España. Y, por último, no menos importante, Egly Larreynaga. de la Asociación Teatro del Azoro (El Salvador), quien habló sobre la necesidad de organización gremial, entre otros proyectos de supervivencia a la pandemia. 

Los puntos en común entre las tres panelistas son evidentes. En las tres experiencias vemos destacada una latente necesidad de organización entre gremial y comunitaria. Es decir, no solo con las comunidades (la población beneficiaria del arte) sino internamente, entre los agentes que hacen cultura. Esta necesidad es prioritaria: antes de cualquier otra acción, lo primero es organizarnos. “Parecíamos débiles”, dijo Egly Larreynaga. Estar divididos hace parecer a los agentes de cultura más débiles de lo que realmente son. La pandemia nos exigió organizarnos.

Pamela Pilawa destacó la participación de 180 agentes en la primera convocatoria para la creación de la Red de Espacios y Agentes de Cultura Comunitaria (REACC). Eso quiere decir que esos 180 agentes (colectivos, artistas, compañías u organizaciones artísticas) existieron de forma desarticulada y ahora han decidido articularse. Pamela habló también de la necesidad de los diagnósticos: elaboremos formularios para entender la situación actual de los colectivos. Es importante saber el estado de la cuestión, ¿cómo están? ¿Qué necesitan? 

Entre las ventajas y desventajas que surgen con el paso a la virtualidad, Paloma Carpio reconoció que ciertos sectores de la cultura han tenido una adaptación más fácil a lo virtual, pero dejan en evidencia viejos problemas como la brecha generacional o la brecha de acceso a los recursos tecnológicos. Y, en el caso de los hacedores de cultura, surge un nuevo problema de costos. Egly Larreynaga señaló que no es lo mismo hacer teatro para una sala que hacerlo para ser filmado. Sumar la técnica audiovisual implica otros presupuestos. 

Los presupuestos también son un tema neural. Sin los decididos apoyos estatales o locales, todo camina más lento. La problemática de la empleabilidad y la sostenibilidad es imposible de ignorar. Subsistir, antes de hacer arte. Ese es el reto. Y el arte no siempre está pensando en producir ingresos. No es su tarea principal. ¿Cómo pensar lo que sea que pensemos incluyendo la sostenibilidad económica? 

Paloma reflexionó sobre la vulnerabilidad, en todos los sentidos. La pandemia por coronavirus ha puesto aún más en evidencia la vulnerabilidad del sistema, de las poblaciones más olvidadas, del oficio del arte en sí. A partir de eso, es urgente repensar la función del arte en las sociedades: el arte como un ente sensibilizador, el potencial del arte en relación a la salud mental y la sana convivencia. En estos tiempos difíciles para la convivencia en colectivo, el arte es una respuesta. 

Cuando se articulan las personas correctas en los espacios correctos, se hace una diferencia. Si los ministerios o las instituciones estatales o locales no escuchan las necesidades concretas de los gremios, cualquier acción resultará desatinada, poco efectiva. Egly, como representante de una generación de artistas y de una asociación de teatro, pone el foco sobre la importancia de forjar una representación frente a otros agentes políticos, económicos o empresariales. Su mejor ejemplo fue la carta bajo el sello de Nave Cine Metro para exigirle al Ministerio de Cultura de El Salvador acciones pertinentes para combatir los efectos de la pandemia. Dicha carta obtuvo más de 5 mil firmas. 

A manera de breve conclusión, las experiencias de las tres panelistas sirvieron para trazarnos un panorama bastante certero de la situación de los artistas. Combatir la precariedad en tiempos donde los vínculos son imposibles requiere organización, diagnóstico y la capacidad de nombrar acciones exigibles en plazos concretos, de privilegiar los procesos sobre los productos y de reorientar los esfuerzos gubernamentales hacia el arte como un mecanismo de transformación social. 

Recordando que el objetivo de esta segunda edición de Intersecciones es repensar la relación entre cultura y desarrollo, pienso que es preciso no solo esforzarnos por volver al ritmo de antes de la pandemia (en el que la enorme tarea de producir cultura nos impedía detenernos a reflexionar), sino que esta capacidad nueva de reflexión se quede. Que lo que construimos ahora, en este diálogo, no se pierda. 

El texto forma parte de la mesa NUEVAS FORMAS DE HACER CULTURA. LOS ARTISTAS ANTE LA PANDEMIA realizada el miércoles 21 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Arte urgente en tiempo de crisis

Egly Larreynaga

*Fotografía de René Figueroa.

En El Salvador después de la firma de los Acuerdos de Paz, en 1992, prácticamente vivíamos un desierto artístico y cultural producto del exilio de muchos artistas, y el cierre de escuelas artísticas durante la guerra. Sin embargo, tras la firma de los Acuerdos, comenzaron a retornar muchos artistas y empezaron la ardua tarea de sembrar y formar a jóvenes sedientos de conocer el mundo del arte. Es así como mi generación la nacida y crecida durante el conflicto comenzamos a meternos en este mundo, en mi caso el teatro. La primera vez que vi una obra de teatro fue a mis 16 años, no sabía que era eso, y tuve la oportunidad de ver a la legendaria compañía Sol del Río 32. Años más tarde abrieron un taller de formación teatral y fue así como comencé mi carrera. Cuando yo empecé, apenas había presentaciones, exposiciones, conciertos, recitales etc.  y poco a poco sin apoyo del Estado e incluso sin apoyo de la sociedad comenzamos a construir lo que tenemos hasta el día de hoy, que aún con todas sus falencias se puede decir que hay días en el que incluso coinciden varias actividades culturales a la vez, existen varios espacios de actividad artística y cultural. Por supuesto que queda mucho por hacer. Pero se imaginan si perdemos lo que tanto nos costó en tiempo, dinero y esfuerzo.  Teniendo en cuenta que al menos ahora las organizaciones han comenzado a apostar por el arte como herramienta importante de transformación social, que la sociedad comienza a respetar y sobre todo conocer la palabra teatro, que ya no parece que estás hablando en otro idioma, ahora hablamos de varias compañías de teatro, varios estrenos al año, dramaturgia propia y contemporánea. Todavía faltan espacios donde exponer la cantidad de expresión artística pero lo que hemos hecho hasta ahora es parte de nuestra identidad. 

Cuando llega la pandemia y todo se paraliza, surge una preocupación para mí y un grupo de artistas escénicos: retroceder o incluso perder parte del patrimonio artístico y cultural que con mucho esfuerzo habíamos construido. Es por ello que decidimos hacer una carta pública que se llamó “Frente a la Crisis también Arte”, y lo que pretendía era hacer un llamado de atención al Estado y a la sociedad civil, exigir una propuesta por parte del Ministerio de Cultura frente a la vulnerabilidad que ya existía en el sector y que la pandemia evidenciaba y peor aún, que hacía que éste peligrara. Muchos artistas importantes se vieron obligados a buscar otras formas de generar ingresos, cosa que no crítico pero la preocupación era perder a esos artistas y lo que eso significa para la sociedad. 

Parte de la carta “Frente a la Crisis también Arte”

Coincidimos en que el arte que hacemos sirve para plantear cuestionamientos profundos de lo que nos construye como humanidad. Participamos activamente de la transformación social, de la revisión y el fortalecimiento de la diversidad de identidades, y hacemos todo lo que está en nuestras manos para hacer del arte un bien accesible para todas y todos, especialmente para las poblaciones más excluidas, porque sabemos que es reivindicativo, aunque estas acciones tampoco sean apoyadas o incentivadas por el Estado.

El arte es un derecho humano y, como tal, validamos su carácter inalienable que lo vuelve una herramienta fundamental para la cohesión social, contribuyendo a mejorar la calidad de la educación, la salud y la convivencia. Como artistas hemos demostrado con contundencia algo: con el ejercicio de nuestra profesión nutrimos el alma de nuestra sociedad enriqueciendo lo que llamamos identidad nacional, contribuimos al bienestar social del país, aportamos al sector económico generando puestos de trabajo, emprendimientos y productos de distribución cultural a nivel local e internacional. Asumimos el valor de nuestra profesión. Hacemos arte por convicción.

Sin embargo, este sector siempre ha funcionado desde la precariedad ocupando un lugar inferior en el Presupuesto General de la Nación y por tanto en las prioridades de los gobiernos.

Recalcamos que tenemos la apertura, la hemos tenido con todos los gobiernos. Ofrecemos nuestra disposición para dialogar y ser parte de la reactivación del país tras la crisis actual. 

Como en todo el mundo, en El Salvador, la crisis generada actualmente por esta pandemia ha golpeado fuertemente al sector artístico, dejando en evidencia su vulnerabilidad histórica, así como la de otros sectores. Estamos al tanto y pedimos se nos incluya en los planes de reactivación económica que se implementen ante esta situación, como un aporte valioso para la mitigación del impacto económico y psicosocial que atravesamos en este momento. Asimismo, consideramos importante hacer el llamado a cuidar – para no perder – la capacidad creativa y el patrimonio cultural que durante tantos años hemos venido construyendo y protegiendo de manera independiente.

Carta completa en https://www.change.org/p/ministerio-de-cultura-de-el-salvador-frente-a-la-crisis-tambi%C3%A9n-necesitamos-arte

Sin embargo, paralelamente teníamos la ardua tarea de ver como resistíamos este duro golpe, después de infinitas conversaciones retomamos algo que en su día teníamos pendiente, entrar al mundo audiovisual y fue como esta crisis aceleró el proceso. Comenzamos con algunas improvisaciones en vivo con nuestros personajes de una de nuestras obras. Hicimos un conversatorio en dónde estos personajes hablaban acerca de la crisis actual y cómo sin quererlo la obra hecha con ellos cobraba relevancia. Liberamos dos de nuestras obras con un medio salvadoreño llamado El Faro y posteriormente hablamos con nuestros donantes para rediseñar todos los proyectos a un formato digital y de esa manera poder continuar. 

Cabe mencionar que los Artistas de la Nave Cine Metro, (NCM, espacio cedido en 2019 por sus propietarios a la Asociación Cultural Azoro); decidimos hacer un audiovisual en donde nos pronunciábamos frente a la Crisis, y también lanzamos la plataforma digital de la NCM. 

Por la trayectoria y la confianza los donantes aceptaron en que adaptáramos todo al formato digital, y que nosotros trabajáramos de manera comprometida en la investigación del lenguaje audiovisual y teatral. Este año lo cerraremos con tres estrenos audiovisuales, talleres de formación, radio on-line, y alianza con otras artistas jóvenes, así como una serie de conversatorios con distintos actores sociales para hablar acerca del papel del arte frente a la crisis. 

Pasaron muchas cosas positivas a partir de entonces, nuestro primer estreno tuvo una buenísima aceptación del público, pudimos investigar, junto con una reconocida directora de cine, la mezcla entre el teatro y el lenguaje audiovisual.

También aprendimos que los costos eran diferentes, no solamente porque el cine suele ser más caro sino porque estábamos haciendo las dos cosas a la vez. Sin embargo, los artistas que participamos nos lanzamos a la aventura con el compromiso que hemos tenido siempre. Hemos presentado nuestra obra no solo a público salvadoreño sino que hemos traspasado las fronteras de manera simultánea. A través de los conversatorios hemos conocido artistas de otros países y hemos podido conocer otras iniciativas que se están haciendo. Hemos encontrado dos líneas paralelas que sin la crisis no hubiéramos tenido la necesidad de comenzar ya. 

El texto forma parte de la mesa NUEVAS FORMAS DE HACER CULTURA. LOS ARTISTAS ANTE LA PANDEMIA realizada el miércoles 21 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Cultura Viva Comunitaria, una alternativa para superar la crisis global

Paloma Carpio

*Imagen tomada del sitio Cultura Viva Comunitaria.

Para los países latinoamericanos, la crisis producida por el COVID-19 ha profundizado la precariedad en la que ya vivíamos.

Esto ha sido más evidente aún en el sector cultural, para el cual la paralización obligatoria de las actividades, sobre todo de aquellas basadas en el intercambio presencial, ha llevado a un punto de inflexión que debe conducirnos a remirar el sentido de nuestras prácticas. Entre la urgencia de la subsistencia y la necesidad de generar cambios estructurales para que el trabajo cultural, es importante sacar lecciones sobre las distintas maneras en que las los artistas y organizaciones culturales nos hemos organizado para superar esta crisis, de modo que podamos apuntalar a que la cultura deje de ser concebida como una dimensión accesoria de la vida y pase a ser valorada como un aspecto fundamental para el desarrollo integral de las personas. 

En este sentido, recuperar el valor de la expresión y organización cultural a nivel comunitario, defender la importancia de los derechos culturales y promover modos de producción cultural por fuera de los circuitos hegemónicos y orientados a la lógica de producción de las industrias culturales, es más urgente ahora que nunca. Y lo es porque, en Latinoamérica, la pandemia ha dejado ver las desigualdades en relación al acceso a servicios y bienes, los cuales incluyen ámbitos vitales como la salud, la alimentación, la educación y la cultura. Poder contar con espacios de contención, expresión, organización y resolución de problemas de manera colectiva, es lo único que nos permitirá superar una crisis que también es expresión del colapso de un sistema económico basado en la explotación de los recursos naturales y de los trabajadores. Esta búsqueda de integración de las diferentes dimensiones de la vida a través de la cultura ya se venía gestando y debatiendo en nuestra región a partir de la acción de las organizaciones articuladas en el Movimiento Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria.

En una época en la que el modelo económico ha condicionado los modos de vida alentando el individualismo y la competencia, la Cultura Viva Comunitaria surge como una apuesta política por reivindicar lo colectivo. Este proceso ha implicado una nueva forma de representación y acción que se basa en la fuerza de las colectividades organizadas desde la imaginación, la creatividad y la capacidad de agencia para transformar la realidad. El Movimiento Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria ha sido protagonista de logros fundamentales en torno a la organización social y a la capacidad de incidir en políticas públicas. Su accionar ha conducido a programas públicos a nivel de gobiernos locales, gobiernos nacionales y a nivel supra nacional, como los son las iniciativas que tienen como referente los Puntos de Cultura, impulsados en Brasil desde el año 2004 o el caso del Programa Ibercultura Viva, gestionado desde la Secretaría General Iberoamericana desde el año 2013.

Estas formas de accionar, recuperando el valor de la acción colectiva cobran vital importancia es estos tiempos, ya que permiten poner en discusión la importancia de lo común y lo público, en este caso, desde la capacidad de producir símbolos y formas de interpretación y transformación de la realidad que otorguen mayor protagonismo a la gente. En tiempos de enorme descrédito de la clase política de los países Latinoamericanos, la acción cultural debe conducir a encontrar formas de representación simbólica y políticas que surjan de la gente y su capacidad de expresión.  

Es por ello que es importante analizar las formas de organización y acción cultural que han cobrado relevancia en esta coyuntura. Para ello, analizaremos diferentes respuestas del sector cultura ante la crisis, empezando por reconocer el estado de vulnerabilidad común que caracteriza este tiempo. Todas las actividades, en todos los ámbitos de la vida, se han visto afectadas. Sin embargo, el sector cultura y más aún, la cultura comunitaria, se ha visto en jaque ya que se basa en el encuentro, la proximidad y el vínculo. ¿Pero qué se puede hacer desde la cultura cuando las medidas sanitarias exigen distancia física? ¿Cómo superar las brechas digitales, generacionales, de recursos y capacidades si toda la oferta se reduce a la virtualidad?

Definitivamente, uno de los mayores riesgos para el desarrollo cultural en nuestros países, en este contexto, está en que se asuma que la virtualización y digitalización de todos los contenidos culturales es la única salida para afrontar esta crisis.

Pero ¿Cómo mantenemos la lógica de privilegiar procesos colectivos y no solo productos bajo estas condiciones? ¿Qué formas de trabajo cultural se han manifestado en este contexto? ¿Qué riesgos implican estas alternativas para el Sector Cultura?

Por un lado, la adaptación a la virtualidad ha sido una salida que muchos artistas han encontrado para mantenerse vigentes y generar ingresos. De este modo, hemos podido ver obras de teatro y clases por Zoom, transmisión de contenidos en vivo, creación de contenidos para redes sociales, entre otras formas de expresión digital. Sin embargo, la búsqueda de supervivencia en desde la virtualidad puede contener el riesgo de mantener el status quo respecto a quiénes pueden producir y consumir cultura, generando que se reproduzcan los mismos criterios comerciales que conducen a que se dé más atención a formatos que no dan cabida a la diversidad, sino que refuerzan lógicas excluyentes (contenidos ligeros, protagonizados por personas blancas o por instituciones ya posicionadas en el mercado). Si sumamos a ello las brechas de acceso a la tecnología que persisten en nuestros países, veremos que los formatos de adaptación de lo digital no necesariamente están aportando a la democracia cultural.

Por otro lado, y por fuera de criterios comerciales, algunos artistas han buscado “darle la vuelta” al encierro obligatorio y han indagado en formas de creación-exploración desde el aislamiento. Esto ha implicado la experimentación con los espacios y elementos cotidianos, el registro de imágenes desde ventanas, la proliferación de los podcasts, entre otras formas de creación desde el ámbito doméstico. A pesar del valor de muchos de los contenidos producidos desde estos principios, es posible alertar del riesgo de la desvinculación de los artistas y su comunidad, asumiendo una forma de creación individualista y distante de los otros.

En tercer lugar, otra de las formas de subsistencia para los artistas en estos tiempos de pandemia ha sido la reorientación hacia otras actividades y fuentes de generación de ingresos. Ante la necesidad, un grupo amplio de artistas se ha visto forzado a dedicarse a actividades que puedan garantizarles sustento económico (reparto a domicilio, cocina y repostería, carpintería, entre otros) Lamentablemente, esta opción puede traer como consecuencia la pérdida de talentos, el abandono de carreras artísticas y la precarización del trabajo cultural, ya que el trabajo artístico se realiza en peores condiciones que antes de la pandemia. 

Como otra alternativa, ante el cierre de las infraestructuras culturales y como apuesta para mantener la actividad y la generación de ingresos, muchos artistas vienen generando acciones en el espacio público.  A pesar de que esta modalidad de trabajo implica menor riesgo de exposición al virus y de que es una de las pocas maneras de generar ingresos por parte de un amplio número de artistas, desarrollar estas actividades implica el riesgo de represión por parte de la policía y los trabajadores de seguridad, lo cual evidencia y reproduce la baja valoración que se le da al trabajo de los artistas.

Finalmente, una de las medidas que ha tomando un amplio número de artistas y trabajadores de la cultura para afrontar esta crisis, ha sido la articulación y la acción en red. En esta línea se ha encausado mucho del trabajo cultural comunitario,  con el objetivo de superar de manera colectiva las dificultades que este contexto genera, y buscar generar cambios estructurales que garanticen mejores condiciones para el trabajo cultural. En este caso se advierte que, al basarse en un trabajo voluntario, no siempre se logra hacer sostenible y continua la acción de estas propuestas de articulación. Sin embargo, la proponerse metas en torno a la incidencia política, los resultados de los esfuerzos de la articulación suelen traer beneficios amplios y de mayor impacto social. 

Tomando en cuenta estas formas de producción del trabajo cultural que la pandemia ha propiciado, vale la pena preguntarse qué en particular puede aportar la Cultura Viva Comunitaria hacia un horizonte post pandemia. En primer lugar, nos puede llevar a pensar en modos de vida más sostenibles, que demuestren que en la colaboración, el cuidado de la naturaleza y los afectos, hay alternativas para resistir al consumismo, el individualismo y la mercantilización de la vida, que es lo que nos ha conducido a esta crisis global. Esto implica desarrollar proyectos culturales que ubiquen al ser humano como parte de la naturaleza y no como seres que buscan explotarla. 

En segundo lugar, generar espacios de diálogo que permitan difundir el valor del trabajo cultural en todas las dimensiones de la vida: en la educación, en la salud, en la seguridad, en la justicia. Es decir, proponer una alternativa a quienes buscan defender el aporte de la cultura sólo desde su aporte al PBI y no a las demás dimensiones fundamentales de la vida. En tiempos en que las economías de los países buscan reactivarse, es importante defender que el arte y la salud están conectados. Si se privilegia, una vez más, la economía por encima de la salud, seguiremos sufriendo de distintos tipos de crisis. Hay que recuperar la práctica artística como ejercicio de relación entre la salud física y mental. 

Finalmente, la Cultura Viva Comunitaria nos invita a pensar en el trabajo artístico y cultural desde su rol político. Es decir, desde la posibilidad de pensar y actuar en la vida cotidiana, con consciencia de los desafíos que implica la convivencia, la diversidad cultural y la identidad de cada individuo.  En un momento atravesado por la incertidumbre y el miedo, la cultura comunitaria debe cultivar la certeza de que, como sociedad, podremos salir adelante si ponemos en primer lugar lo común y lo público, superando los parámetros culturales instaurados por el mercado, la competencia y el consumo. 

El texto forma parte de la mesa NUEVAS FORMAS DE HACER CULTURA. LOS ARTISTAS ANTE LA PANDEMIA realizada el miércoles 21 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

Habitar la pandemia desde lo cotidiano

María Montesinos

*Imagen de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile

¿Cómo vivimos la pandemia en nuestro quehacer cotidiano y creativo? 

La pandemia me afectó de formas muy diferentes, podríamos decir que como las capas de una cebolla: familia y amigos, trabajo, colectivos en los que participo. Todas las personas estaban haciéndose preguntas en sus casas sobre lo que pasaba. Aunque se publiquen normalmente las opiniones de pensadores e intelectuales, la pandemia y el confinamiento nos puso a todos a pensar sobre lo que estaba sucediendo. 

Como productora de alimentos pude salir todos los días a realizar mi actividad al campo, lo que supuso un gran alivio. Tengo una ganadería ecológica en extensivo en alta montaña, mis animales pastan y viven en un medio abierto durante todo el año y para verlos hay que caminar por una dehesa de robles, hayas y avellanos. Una maravilla en pleno confinamiento. Tuve la sensación durante ese tiempo de los cuerpos que se exponen, los cuerpos que no pueden dejar de salir de casa frente a los cuerpos que teletrabajan, que pueden quedarse en casa.

Por otro lado, mi vida es La Ortiga Colectiva, un espacio cultural colectivo que se mantuvo trabajando desde casa en el diseño de proyectos y ediciones, algunas de ellas ven ahora la luz. Pensamos mucho desde lo colectivo cultural y también fueron necesarios descansos, algunas compañeras tuvieron que dejar de participar con tanta intensidad porque era un momento de atender muchas urgencias para todas.

Mi vida cotidiana se movía entre dos mundos muy diferentes pero complementarios: el campo y la cultura. También escribí algunos artículos para publicaciones como el eldiario.es Cantabria y https://lavoragine.net/cat/apocaelipsis/ .

¿Qué significó el confinamiento para nuestros proyectos culturales?

La Ortiga es una asociación sin ánimo de lucro, como colectivo nos afectó de muchas formas, tuvimos que aplazar la edición en papel de la revista, tener tiempo para (re)pensar, resituar algunos proyectos, cerrar otros (club de lectura presencial, encuentros, presentaciones, etc.)

Hubo una mayor dispersión de las personas colaboradoras como es de suponer, desde la necesidad de reinventar/readaptar su actividad laboral, baches económicos, cuidados, también crisis personales. La pandemia dibujó escenarios muy diversos en nuestro pequeño proyecto cultural. Aunque, como somos un colectivo que venimos del mundo de la autogestión y el cooperativismo cultural, creo que esto nos permitió resistir porque lo que nos mueve no es un intercambio puramente económico, sino toda una red de resiliencia comunitaria que siempre está presente. Por anotar algunas reflexiones compartidas durante ese tiempo:

Reflexionar sobre resiliencia comunitaria: hablamos de la importancia del tejido asociativo local, de la cultura km 0, (no significa cultural exclusivamente de lo local) Buscar alianzas con otros proyectos que están trabajando líneas comunes. A veces simplemente resistimos juntas, una manera de estar en el mundo y compartir junto a los demás.

Redes de apoyo mutuo/cooperativismo cultural: estas redes las tenía muy claras en todo lo relacionado con los procesos de producción de alimentos y las echaba de menos en determinados ámbitos de la cultura. 

Preparando el taller Rural Experimenta II promovido por Cultura y Ciudadanía del Ministerio de Cultura y Medialab Prado: este año hemos coordinado este “laboratorio ciudadano” donde participan personas de todo el Estado español con perfiles muy diversos, un taller donde todos los conocimientos y experiencias aportan. Se iba a llevar a cabo en el valle de Campo (Cantabria) aunque finalmente se tuvo que realizar online.

El arte y la cultura como antídoto. Vacuna ante el virus. 

¿Qué supone confiar o pensar en el arte como una vacuna ante este virus que se ha vuelto letal?

La cultura es un alimento necesario para la vida, forma parte de las relaciones humanas. La cultura y el arte son tensiones, expresiones, creación, impulso, conflicto. Hay muchas formas de entender, pensar y practicar la cultura. A mi modo de ver, el arte nos sitúa en la creación de imaginarios, en la posibilidad de inventar, de imaginar otros escenarios posibles. 

La cultura es el vínculo que nos permite vivir en comunidad, que nos permite tener una visión integradora de la vida, de una manera de estar en el mundo donde lo ecológico, lo político y lo social generen esa trama, esa urdimbre con la que entramos en diálogo junto a los otros.

Creo que es necesario pensar las culturas como ecosistemas donde todo está interrelacionado, donde situar la vida en el centro y tener en cuenta las relaciones con otros seres vivos, con los ecosistemas. Decidir cómo queremos vivir, cómo queremos que sea esa relación es algo totalmente cultural también y político, de la política que hacemos todos. Son interesantes las reflexiones sobre domestizar lo político, es decir, aplicar a lo político los elementos tradicionalmente propios de lo doméstico, aquellos necesarios para el mantenimiento material de la vida y sus cuidados. 

En el ámbito cultural, en los pueblos, hemos visto cómo los primeros olvidados de la pandemia han sido nuestros mayores, sobre todo mujeres, que han visto cómo se han dejado de hacer actividades en los centros culturales de sus localidades mientras los bares seguían abiertos. Es necesaria una lectura de género en estas cuestiones para contextualizar y entender las causas y las consecuencias. Las personas mayores han sido expuestas más que nadie a su soledad, sufriendo muchas durante este tiempo pérdida de autonomía y, en muchos casos, desarrollando enfermedad mental (ansiedad, depresión, etc.).

Pensar el futuro. Un tercer punto será hablar sobre nuestros contextos y las acciones posibles para superar la vulnerabilidad del sector artístico cultural. 

¿Cuáles son las formas de hacer frente a la coyuntura actual? 

Creo que estamos viviendo un cambio de paradigma, un punto de inflexión importante que nos permite repensar y redefinir maneras de hacer y de vivir. Tenemos la oportunidad de pensar en imaginarios que faciliten unas culturas entre y junto a los demás. Creo que es el momento de poner en valor la cultura comunitaria, la resiliencia comunitaria en el mundo de la cultura, favorecer las propuestas cooperativas y las ayudas mutuas.

-Desde lo rural: aquí en España se abre un escenario de posibilidades en el medio rural, creo que es importante ver cómo son esos imaginarios y prácticas aterrizadas en el territorio. En este sentido, acabo de participar en la publicación Pensar y hacer en el medio rural. Prácticas culturales en contexto, un libro-manual del Ministerio de Cultura que creo puede ser un referente de muchos proyectos en el medio rural dentro del Estado español.

-Redes colaborativas: los apoyos mutuos son fundamentales, no podemos dejarlo todo en manos del Estado, es necesario fortalecer las redes autogestionadas, la autonomía, la independencia, la libertad de crear y resistir sin el paraguas público.

¿Qué acciones se realizan en nuestros países? 

Habrá tanta diversidad de propuestas como distintos escenarios y territorios se observen. En mi entorno más cercano, he visto cómo surgían redes de cultura comunitaria (formales e informales), planes institucionales para apoyar al sector cultural y, sobre todo, la necesidad de visibilizar una demanda creciente de 

Creación de redes de trabajo colectivas: por ejemplo Urdimbre y REACC (Red de Agentes de la Cultura Comunitaria).

-Planes de “emergencia cultural”: normalmente se trata de respuestas de la administración a corto plazo para problemas que requieren reflexiones más profundas. 

En mi comunidad autónoma, Cantabria, la Plataforma de Empresas Culturales propuso una vacuna cultural que, haciendo una comparación con la búsqueda de vacuna para el Covid-19, se convirtió en un manifiesto por el derecho a la cultura que siempre es interesante leer.

¿Qué acciones realizamos con nuestros colegas para la búsqueda de respuestas en este pasillo de la incertidumbre?

Contribuir a generar espacios y tiempos de dinamización del medio rural desde la cultura, pensar juntos (grupos de lectura, encuentros, textos, conversaciones, paseos…) cualquier forma es buena para seguir haciendo cosas juntos y pensar la incertidumbre de manera colectiva. La cultura no solo surge de la llamada industria cultural, hay otras organizaciones que están (estamos) trabajando para la cultura.

En lo rural es el momento de trabajar en contextos municipales, relocalizar la cultura, desarrollar una mirada glocal y gestionar los espacios y bienes comunes tan importantes para preservar el acceso a la cultura y la cultura como derecho.

Creo que estas reflexiones se podrían resumir en la importancia del habitar entendido en un sentido social, cultural, ecológico y político. Tomar conciencia de que el mapa no es el territorio, que es necesario pensar desde lo concreto, desde la diversidad de contextos y a partir de ahí ver qué posibilidades tenemos de tejer redes de cultura comunitaria. Creo que deberíamos proponer a partir de modelos de co-gobernanza que son el fermento para continuar la siembra de culturas críticas. El medio rural es, sin duda, un escenario posible para pensar imaginarios de futuro sostenible, de convivencia con el ecosistema natural, cultural, social. Y de una vida habitable para todos y todas.

El texto forma parte de la mesa LOS CUIDADOS. EL ARTE Y LA CULTURA COMO ANTÍDOTO / VACUNA ANTE EL VIRUS realizada el viernes 23 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia. 

Conjeturando sobre el futuro del arte en tiempos de pandemia

Ticio Escobar

*Barquitos del archivo, imagen de exposición FUTURO. Autora Muriel Hasbún.

1

El virus que trastorna el mundo tiene un estatuto espectral que lo vuelve ontológicamente perverso.

Los virus son inquietantes porque no están vivos ni muertos, No están vivos porque no pueden reproducirse por sí mismos. No están muertos porque pueden entrar en nuestras células, secuestrar su maquinaria y replicarse1.

Los humanos sabemos lo difícil que es enfrentar fantasmas, capaces siempre de replicarse y alterar nuestras maquinarias. Contra los fantasmas no hay vacunas, ni medicinas, ni tratamientos seguros, solo resta el afán porfiado de resistir sus fuerzas destructivas de emplazamientos diferentes. También la pandemia capitalista tiene un componente fantasmático. Jorge Alemán dice que el capitalismo está empujado por una fuerza de reproducción sin límites que no responde ya a ninguna necesidad humana.

Se trata de una abstracción pura, espectral y fantasmagórica que se expande por doquier como el más perfecto de todos los virus2 .

Tampoco hay antídoto ni remedio infalible contra este poderoso virus. Ante él, sólo queda el recurso de resistir de todas las maneras y desde todos los lugares posibles: reformular experiencias emancipatorias, reinventar modelos de subjetividad, concebir otras formas formas de estabilidad y ensayar nuevas prácticas de empoderamiento y convivencia social. Resta, también, la posibilidad de desempolvar utopías desde el fondo del desencanto; de reinventarse a sí mismo, quizá.

2

La aldea global se ha llenado de preguntas ansiosas acerca de signos de futuro y, enseguida, de pronósticos, vaticinios y profecías salvíficas. Es probable que casi todas las predicciones acierten en algún sentido y que el anhelado o temido mañana pospandémico presente un arco de incontables posibilidades abiertas entre los fatídicos presagios de catástrofe y ruina y los cándidos anuncios de redención del mundo. Más allá de las adivinanzas voluntaristas, las consignas dogmáticas y las prognosis interesadas, se levanta el imperativo ético-político de encarar con responsabilidad los tiempos venideros.

Es necesario pensarlo para trata de intervenir, o al menos participas, en ellos inventando alternativas antes los rumbos inexorables del biopoder (del necropoder). Es necesario imaginar -desear que estas alternativas involucren la participación de los actores de la escena pública. Y que lo hagan fuera del modelo evolutivo e instrumental de temporalidad basado en la acumulación y movido por el crecimiento continuo en pos de la pura ganancia. De hecho, las diversas posiciones asumen que no existe una línea cruzada la cual comenzaría el día después. Lo imprevisible que ocurrirá habrá de asumir las crisis, desigualdades, conquistas y posibilidades que ya comenzaron con la pandemia; que la preceden porque, en parte, la provocaron. Probablemente, todos los futuros implicados en el relevo del status quo deban ser construidos mediante procesos que movilicen saberes, afectos y poderes plurales. Y deben ser concebidos con rigor reflexivo, imaginación e impulso creativo.

3

La cuestión de la temporalidad desemboca en los ámbitos del arte. ¿Qué sucede ahí durante la pandemia? ¿Qué habrá de pasar allí después de ella? En cuanto el arte extrae sus energías y argumentos de las circunstancias que dispone cada tiempo (asumido, alterado o impugnado por cada obra), es indudable que una coyuntura tan traumática como la actual no puede dejar de afectar la sensibilidad, la percepción y las representaciones de los artistas y, por ende, no puede dejar de filtrarse en el concepto, la materialidad y las formas de sus producciones.

Ahora bien, ya se sabe que el arte trata las cuestiones que cada coyuntura acerca no mediante su exposición literal, sino a través de ambages, alejamientos y miradas oblicuas que complejizan e intensifican sus sentidos. Asume esas cuestiones cuestionando los límites de la representación y sometiendo su objeto a duda: confrontándolo con su propia ausencia o su sombra. Promueve, así, la continua extrañeza de ese objeto enturbiando las certidumbres que intentan descifrarlo. Para hacerlo, inventa distancias que permiten observarlo desde distintas posiciones; que permiten alejarse de él y a él volver con otra mirada. Este complicado quehacer no puede ser encarado de manera voluntarista: requiere no solo los ministerios del concepto, sino los empujes de la intuición, el olfato y la imaginación; facultades y saberes oriundos del cuerpo y las honduras subjetivas; poderes provenientes, también, del tiempo denso y dislocado que apremia y sustenta los ámbitos del arte. Los complicados mecanismos que demanda el quehacer artístico le impiden dar cuenta inmediata de su coyuntura y le imposibilitan hacerse cargo expeditivamente de las cuestiones que levanta la pandemia. Ante el enigma no hay respuestas, sino indicios, equívocos en general. Por eso el arte no contesta las preguntas; las reenvía a dimensiones donde ellas resuenan de manera disímil y devienen eco de sí mismas, multiplicando de este modo sus sentidos posibles. El arte no predice el futuro; imagina sus dislocaciones y desvaríos, sus espejismos y espirales. Incuba sus simientes. Anticipa ficcionalmente el tiempo por venir, lo discute mediante los argumentos de la memoria, trata de enmendarlo desde los antojos sabios del deseo y las fundadas razones de la ilusión.

En conclusión, el arte no ofrece panaceas para las desventuras que acarrean las pandemias sanitarias ni acerca soluciones para las iniquidades que imponen las pestes político-sociales: aviva la mirada ética, resiste la instrumentalización de sus imágenes y reinventa continuamente los alcances y los modos de la temporalidad. El arte alimenta reservas de significación, formas que podrán permanecer en estado latente hasta que encuentren su sazón en momentos favorables. Fomentar embriones de futuro es su compromiso con el tiempo venidero: de cara a él, el arte permite avistar salidas potenciales allí donde solo aparece un camino obturado por virus y desigualdades fatales.

Reflexión realizada tras el conversatorio organizado en el marco de exposición Futuro.

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