Cuatro imágenes para transformar la materia (sobre «Opus Nigrum»)

Primera imagen: el ritual

El público se reúne en el lobby del Centro Cultural de España en El Salvador, el viernes 17 de octubre de 2025, dentro de la programación del VII Festival de Teatro Hispanosalvadoreño. No hay escenario, tampoco butacas. Solo un grupo de personas que escucha las palabras iniciales del artista Ben Attia, quien explica que Opus Nigrum nace de la investigación en un ritual donde los sueños recurrentes ―cuando están cargados de negatividad― se teatralizan para espantarlos, para que no se cumplan, para que no lleguen a la realidad. El rito del teatro comienza allí, en la puerta. Pide silencio, ayuno, contención. No se trata de asistir a una función, sino de entrar a un estado. Lo teatral se convierte en tránsito, en umbral que conecta la vigilia con la materia oscura de los sueños.

En ese instante, la obra se abre como una grieta. El espectador abandona el papel del que observa y se convierte en cuerpo que habita una espera. Atravesar el lobby equivale a cruzar una frontera simbólica. La promesa del rito es simple: tal vez el teatro aún puede sanar, tal vez puede purgar aquello que se repite en el inconsciente colectivo.

Luego, caminamos hacia el estacionamiento. La oscuridad de la noche convierte el espacio cotidiano en un búnker de cemento. Vemos, asomado entre el humo y las luces, un árbol seco dorado, una silla, una estructura de madera y un hombre clavando. Nada más. Lo que se invoca en ese vacío no es un relato, sino una energía que vibra en los cuerpos. Una voz en off narra un sueño de sombra y tierra. Los actores, como oficiantes, encarnan el gesto primitivo de intentar comprender lo inexplicable.

Segunda imagen: lo posdramático y la poética de Ben Attia

Desde sus primeras obras, Ben Attia ha explorado los límites entre lo escénico y lo ritual. Formado entre el Magreb y la península ibérica, su teatro se sitúa en los márgenes, allí donde lo político y lo espiritual se tocan. Opus Nigrum es parte de una serie que incluye Opus 1 y Opus Cero, trabajos que abordan la materia desde distintas dimensiones. Cada pieza busca, ―más que contar― convocar.

El lenguaje de Ben Attia se inscribe en la tradición del teatro posdramático. Este tipo de escena no responde a una dramaturgia narrativa, sino a una práctica que disuelve la jerarquía del texto y coloca en su centro la presencia. La acción no se desarrolla en función de un argumento: lo hace en función de una atmósfera, un ritmo, una tensión. En esta lógica, el texto se convierte en un material más entre luces, cuerpos y silencios. Lo importante no es contar una historia, sino desencadenar un estado perceptivo.

En Opus Nigrum, el texto apenas existe como murmullo. A veces ni siquiera alcanzamos a entender lo que Ben Attia narra en su propia voz, que se diluye entre el humo, la música tenue y los silencios suspendidos. Las palabras flotan más que significan, y en esa indecisión el teatro deja de representar para convertirse en acto de exposición. La escena se instala en una zona de extrañeza donde lo simbólico se mezcla con lo performativo.

Este lenguaje, surgido de las exploraciones del teatro europeo contemporáneo, se desplaza hacia otros territorios con una potencia que también produce distancia. Más que dialogar directamente con el público salvadoreño, Opus Nigrum propone una interrogante: ¿qué sucede con la experiencia teatral cuando sus códigos viajan, se traducen y se desterritorializan? ¿Qué pasa cuando se le coloca en otro territorio cultural? El gesto curatorial del VII Festival Hispanosalvadoreño al incluir esta obra no busca uniformar lenguajes, sino abrir la posibilidad de pensar el teatro desde el desplazamiento, desde esa tensión entre arte, territorio y sensibilidad que nos obliga a mirar de otro modo. Y tal vez no comprender y solo dejarnos llevar.

Tercera imagen: la escena y la violencia

En el centro del estacionamiento, un árbol desnudo parece insistir en la posibilidad de la vida. Un hombre lo riega, como si quisiera revivirlo. Otro, borracho, se aproxima. Dice que el árbol está muerto y que él es un hombre moderno. Lo que sigue es una paliza que se convierte en tortura. El cuerpo del otro se hunde entre gritos y respiraciones entrecortadas. La sangre (esa sangre escénica) salpica el aire y mancha la pared, en un gesto de Artaud, de violencia irrefrenable. La violencia se vuelve coreografía. Hay realismo. Vemos un cuerpo que golpea, tortura, mata y otro que resiste. Hay una botella, una capucha negra, agua mojando la cabeza del torturado. El gesto recuerda los métodos de tortura conocidos, pero aquí se transforman en imagen. La escena materializa el horror.

Esta contradicción entre rito y espectáculo se integra en la obra. Si al inicio se proponía una desactivación de la teatralidad, en este momento la escena se carga de artificio. Aparecen prótesis, efectos de sangre, gritos amplificados. La teatralidad se afirma y, al hacerlo, revela su propio límite. En esa oscilación radica un conflicto central: la imposibilidad de purificar la violencia cuando la violencia es parte de la representación misma.

La voz en off afirma que Dios ha creado al mártir y al torturador. El hombre moderno reniega de ambos. Quizás no hay salvación. Quizás solo queda el acto de mirar. Para el público salvadoreño, esa mirada no puede ser inocente. En un país donde la violencia ha atravesado generaciones, la imagen del cuerpo torturado resuena con una memoria aún abierta. Lo que sucede en escena no es ajeno. Al menos en un primer plano visceral de lectura.

Cuando el cuerpo del torturado es cargado y llevado al jardín del Centro Cultural de España, la obra parece cerrar el círculo. La materia retorna a la tierra. El público, en silencio, acompaña ese desplazamiento. No hay aplausos inmediatos. Solo respiraciones contenidas. El teatro se disuelve otra vez en rito, como si lo que acabáramos de presenciar no fuera una ficción, sino un duelo. Tal vez un sueño horrible que no queremos soñar.

Cuarta imagen: residuo y transformación

Después de la obra, el estacionamiento queda vacío. El árbol, la silla y la mancha de sangre permanecen como vestigios. Esa imagen final es quizás la más poderosa: un espacio cotidiano transformado por la experiencia estética. El teatro ha cumplido su función alquímica. Ha convertido el cemento en memoria, la violencia en pregunta, la materia en símbolo.

Opus Nigrum no pretende ofrecer respuestas. Su fuerza está en el enigma, en esa sensación de haber sido atravesados por algo que no podemos nombrar del todo. En ese sentido, el título cobra sentido. La obra el proceso de descomposición y purificación que, en la alquimia, antecede a la transformación. Ben Attia parece decirnos que solo al mirar la oscuridad podemos vislumbrar otra forma de vida. Tal vez.

Como espectadores, quedamos suspendidos entre el desconcierto y el silencio. No hay gratitud ni alivio, más bien una sensación densa, como si algo se hubiera desplazado dentro de nosotros y aún no encontrara su forma. El teatro no ofrece consuelo, deja una vibración que persiste. Lo que queda no es comprensión, sino incertidumbre. Lo que respiramos al final no es vacío, sino el peso compartido de no entender del todo, de haber sido tocados por algo que todavía nos rebasa.

En el contexto del festival, Opus Nigrum funciona como una grieta dentro del programa: un recordatorio de que el teatro no siempre debe explicar, que también puede ser lugar de misterio, de incomprensión y de materia viva. Al dejar el recinto, cada quien lleva su propio residuo. Algunos lo llaman incomodidad, otros lo llaman pensamiento. Quizás sea lo mismo.

La escena de la violencia, con su crudeza hiperrealista, nos enfrenta a una pregunta incómoda. ¿Qué lugar ocupa el dolor en la representación? En un contexto como el salvadoreño, donde la violencia no es metáfora sino experiencia diaria, el teatro se vuelve espejo incómodo. Al reproducir gestos de tortura, Opus Nigrum no pretende escandalizar, sino recordarnos que el horror no desaparece al cerrar los ojos. Esa insistencia en mostrar lo insoportable nos obliga a pensar qué significa mirar, qué ética hay en seguir observando cuando el cuerpo en escena se convierte en signo de todos los cuerpos violentados.

Opus Nigrum de Ben Attia no busca respuestas. Busca materia para seguir transformando.

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