Habitación 406: revisitar el Covid a través de la escena

Por David J. Rocha Cortez

En distintos períodos de la historia del teatro occidental, la dramaturgia ha construido narraciones que constituyen representaciones simbólicas de las enfermedades. Estos textos, una vez puestos en escena, establecen una suerte de diálogo y consenso en la construcción de un imaginario social sobre la enfermedad y sus metáforas. A partir de ese hecho efímero que es la puesta en escena, las audiencias y los artistas establecen vínculos subjetivos que coadyuvan a la colectivización de las representaciones simbólicas.

El VI Festival de Teatro Hispanosalvadoreño inició sus jornadas de presentaciones, la noche del viernes 6 de octubre con la obra Habitación 406, texto de Helen Portillo, dramaturga joven salvadoreña, en la que se hurga en esa corriente donde la enfermedad es detonante y trasfondo de la historia. La obra fue producto del proceso de aprendizaje de Portillo en la escuela permanente de dramaturgia Didascalia. Espacio de formación centrado en el texto dramático que hoy empieza a rendir sus frutos sobre la escena. Es meritorio hacer este señalamiento, dado que estamos ante la emergencia de una generación de noveles dramaturgas y dramaturgos que sin duda aportarán al desarrollo del teatro salvadoreño.

Siguiendo la lectura desde el texto, la obra es una puesta en ficción de la historia de un padre y su hijo encerrados en una habitación de un albergue de Covid-19. Esta historia se detona a partir de mecanismos autorreferenciales que aluden a la experiencia de la escritora vivida durante la pandemia. Estamos ante un texto dramático en el que se desdoblan las posibilidades experienciales de la artista.

Si bien, estamos ante una dramaturgia de la enfermedad, la historia no se centra en el Covid sino que explora el universo de relaciones de quienes no padecen pero son sospechosos, y en ese ser y no ser las relaciones se van complicando. El padre y el hijo son sobrevivientes, su relación está permeada por el encierro y por el secreto que el padre guarda: la muerte de la madre.  Estructuralmente el secreto juega un papel fundamental dado que mantiene la tensión dramática y por tanto marca la relación de ambos personajes. Sin embargo, este mecanismo no se afianza totalmente en la obra ya que la audiencia lo descubre muy pronto. Esto hace que la tensión dramática y que la dosificación de la información, el desarrollo de los personajes y su vinculación se vaya diluyendo. 

La puesta en escena es una coproducción entre Asociación Cultural Irreal Teatro (El Salvador), Teatro Pa´Payaso (Colombia) y Teatro Tuyo (Cuba), ganadora de los fondos IBERESCENA y de la convocatoria CIRCULARTE del IPCC de Cartagena, Colombia. Las tres agrupaciones vinculadas en el montaje tienen una marcada estética del clown, este resulta un elemento fundamental al momento de observar las actuaciones de Yasser Ballestas y Jorge Mario Angulo que forman la dupla principal, el hijo y el padre respectivamente. Si bien, los actores no están en el registro del payaso algunas de las acciones realizadas sobre la escena son guiños al fascinante mundo del clown. Esto supone un riesgo del que no salen tan bien librados dado que el texto plantea una historia sumamente dramática. Las actuaciones dan un tono melodramático ya que los personajes se quedan en estados elementales de construcción. Estamos ante un trabajo actoral que tiene matices realistas, pero no termina de profundizar en el interior más bien se juega a mostrar que se es. Helen Portillo también participa como actriz y tiene un papel que incide puntualmente en la obra, es la enfermera que simboliza a todos los trabajadores del sistema de salud que se volcaron a la atención fatigante de la pandemia.

Algo que resulta interesante de la puesta en escena es el uso del tiempo y la escenografía constituida por imágenes virtuales proyectadas sobre una pantalla blanca. En principio, el tiempo es un elemento fundamental tanto en la estructura del texto como en la puesta en escena. Estamos ante una representación donde prima la situación y el tiempo va marcando los giros, los acentos, los puntos de inflexión que nos mantienen atentos durante casi una hora de espectáculo. Aunque, volviendo a la lectura anterior del texto, hay momentos en los que el tiempo resulta un hilo extrañamente débil dentro de la escenificación. No obstante, podemos ver cómo el paso de las horas se va convirtiendo casi en un personaje capaz de edificar o destruirlo todo. Por otro lado, las imágenes proyectadas en la pantalla van dialogando con cada escena que se desarrolla. Al final, somos sorprendidos cuando vemos un cementerio con lápidas sin nombres y aparece el hijo en un fast forward y nos cuenta el desenlace de la historia suscitada por el secreto: él ha ido a ese cementerio durante años a buscar a su madre de la cual no tiene certeza donde esté enterrada. Por supuesto, la madre es una víctima del Covid.

Habitación 406 es un espectáculo de estreno que necesita seguir fogueándose en las tablas. Sin duda, el crecimiento de un espectáculo está marcado por ese contacto con las audiencias, con el público, que es a quien se deben las y los artistas de teatro. Sin embargo, presenciamos el nacimiento de una nueva generación de escritores y escritoras teatrales que tiene sus propias inquietudes. Esta obra nos demuestra cómo la experiencia íntima y subjetiva del artista puede materializarse en el escenario; nos demuestra la posibilidad de producir conocimiento que parte de lo individual y se conecta con lo colectivo a partir las experiencias multiplicadas en aquellos que nos sentamos en las butacas, en aquellos y con aquellos que vivimos, en mayor o menor medida, los estragos de una enfermedad que hasta hoy sigue teniendo consecuencias. El teatro, una vez más, es ese espacio donde nos encontramos con las historias más desgarradoras e inquietantes que se convierten en metáforas sociales.

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