Experimentar para vernos entre habitantes

Elvia Sofía Bonilla Menjívar

Habrá muchas formas de hacer experimentos de ciudad. La que aquí se cuenta toma cabida en San Salvador, una de las capitales más violentas del mundo, con una sociedad polarizada políticamente y cada vez más intolerante.

(Humans Right Watch, 2020)

El Área Metropolitana de San Salvador cuenta con alrededor de 1.3 millones de personas que habitan los 14 municipios que conforman esta urbe. Dentro de este territorio, se visualizan diferentes caras de la ciudad, muchas veces vecinas, opuestas pero sin diálogo entre ellas. 

Desde el Laboratorio de Espacios Públicos de Glasswing se coordina con otros actores (públicos, privados, y desde la ciudadanía organizada), experimentos que incentiven a imaginar otra ciudad, una en donde quepan y se escuchen más versiones de anhelos, sin que unos se asusten de otros. Se trata de proyectos en el espacio público que imaginen una urbe más democrática, abierta a la heterogeneidad. Por ello, se han buscado formas de hacer intervenciones de bajo costo pero que permitan detonar discusiones sobre situaciones cotidianas, pero no obvias para quienes transitan y viven la urbe. Estos experimentos buscan, de alguna manera, poner el dedo en una llaga. Si duele, es porque hay una discusión abierta, con poco análisis y aun sin conclusiones. 

Aunque son varios los proyectos en proceso, se presenta a continuación discusiones aun gestándose en torno a un proyecto de urbanismo táctico, en la Calle Delgado ubicado en el ala este del Centro de San Salvador. Su diseño resulta de un proceso de discusión con habitantes y trabajadores de la zona. En concreto, se trata de dos murales de arte urbano. El primero realizado sobre un muro de tres niveles y el segundo es una alfombra de colores pintada sobre 200 metros de calle, conectando el  (pronto a abrirse) Centro Cultural Nave Metro y el Mercado ex Cuartel.  Los diseños retoman elementos representativos de la zona, que surgen de las consultas ocurridas. Entre ellos, resalta la fuerte representación de las mujeres en el negocio de ventas por cuenta propia, en la calle.

Aterrizada la idea de otra manera: se pintó un tapete en el suelo público, extendiendo al micro centro histórico renovado por la municipalidad, invitando a ciudadanos y visitantes a caminar dos cuadras “más allá”, hacia ese lado más oscuro, desordenado, y para muchos peligroso de la ciudad…

Aunque el proyecto es una intervención “física”, y en medios de comunicación se comenta sobre lo bonito de los colores en contraste de lo sucio del entorno, el proyecto deja reflexiones más allá de la infraestructura, la pintura y las edificaciones vecinas.

El centro está vivísimo

Desde hacer un par de décadas, espacios de gestión de la ciudad, tanto públicos como privados, así como desde la academia, discuten y redactan propuestas de renovar, reordenar, revivir, rehabilitar o rescatar el centro histórico de San Salvador. Porque representa mucho de la historia del país, porque es el punto cero de la ciudad. Cada uno de los verbos en los objetivos trae consigo una gran carga de símbolos y teorías que se traducen en propuestas para la ciudad. Algo en común entre las palabras recurrentes es el prefijo “re-“ que en la lengua española denota una intensificación y una repetición. Es decir, como punto de entrada muchas de estas propuestas indican que la situación actual del centro no está bien. Está desordenado, hay que re-ordenar. Está dañado, hay que re-novar. Está inhabilitado, hay que re-habilitar…. ¿Está tomado, hay que rescatar?, ¿está muerto, hay que revivir?… Pero, ¿rescatar, revivir, rehabilitar, renovar para quién? 

Si la vida la traen los seres vivos, el centro está vivísimo. Se registra que entre 200 mil y un millón de personas lo transitan en tiempos sin pandemia, de manera diaria (OPAMSS y Alcaldía de San Salvador, 2016). Es cierto que muchos de sus edificios están vacíos o subutilizados, como dicen los mapas de usos de suelo de FUNDASAL y la Alcaldía municipal, pero no se niega que personas desempeñando muchas actividades de su vida hay. Usar los verbos rescatar o revivir implica asumir que quienes viven y transitan el centro todos los días están muertos, o son ladrones del espacio público. Sea como sea, hablar de cientos de miles de gentes significa mayoría en un país de la escala de El Salvador. Planteamientos como “eliminar o remover lo que existe en el espacio público”, no son siempre viables y factibles, tanto desde la parte ejecutivo económica como desde la visión ética y filosófica.

Reflexionando lo anterior, se impulsó pintar de colores esas dos cuadras de suelo, llevando al gran lienzo la premisa de que en esta calle ya habita y se mueve mucha gente diversa. Los vendedores se organizaron y han sido el frente activo del proyecto. Junto a ellos se buscó tanto diseñar como ejecutar la obra. Al discutir el “limpiar la calle”, se trató el remover lo sucio, no a la gente (como algunos planes de mayor escala sugieren). La decisión no fue a puerta cerrada del laboratorio y las instituciones socias, sino junto a los trabajadores y habitantes de esos 200 metros. Consecuentemente, la limpieza de la calle implicó barrer y lavar la calle. La calle y no a quienes trabajan en ella. Alrededor de 300 vendedores por cuenta propia se pusieron manos a la obra junto a personal del gobierno local, con todas las medidas de protección del Covid, para poner bonita la calle, su entorno de trabajo y vida. Muy viva estaban las pulsaciones de ese corazón de la ciudad. La organización local se hizo muy rápido. Ya existía.

El desorden para un encuentro más interesante

Los límites urbanos del Área Metropolitana de San Salvador se expanden a fuerza de guetos. Nuevos condominios y residenciales a portón cerrado van apareciendo para quienes pueden conseguir créditos en la banca formal. Estos barrios amurallados de casas iguales, en donde solo grupos con los mismos antecedentes socioeconómicos se relacionan, son una normalidad valorizada. El experimento de señalar zonas consideradas degradadas como la Calle Delgado invitan a ver ese trozo de ciudad y estando ahí, repensar el valor de ese “contra- espacio”.

Es un ejercicio constante, en este momento en proceso de monitoreo, compara al barrio cerrado unifuncional (habitacional) del borde de la ciudad, con esta área del centro. Este último posibilita una diversidad, tanto en historia edificada, encuentros entre grupos poblacionales, así como en variedad de usos (comercio, vivienda, cultura, ocio). En las calles del centro no hay restricción de paso, por lo menos no con portones y muros. Es más probable el cara a cara entre opuestos en el centro que en el gueto. Así, el escenario desordenado del centro en realidad es más vivo y latente, con más ofertas de lecturas y aprendizajes, en fin, con más “espacios públicos para construir sociedad” (Segovia 2007). El centro histórico como contra-ideal del desarrollo habitacional intra-muros, se convierte en lo que Carrion (2016) describe como lo que podría ser una verdadera ciudad: un espacio construido, denso pero sobre todo heterogéneo y estructurado a partir del espacio público.

La vida tropical, la vida hacia afueraen tiempos de Covid.

El trópico invita a la arquitectura y la urbe a volcarse hacia afuera. Y es que el clima caliente y húmedo de casi 12 meses, incentiva a salir a la calle, al encuentro de otros. Este año de pandemia global, recuerda al humano la importancia de saberse social, grupal. Y es que la cuarentena y el distanciamiento físico han sido necesarios para contener al virus, sin embargo el encierro han dejado en quiebra a muchos (ICEFI, 2020) y con depresión a tantos más en soledad.

En el centro de San Salvador muestra entre sus características la alta presencia de vendedores por cuenta propia en la calles, también llamados informales y ambulantes. Para el año 2007, la DIGESTYC estimaba que casi la mitad de la población ocupada de El Salvador se encontraba en el sector informal y desde ese año el porcentaje sigue incrementado. A este grupo pertenecen parte de las familias más afectadas económicamente (entre otras cosas), por las medidas que combaten el Covid (ICEFI, 2020).  En la reapertura post cuarentena, el Dr. Marty Makary del Johns Hopkins School of Public Health indica que en el presente y futuro próximo, las actividades serán más seguras si ocurren al exterior que entre paredes. Desde esa perspectiva, se invita a reflexionar sobre las ventas en el espacio público como parte de la solución de la crisis económica que comienza. Lo anterior no es innovador, por ejemplo, si se estudia al tiangue como figura histórica y climáticamente funcional, del mercado. Por supuesto que falta más para desarrollar propuestas de solución económica en el tiempo del Covid, pero cabe apuntar que el comercio en el espacio público no es una idea tan mortífera como se hace creer muchas veces. El peso negativo de saberse vendedor informal por planes de desarrollo territorial puede repensarse en el contexto presente.

La pintura perecedera para la reflexión resistente 

Toda propuesta de urbanismo táctico es uno experimento de ciudad efímero. Sin embargo, las cuadras de calle pintadas impulsan a soñar la urbe de otra manera. El pretexto de color indica que al fin y al cabo lo llamado sucio no era lo sucio, lo degradado está en su esencia enriquecido, lo semejante puede ser monótono, y la mezcla abre camino a la tolerancia.

Se puede, si se quiere, experimentar en el espacio público con prácticas que pongan énfasis las personas. La población resiliente, habitante y trabadora del centro, inspira una ciudad más abierta, diversa y tolerante, una capaz de ver el rostro de todos. Una ciudad que la sociedad salvadoreña merece…


Este artículo forma parte del ciclo de conversatorios ¿Qué implica experimentar la ciudad? realizados como parte del proyecto en red Experimenta Ciudad realizados de manera virtual entre los meses de octubre y noviembre de 2020 con la coordinación de Grigri Projects.

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