Había una vez un teatro que se llenó como laguna en invierno. No quedaron butacas vacías ni rincones desocupados. Personas adultas, niñas y niños buscaron butacas, llenaron el suelo, se acomodaron en pasillos y esquinas, alargando el cuello, parándose de puntillas, dispuesta y dispuestos a entrar en un mundo distinto. Era el Centro Español de San Salvador, un sábado 20 de septiembre de 2025, en el marco del VII Festival de Teatro Hispanosalvadoreño del Centro Cultural de España en El Salvador. En ese teatro repleto, se presentó Ali y la laguna, de la Compañía Forum Teatral, una obra dirigida por Aída Bernal con dramaturgia de René Figueroa, artista conocido por registrar con su cámara buena parte de los espectáculos escénicos del país y que ahora sorprende al mostrarse también como narrador de fábulas teatrales.
El inicio de la obra se convirtió en un anuncio de lo mágico. La sala se oscureció, sonó un instrumento de viento y un músico, Fausto Nieto, emergió de la penumbra. No era un simple acompañamiento, sino el espíritu del bosque, el soplador de imágenes, el que hacía brotar con su sonido el universo entero de la escena. En ese gesto inicial se revelaba una clave del teatro para jóvenes audiencias: no se trata de explicar con palabras lo que ocurre, sino de convocar con estímulos sensoriales la llama de la imaginación.
La protagonista es Ali, una niña inquieta, curiosa, decidida. En ella se adivina la herencia de Alicia en el país de las maravillas, una niña que pregunta y no se conforma, que abre puertas donde solo había muros, que corre detrás de un misterio. Su relación con la laguna aparece profunda y vital, porque allí encuentra compañía, refugio y juego. La laguna es el espejo de su mundo interior, la metáfora de un universo frágil y a la vez poderoso.
El conflicto se plantea cuando la laguna se seca. La sequía no solo afecta a Ali y su familia, sino que todos los personajes dependen de ese cuerpo de agua. La carencia se convierte en metáfora de despojo colectivo, pues perder el agua supone perder también los vínculos, la memoria, la vida compartida. El teatro infantil, en este sentido, abre un camino pedagógico en relación con el conflicto. La madre de Ali explica causas, la maestra introduce enseñanzas, los personajes entregan claves. Esa dimensión pedagógica, lejos de restar fuerza al relato, lo ancla en lo reconocible. En toda fábula hay una enseñanza y aquí se presenta de manera clara: el agua se cuida, el bosque se respeta, la vida depende de gestos concretos.
Entre los mayores aciertos del montaje emerge su diseño espacial. El espectáculo rompe con la frontalidad y se organiza como teatro arena, de manera que el público rodea la acción. En el centro se ubica la laguna; en un extremo del lugar y en lo alto se encuentra el bosque, con telas que cuelgan simulando un árbol; a un lado está el músico-espíritu y en el extremo opuesto aparece la casa de Ali y su familia. Esta disposición multiplica los focos de atención, obliga a desplazar la mirada y convierte la recepción en una experiencia en constante movimiento. El espectador deja de ser un observador pasivo y pasa a formar parte de la comunidad reunida en torno a la laguna. En un contexto donde la mayoría de los montajes se sostienen en la frontalidad, esta apuesta refresca la percepción y ofrece un ritmo visual distinto, coherente con la metáfora del agua que fluye y rodea.
En Ali y la laguna los personajes caminan por sendas distintas, como si cada uno habitara un bosque propio. Ali, interpretada por Adela Jenny, y el padre, a cargo de Steven Chamagua, se mueven en el terreno de la caricatura, con gestos amplios y tonos de voces que juegan a deformar la realidad. Aunque esa exageración atrapa al público infantil con rapidez, también corre el riesgo de repetirse demasiado y de convertirse en un recurso fácil si no se equilibra con otras capas. En la otra senda están la madre, interpretada por Liliana Andrade, el niño travieso, encarnado por Nelson Saz, y el pez/pájaro, que es Gisselle Campos. Ellos se presentan con una naturalidad que sorprende y así aportan equilibrio y delicadeza a la fábula. Andrade encarna a la madre con un decir cercano y sereno, como quien transmite un saber que no necesita subrayarse, y logra que su presencia funcione como ancla en medio de un universo de transformaciones. Saz, en el papel del niño travieso, construye un personaje vital y reconocible, capaz de conectar con el público a través de gestos simples y una picardía desbordante. Campos, por su parte, dota al pez/pájaro de una frescura particular y, al crear un puente entre lo fantástico y lo verosímil, manifiesta un dominio de la técnica acrobática que imprime otros matices a la actuación.
Entre la caricatura y el realismo se abre un sendero que a veces parece desajuste, aunque en el teatro para la infancia ese cruce se convierte en parte del juego. Los niños viajan sin tropiezos de lo exagerado a lo verosímil, saltan de la risa al asombro y regresan, y en ese ir y venir la obra sostiene la identificación del público. Ali y la laguna consigue justamente eso, que la audiencia se reconozca dentro de la fábula. La audiencia infantil se entrega a la ficción con atención viva, mientras el público adulto observa con distancia reflexiva. Pero, en este territorio escénico, la frontera entre lo real y lo imaginado se borra con facilidad. Ni las niñas ni los niños necesitan pruebas para creer en lo que ocurre sobre el escenario: lo aceptan porque el juego mismo lo permite. La ficción se transforma así en un puente inmediato, un espacio de comunión donde la sala entera respira al ritmo de la historia.
Otro elemento notable es el vestuario elaborado por Mirna Fernández, en particular el de los espíritus del agua. Grandes telas azules, de corte circular, se despliegan como alas líquidas en los cuerpos del elenco y evocan las exploraciones de la danza moderna de los años veinte del siglo pasado, aunque aquí teñidas con el añil vibrante y ancestral de los pueblos originarios de El Salvador. Con cada movimiento, esas telas convierten el aire en oleaje. Lo particular es que, en la propuesta escenográfica, la laguna no constituye un elemento cambiante ni tridimensional, sino un círculo plano en el suelo que permanece estático durante la obra. Aquí ocurre una fractura en la propuesta visual y discursiva. La laguna, personaje fundamental, es triplemente enunciada: en el elemento plano en el suelo, en el vestuario del elenco y en el plano metafórico. No hay un hilo que suture los tres mecanismos de representación. Sin embargo, son los cuerpos y el vestuario quienes imprimen variaciones, quienes le otorgan ritmo, textura y transformación. La laguna, entonces, cobra vida en el cuerpo de las actrices y los actores, se expande en sus desplazamientos, se contrae en sus pausas, se convierte en un organismo que palpita gracias a la acción de los personajes. El vestuario deja de ser ornamento y se vuelve extensión de la dramaturgia, capaz de hacer visible lo invisible y transformar lo abstracto en materia estilizada.
La resolución de la fábula se sostiene en un gesto simple pero contundente: Ali abraza a la laguna. La laguna necesitaba cariño, compañía y presencia, y cuando la niña lo ofrece, el agua regresa. El proceso de transformación de los personajes apenas se dibuja en la estructura dramática, aunque la imagen final concentra una enseñanza clara. El cuidado y la ternura pueden devolver la vida, seguir los sueños exige convicción y luchar por lo que se cree solo cobra fuerza cuando se hace en colectivo. La obra no plantea soluciones técnicas ni discursos cerrados, más bien recuerda que el futuro depende de la capacidad de cuidar, de atender lo que parece pequeño y de actuar en comunidad.
Ali y la laguna nos recuerda que el teatro para jóvenes audiencias no es un pasatiempo menor, sino un territorio donde la belleza y la enseñanza se dan la mano. Allí la ficción abre ventanas a la imaginación, lo lúdico se disfraza de aprendizaje y lo sensorial se enciende como lámpara de asombro. En ese cruce se planta una semilla de conciencia que crece tanto en la niñez como en las personas adultas que la acompañan. Y la imagen que persiste es la de una niña que abraza a la laguna, metáfora luminosa de lo que allí ocurrió: el público entendió que el cuidado y la ternura también pueden mover el mundo. Y colorín, colorado el teatro ha terminado.