¿Qué define el éxito de un experimento?
¿La ejecución impecable del método? ¿La corroboración de alguna teoría inflexible? ¿La ilusión de un progreso infinito? ¿O es quizá cómo, en lo impredecible del proceso, una nueva idea reconcilia horizontes imposibles?
Una mezcla perfecta de rebeldía, entusiasmo y sentimiento vivió la audiencia el pasado 28 de marzo de la mano de la banda pop-rock Bunny Island y la rockera Suzu Lunar para el ciclo 2025 de conciertos A2Bandas en el Centro Cultural de España en El Salvador.
A primera vista, ambos actos musicales difieren, de maneras fundamentales, en estilos y motivación: el pop-rock de los conejos ―a ratos radiable, a ratos indie― no tendría nada que hacer junto al desenfado grunge–punk de la diva con botas, cuya intensidad apasionada ―aún en sus momentos más introspectivos― no puede negarse. Sin embargo, les une no solo la vena común del género rock, sino un innegable compromiso para entregar, aún en la experimentación, un espectáculo impecable e inolvidable.
Desde el minuto uno el público entró en la sintonía de confianza transmitida por la banda principal, moviéndose al son del rock latino en Feel my face y Soltar. La primera, melódicamente un homenaje a las grandes bandas del rock latino noventero, resulta plena en calidez, spanglish y trabajo nítido en guitarra. Le siguió una pieza referencial a la propia escena pop salvadoreña de la época tanto en la temática del olvido como en el estilo del vocalista Walter Rivera, joven veterano de los escenarios.
Agradable también resulta la flexibilidad de los bunnies para viajar entre subgéneros familiares y habitarlos con la tranquilidad de otros músicos de mayor edad y trayectoria. La frescura de los integrantes es el complemento ideal para temas como Color canela o Mentiras de cristal ―donde la emulación del easy rock no es una caricatura, sino una habilidad más bajo la manga―, acompañados de letras contemplativas e introspectivas. Se hace increíblemente fácil olvidar que todos los intérpretes aún no han salido de sus veintes.
Luego de simpáticas interacciones entre las personas asistentes y los músicos ―las primeras siempre atentas a cada movimiento―, los aires a Maná de La Verdad dieron paso a quizá la joya del repertorio actual para Bunny Island. Tabaco y café, compuesta por el guitarrista Owaldo «Oswy» Henríquez, condensa dentro de sí las cualidades que diferencian a la banda de otras propuestas similares: abraza desde el amor pop la nostalgia más pura del indie, posee una garra emocional arrasadora, permite a los cuatro músicos espacio suficiente para exportar su experticia instrumental al máximo y logra lo que cualquier artista aspira a lograr siempre, o sea, empapar de sentimiento puro a quien recibe del otro lado. Perfecto plato sobre la mesa, seguido por el desapego emocional casi budista, aunque no escaso en ternura, de Es lo que hay, para introducir la fusión de la noche.
Carisma y personalidad emergen como dos talentos paralelos. Fáciles de confundir, extremadamente difíciles de poseer en conjunto. Para fortuna de Suzu Lunar ―y de quienes tienen la oportunidad de verla interpretar en vivo―, ella los posee. En cantidades abundantes, además. Hija de escenas más duras y underground, su aplomo no es abrasivo ni polariza. Todo lo contrario: como esa amiga que sabe moverse por toda la ciudad, invocó la atención de todas las personas presentes dándola por hecho, con la alegría y el desenfado de quien congrega no a jueces de su trabajo, sino a cómplices de su plan.
A medio trago, donde Suzu invita a los conejos a su terreno, anuncia la llegada de algo distinto desde el auténtico golpe de poder que brindan los músicos de la cantante. En particular, la batería de Héctor Mejía inyecta de dopamina inmediata a esta versión de la canción, que matiza sus colores originales con una adaptación surf rock al estilo Beach Boys. Una vez establecidos, Flaca Narval, sencillo más reciente de los bunnies, este experimento rockero alcanza el balance perfecto. Ambas partes están a sus anchas en el escenario y, en plena camaradería, se retan tanto a adaptarse al flujo, en el caso de Suzu, como a explorar su potencia, en el caso de la banda anfitriona.
Descansa un poco, sin embargo, el fuego de la parte invitada en Quiero Saber, abrazando la dulzura que suele esconderse en las composiciones de Bunny Island, que en Cenizas también transforma la fuerza de Suzu en un ímpetu country, más gentil. Por último, Todo se repite regresó el control a los bunnies, quienes respetan el arreglo original de la pieza, pero permiten una memorable despedida al conjunto Lunar a través de su fuerza característica. Una progresión de energía por demás natural, que deja tras de sí la sensación de una maratón ganadora… o una sesión intensa de cariño.
No siempre la experimentación apunta a un propósito obsesivamente productivo, enfocado a la eterna mejora o a la diferenciación que antepone la novedad al mensaje central. La excelencia en esa cancha de juego no es más que el abandono gozoso del salto al vacío que, en conjunto con el talento y la compañía de compañeros de arte involucrados al mismo nivel, se vuelve una danza trascendente. Mientras que existan iniciativas de esta naturaleza, que permitan redes de seguridad a esta eterna acrobacia, la música salvadoreña no solo tendrá la oportunidad de sobrevivir en un contexto adverso: brillará y tendrá el poder de transformarlo.