Cine y transmisión desde la vulnerabilidad

La relación con el cine es, en esencia, una cuestión de amor, y en la búsqueda de esa conexión profunda con el espectador, el posible «enamorado», no hay fórmula poderosa ni explicación racional. Una película te atrapa o no; te seduce por su magnetismo, sexy, insólito o conmovedor, o no. Y de ese resonar no dependen afamados recursos técnicos, fórmulas académicas o cuanto de «marqueteables» sean sus actores y temáticas.

Hacer cine se aprende experimentando, a fuego lento, y en la transmisión de la experiencia cinematográfica, como decía Mackendrick, «ninguna regla es válida hasta el día en que la descubras por ti mismo». Ese día, sin atajos, ya eres un poco más cineasta, ya estás un poco más cerca de reconocer lo genuino. Como apunta Alain Bergala en La hipótesis del cine, el cine debería tener un lugar especial en la enseñanza, pero no solo como teoría muerta, sino facilitando el encuentro con él, porque puede abrir puertas, despertar la creatividad y conectar conocimientos culturales de formas únicas.

Pero hay algo que rara vez se menciona en la transferencia de la práctica fílmica: la generosidad necesaria de quien traslada su experiencia. Para que lo compartido arraigue y sea verdadero, necesitamos revelar nuestra fragilidad, nuestras emociones y dilemas, sin medias tintas, porque en eso consiste enfrentarte con lo misterioso y lo inescrutable y, después, transmitirlo. Y esa entrega no es cuestión de jerarquías donde un profesor/director se sube a una mesa para mirar desde arriba a sus alumnos, cuidando de que no se le agriete la máscara.

De todo esto y, sobre todo, de vulnerabilidades, trataron los laboratorios ‘Cines, bravías y disidencia’, organizados por AECID y que me llevaron el pasado verano a San Salvador y Ciudad de México, donde me encontré con sendos grupos de unos catorce cineastas para explorar creativamente el cine como acto de resistencia cultural. Y, sobre todo, para compartir la fragilidad de enfrentarse a lo desconocido: las dudas de quien descubre un mundo que le atrae, pero al que aún no pertenece del todo. Rodábamos con lo que había, a veces solo un móvil. Pero los participantes mostraron tanta honestidad y compromiso que el proceso se convirtió en un acto bidireccional, donde crear juntos fue pura riqueza compartida.

En este misterio que es transmitir la experiencia fílmica, construimos puentes. Lo importante no fue solo compartir lo vivido, sino abrirse a que otros lo transformaran y te lo devolvieran más poderoso. En ese intercambio me sentí un poco más rica y un poco más acompañada. Fue una experiencia bella, especialmente en El Salvador, donde ser cineasta es una cuestión de urgencia más identitaria que nunca. También en México. En ambos países cada participante dejó una huella imborrable por su entrega, por hacer del cine en esos instantes antídoto contra el pensamiento único y globalizado, un refugio para lo esencial y lo diverso, un espacio donde conectar con lo más íntimo y enigmático de nuestros universos.

* Este artículo se publicó originalmente en Especial Academia de Cine 2025, editado por la Academia de Cine española. 

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