Gidora y CentroSur en A2Bandas: el lenguaje compartido de la furia y la denuncia

¿Han tenido la sensación de que no han asistido a un concierto, sino a una demolición? Bueno, eso fue lo que vivieron varias de las personas que estuvieron en cuarto A2Bandas 2025, el pasado 30 de mayo, en el Centro Cultural de España en El Salvador. Los anfitriones, Gidora, ofrecieron un sonido aplastante, mientras que la banda invitada, la salvadoreña-uruguaya CentroSur, lanzó letras afiladas.

A las 7:30 p. m. en punto, tres jóvenes músicos —con ropa bastante relajada— abrieron el espectáculo. Sin saludar, sin mirar al frente, comenzaron a tocar. Algo no terminaba de encajar y unos minutos después se aclaró el misterio: su bajista, Javier Valle (también miembro de Okupas), llegó tarde y se incorporó cerca de la tercera canción. En ese inicio, el guitarrista Juan Sánchez hizo las veces de bajista. A pesar de la actitud tímida, la música tenía presencia de sobra. Con solo la introducción, captaron la atención de propios y extraños, entre los que se encontraban varios y varias metaleras veteranas.

Para la quinta canción, todos los miembros de Gidora habían hecho suyo el escenario. El destacado vocalista, Juan Schonenber, saludó —finalmente— al público. En una especie de demostración de los múltiples matices del metal extremo y la estructura del progresivo, interpretaron temas brutales como Blow Me Away, Matter Tears y Toxic Waves. Lo de la batería merece apunte aparte, porque era algo para no creer: precisión y fuerza a partes iguales, a cargo de Daniel Melgar. Aunque desde el nombre, el logo y las temáticas se notaban las referencias a bandas como Gojira, la rabia era toda suya. Lo abrasivo en cada interpretación era su firma.

Como en un juego de contrastes, el grupo invitado estaba en las antípodas del estilo de Gidora. CentroSur se inscribe en la tradición de la canción latinoamericana. Pero entre ambas formaciones había una coincidencia menos evidente que la del ecologismo: la fascinación compartida por las estructuras alejadas del pop. Así, el contraste aparente escondía un diálogo interesante. Tras canciones con mensajes urgentes —como una dedicada a las niñas y los niños de Gaza—, el concierto desembocó en un clásico del metal universal y de particular relevancia para lo regional: Kaiowas, un cover de Sepultura, al que se sumó una poesía intempestiva.

Tania Molina, vocalista de CentroSur, ocupó cada espacio para fusionarse entre poesía y danza con Gidora. Lo mismo hicieron sus compañeros de banda: Enrique Blanchen en la guitarra, Víctor Canizález en el bajo y Jorge Menéndez con la flauta transversal.

Al clímax de la fusión le siguió el último y demoledor set de Gidora, donde incluso hubo espacio para el comentario social con canciones como Gentrification y su brutal sencillo Earth Garbage. El grupo tuvo que regresar dos veces al escenario a pedido de un público conquistado por su música.

La noche nos presentó a una de las bandas de metal extremo más interesantes de la escena salvadoreña actual, y nos recordó que la música tiene su propio lenguaje: uno capaz de convivir incluso en espacios donde las coincidencias no son obvias. Porque más allá del género, las canciones siguen importando para decir algo.

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