La cultura es un antídoto contra la indiferencia

Jorge Melguizo

“Nuestra crisis no es solo una crisis económica, es también y fundamentalmente una crisis política, una crisis ética y una crisis cultural”,

me dijo Josep Ramoneda, filósofo catalán, tomándonos una aguapanela con arepa de chócolo en una ramada de El Retiro, Antioquia, hace unos años, hablando sobre lo que había pasado en Europa a partir de 2008 con la caída de los mercados mundiales por la crisis de Lehman Brothers1. Y me lo explicó así: «es una crisis política, porque es la crisis de la democracia: a qué llamamos democracia en estos tiempos. Es una crisis ética, porque es la crisis de la inclusión: a quién incluye y a quién excluye nuestro modelo de desarrollo. Y es una crisis cultural, porque es la crisis de la indiferencia, y la indiferencia es un asunto de nuestra cultura”2.

Desde entonces, cada vez que me preguntan qué es la cultura respondo que es un antídoto contra la indiferencia. Los derechos culturales son antídotos contra las muchas indiferencias de nuestra sociedad. Asumo la cultura como lo que nos permite apreciar la propia vida y aprender a vivir con los otros. La cultura nos lleva a construir una nueva sociedad, otra sociedad, una sociedad en la que no predomine el “yo” sino el “nosotros”, y en la que las búsquedas no sean las mías para los míos, sino las búsquedas colectivas de un nosotros para los otros: la construcción colectiva de lo colectivo.  

En estos meses de confinamiento por la pandemia del COVID-19, he vivido 3 tipos de situaciones con relación a la cultura: 

  1. Los miedos profundos de las entidades culturales y de agrupaciones artísticas por la incertidumbre económica a la que este confinamiento los enfrentaba. 
  2. La participación en muchas conversaciones, en 10 países, sobre el papel de la cultura en estos tiempos, aunque casi siempre el titular de esas conversaciones se planteaba de una manera extraña: la cultura post COVID-19. 
  3. El encantamiento con cientos de proyectos y experiencias culturales en muchos rincones de Colombia y de Latinoamérica, que me han generado una enorme esperanza y optimismo. 

Los miedos profundos. 

Creo que los miedos de muchas organizaciones no tenían que ver solo con la incertidumbre económica, sino también con asumir que no habían contemplado, nunca, un plan b para sus proyectos y organizaciones.  Y darse cuenta, además, que no estaban preparados para nuevos escenarios. Pero, además, en el camino fui encontrando que esos nuevos escenarios exigían de las organizaciones culturales una profunda reflexión sobre de dónde venían y dónde estaban, y esto en muchos casos lo que generó fue la necesidad de replantearse buena parte de sus acciones hasta antes de la pandemia. 

Y un asunto clave en ese replanteamiento: para qué estaba sirviendo su proyecto cultural.  En ese para qué de la cultura, en lo sectorial y en lo territorial, pensé durante meses que estaba una de las claves del trabajo necesario con las organizaciones.  Pero hace pocos días, en conversación con mi hijo Pablo para un documental sobre cultura en Medellín (mi hijo es artista urbano y trabaja en los equipos de arte en cine)3, él dijo:

“no es suficiente preguntarnos hoy por el para qué de la cultura, pues la pandemia nos ha puesto a pensar especialmente en el para quién de la cultura: para quiénes estamos trabajando, a quiénes estamos logrando incluir en nuestros proyectos, quiénes tienen realmente acceso a la cultura”.

El papel de la cultura en estos tiempos: 

El papel de la cultura en estos tiempos de pandemia – que se extenderán posiblemente también a 2021 y 2022 – puede ser el de ayudar a entender y a comprender, el de generar elementos para pensarnos y para construirnos, como personas, como colectivos, como sociedad.  

Los proyectos culturales y artísticos, además de ser parte de las cotidianidades más presentes en estos días, pueden ayudarnos a construir la memoria de estos momentos tan extraños: en qué pensamos, qué hacemos, qué ha cambiado en nuestras relaciones y en nosotros mismos.  

Hace unos días me preguntaban desde una biblioteca pública, en Sabaneta, un pequeño municipio de Antioquia, cuál creía que debía ser el papel de las bibliotecas: refugio y espacio de conversación, de encuentro, lugar de escucha, les respondí. Pienso que la cultura tiene esas posibilidades, la de constituirse también en un “lugar”, en un “espacio”, no necesariamente físico, en el que sea posible construir diálogos sobre lo que somos y, fundamentalmente, sobre lo que debemos y podemos ser.  Pero también se convierten, las bibliotecas, los museos, los centros culturales, en espacios de terapia, en lugares para que afloren nuestras ansiedades y nuestras angustias y nuestros miedos. En lugares para construir, a partir de nuestras incertidumbres, nuevas dimensiones humanas y sociales. 

Y cierro: el encantamiento.

Suena extraño, pero las muchas conversaciones desde marzo de 2020 sobre cultura en muchas ciudades de 10 países de Latinoamérica, todas por medios digitales, me han generado optimismo y una gran esperanza.  

Primero, por esa dimensión de repensarse que están asumiendo los proyectos y entidades culturales: han aprovechado estos encierros, estas incertidumbres, estas soledades compartidas, para preguntarse, para cuestionarse, para planearse, para analizarse críticamente, para conversar con otros proyectos, para establecer nuevas relaciones, para construirse internamente. Para aprender otras habilidades, para innovar (innovar, en la acepción de cambiar de paradigmas). 

Segundo, porque en ese repensarse han emergido asuntos nodales del trabajo cultural que hoy son necesarios y antes no eran tan evidentes: la relación de los proyectos culturales y artísticos con la educación formal y con la salud, especialmente con la salud mental, y la tarea enorme que tiene la cultura en la construcción de cohesión social y de equidad. Pienso que la pandemia ha servido mucho para avanzar en esa necesaria tarea que impulsan la Agenda 21 de Cultura5 y UNESCO de lograr que la cultura sea asumida por los gobiernos locales y nacionales como uno de los cuatro pilares del desarrollo, en línea con el desarrollo social, ambiental y económico. 

Y tercero: el encantamiento me viene de haberme llenado de historias fantásticas de proyectos en muchos rincones de Colombia y de Latinoamérica. Gracias al Ministerio de Cultura de Colombia y a la Universidad Jorge Tadeo Lozano tuve la oportunidad de ser profesor de un Diplomado en gestión cultural, que tuvo como participantes a 600 gestores de las 12 subregiones colombianas: esas clases fueron conversaciones alegres, entusiastas, llenas de historias, de sueños, de compromisos, llenas de territorios que no se nombran o que solo nombrábamos por ser escenario de nuestras violencias; conversaciones llenas de realizaciones que no conocemos y que, por no conocerlas, no valoramos ni potenciamos. Cada día, después de las clases de 4 horas digitales, en muchos casos con malas conexiones, terminaba con el corazón y con el cuerpo revitalizados: convencido aún más del enorme desafío de construirnos como sociedad, convencido aún más de que la cultura es una de las esencias de esa nueva sociedad y convencido de que detrás de cada historia, de cada alumno y alumna, lo que existe es una verdadera y bellísima epopeya, que merece ser narrada, que merece ser conocida, que merece ser fomentada.

La cultura es esperanza.  Y, en tiempos de COVID-19, la cultura es una gran esperanza.   

Este texto forma parte de la mesa LOS CUIDADOS. EL ARTE Y LA CULTURA COMO ANTÍDOTO/VACUNA CONTRA EL VIRUS realizada el viernes 23 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

1. Busquen en Wikipedia sobre el caso Lehman Brothers, empresa que quebró en septiembre de 2008 y generó una enorme crisis en los mercados mundiales.

2. Pueden buscar el libro Contra la indiferencia, de Josep Ramoneda, publicado en 2010 por Galaxia Gutenberg.

3. Pueden buscar Pablo Melguizo, o Colectivo Choneto en Medellín, o revista La Ración, en redes sociales.

4. Ver en Agenda 21 de Cultura, Cultura 21 Acciones y Cultura como 4º pilar del desarrollo.

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