Fox The Kid y Oneime: dos gritos desafían a la desesperanza en A2Bandas

Existir es, en sí mismo, un reto para el que nadie está preparado. Vivir desde las circunstancias personales y en un país tan complejo como El Salvador, demanda coraje y fuerza por sobre cualquier otro atributo. Los artistas salvadoreños lo saben mejor que nadie: en un ecosistema muchas veces hostil a la creación, cada una de sus canciones es un homenaje a la persistencia.

A esta persistencia puede llegarse por diversos caminos. El pasado 21 de junio de 2025, el desenfado rockero de la polifacética banda Fox The Kid se unió a las rimas irreverentes y realistas de Oneime para el ciclo de conciertos A2Bandas del Centro Cultural de España en El Salvador.

Fox The Kid, como banda anfitriona de la jornada, es veterana híbrida de influencias rock a través de las generaciones. Mientras los amplificadores estallaban llenos de adrenalina durante la introducción instrumental de la noche, visuales con distintos artistas representativos de géneros como stoner rock, grunge y punk alternativo anunciaban desde el primer momento una poderosa experiencia a la audiencia que, progresivamente, se acercaba con interés al escenario.

Los temas en inglés Never Coming Back y Wonderland, Wonderland inauguraron la noche de manera expansiva. El primero, una canción con matices grunge de los años noventa sobre abandonar relaciones tóxicas, gozó profundamente de la batería dinámica de Héctor Mejía, seguida de un claro homenaje al stoner rock con un trasfondo metal. Los Kids se mueven fluidamente entre el español y el inglés, entre las sensibilidades estéticas de un mercado influido por la música estadounidense, pero también saben abordar su propio contexto sociopolítico con la misma intensidad y autenticidad. Puro Show emerge como un claro ejemplo de esta flexibilidad: aquí la banda cambia al español para ofrecer una protesta desenfadada y macabra ante los abusos de poder perpetrados por los políticos locales. Al igual que la canción que le sucede, Inmortan Joe, el trabajo en guitarra de Kike Cisneros sorprende en su inmediata alusión al rock progresivo, así como en la extraña gentileza con la que transicionan a una intensidad más calculada.

Un detalle importante: las letras de la banda son simples, ingenuas para el oído distraído, pero en su sencillez descansa una determinación imparable. Los locos que mueven el mundo no pierden el tiempo en discursos. Dicen lo que sienten y hacen lo que dicen.

Quiero más dio rienda suelta a esta intensidad en terreno fértil: la voz de Vic Interiano entrega lo mejor de su color a través de growls efectivos y controlados. Estos gritos apasionados, en conjunto con la técnica precisa en el bajo de Maru Castaneda, dieron un giro al ritmo de la noche y demandaron con éxito la atención de los presentes. Un perfecto preludio a una fusión inesperada.

Si El Salvador de Fox The Kid resulta neón, agresivamente optimista y vívido como una pelea en la acera, El Salvador de Oneime, artista hiphop curtido en su escena y en la vida del salvadoreño promedio, es lo que vive alrededor de él y lo aterriza: el humo de una trabazón, el concreto abrasivo, la violencia, la herida abierta de la injusticia. La euforia dosmilera de hace un momento se ve reemplazada por la meditación en movimiento del hiphop, el boombap, una ciudad dibujada en rimas afiladas, casi cinematográficas.

Oneime, productor ya establecido con sobrados méritos en la escena urbana local, da cuerpo a estos conceptos con samples inesperados, repletos de soul y algunas referencias también procedentes del contexto norteamericano, aunque medularmente traducibles a cualquier barrio latinoamericano en el cuidado de su selección. Con su colega Streak en la base como contrapeso, Oneime es una suerte de guía en esa ciudad ruda, indomable con Ni claras ni oscuras, iluminando sin juicio la otra cara de una realidad llena de cicatrices, pero de mirada desafiante, que muchos salvadoreños prefieren ignorar. Esa donde ningún sueño tiene garantía, donde la hostilidad existe en el día a día, pero los valientes se atreven a soñar igual. Sin embargo, En este infierno, la canción que le sigue, desnuda un poco el corazón del cronista de la calle, donde aceptar sus circunstancias no significa atravesarlas sin cicatrices. Parece preguntar, casi, si el rap conciencia no es solo una denuncia, sino una manera de guardar duelo.

¿Cómo reconciliar dos expresiones vitales tan dispares y en apariencia incompatibles? Ambos actos descubren a los espectadores una respuesta elemental: «En los sueños, en la emoción, en la furia, sonamos distintos, pero sangramos igual, como hermanos».

La coagulación de estos dos impulsos es, simplemente, formidable. A Escaparme, tema de Fox The Kid, que lidia a su manera punk rock con la asfixia de un espacio inflexible y estancado, el beat de Oneime le agrega textura y rudeza, para rematar detallando, sin pudor alguno, cada dolorosa razón para justificar la huida. Una jugada sin duda brillante al dar una salida muy nu metal a esta combinación.

En Perdí la fe, el rapero deja brillar a su lado cínico, desencantado ante la perversión de sus anhelos y valores frente a un sistema que lo abruma y agota como artista y persona. Pero aquí los Kids elevan a la fuerza de una réplica sísmica este lamento, que de contemplativo pasa a ser una ofensiva con filo, un profeta sin aliento apoyado en percusiones destructivas, acordes apocalípticos, brillantes, metálicos, devastadores. El público, completamente cautivado, afirmó con sus aplausos a la joya del repertorio.

Stoner Love y Following the Summer permiten a Fox The Kid brindar un momento más dulce y de respiro a las emociones de los espectadores entre el dreamgaze y el rock en español reminiscente de bandas como Soda Stereo. En ambas, Oneime se desliza hacia las bases rítmicas con comodidad familiar, como si su segmento siempre hubiese existido en la lógica de la banda. Vic Interiano demuestra que su rango acomoda sin problemas temas más melódicos y, así, hace de luminosa contraparte a las lúcidas rumiaciones del rapero invitado.

Otra agradable sorpresa es De momento solo sueño, donde la claustrofobia de un Oneime en eterno estado de vigilancia se rompe con estridencia por el descaro rockero y se vuelve un grito de batalla. Se convierte en un llamado a la unión con notas repletas de integridad ensordecedora, clausurado merecidamente con Necesito espacio, donde Fox The Kid se entrega de manera leve a la psicodelia estruendosa en una afirmación de la vida misma que se abre paso aún entre la incertidumbre.

El encuentro de dos artistas no solo implica la combinación de sus catálogos individuales: la música que de ellos nace está entrelazada con sus contextos particulares, sus realidades socioeconómicas, en la intersección de sus anhelos y el substrato de las dificultades que les ahogan.

Así, propiciar estos intercambios no solo se traduce en un testamento a la versatilidad de sus espectáculos, sino que brinda una lectura más rica y compleja del imaginario salvadoreño: un acercamiento sonoro a nuestra identidad, a todo nivel.

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