En algún jardín de la tierra: ... Antes de morir la mariposa hace un último vuelo para dejar los huevos al cuidado y la confianza de la madre Tierra. El sol les da calor y, después de un tiempo, algunos huevos logran eclosionar y las orugas emergen a la aventura de la vida. La oruga se pasa un buen tiempo de su corta existencia comiendo materia orgánica para luego organizar y entregarse a la parte más difícil de su transformación: la crisálida. Una especie de muerte/sueño envuelve a la oruga licuándola y reorganizándola en una nueva forma que le permitirá alzar el vuelo con coloridas y sutiles alas para poder posarse sobre las flores de la tierra y, así, confundirse en la belleza de las formas...
El ser humano, durante su vida en la Tierra, atraviesa transformaciones que le permiten cambiar de lugar, forma…. Es, pues, un tesoro preciado la capacidad de metamorfosearse, una capacidad que nos corresponde asumir y, sobre todo, aprovechar.
La vivencia de la salud desde la mirada holística es, a mi parecer, como este hermoso y sorprendente proceso de la metamorfosis. Nuestro ser ―que es cuerpo físico, alma y espíritu― está en procesos constantes, a veces floreciendo, otras veces licuándonos en alguien nuevo o tomando nuevos hábitos de vida o, quizá, viviendo en un círculo vicioso que nos arroja como resultado algún padecimiento crónico que parece no tener fin.
La oruga se nutre para poder tejer la envoltura de su cambio. De la consciencia para elegir alimentos sanos que nos nutran depende gran parte de nuestra salud. La otra gran parte ―igual de importante― son las acciones que no solo están dirigidas a la alimentación material, sino a todo lo que nuestros huecos de nutrición perciben, como las imágenes, los sonidos, los olores, el ConTacto.
Todos estos sentidos nos nutren, fortalecen nuestras capacidades de transformación, alimentan nuestra parte anímica: cuando percibes una rosa de olores sutiles, la sensación la llevas hacia dentro de ti y la preservas para siempre como algo hermoso; la belleza simple te anima, no te satura. No es lo mismo un oído abarrotado de sonidos fuertes durante todo el día que un oído que puede tener espacios de silencio o que percibe sonidos de la naturaleza. Ojos que pasan más de la mitad del día frente a estímulos electrónicos o, por el contrario, ojos que pueden darse la nutrición de ver lejos en el paisaje o muy cerca para percibir una mariquita en una pequeña hoja. Las caricias y las palabras amorosas sostienen la salud anímica y, por tanto, física del ser humano.
Seguramente, una oruga que trata de comer materia orgánica rociada de pesticidas tendrá pocas posibilidades de convertirse en mariposa. Tales sustancias son altamente venenosas para algunos insectos y la mayoría de las plagas que el pesticida pretende destruir mutan con el tiempo a algo mucho más fuerte, lo que hace continuar el desequilibrio del ecosistema. No es para nada lo mismo llevarnos alimentos cultivados por campesinos conscientes, que nutren su tierra con abonos orgánicos y procuran el equilibrio del ecosistema, que una comida que nos llega de un monocultivo rociado con pesticidas, refinado y empaquetado para ser vendido en los anaqueles de un supermercado. No es para nada lo mismo. La nutrición material y anímica debe estar sustentada en la vida, en el respeto hacia todo lo que nos rodea, en la integración de las diversas formas, la contemplación y el esfuerzo por preservar el equilibrio de nuestra gran casa terrestre y nuestra tierra más inmediata, nuestro propio cuerpo.
La salud del ser es holística. Tenemos que atender constantemente todos nuestros cuerpos, lo material y lo sutil, e intentar develar en ese transcurso nuestra misión: el regalo que cada uno de nosotros tenemos para dar a la tierra, nuestro propio abono. La salud es un arte. No imaginemos el concepto salud como una noción plana o lineal, ya que es todo lo contrario. La salud constituye ese lugar que está en constante movimiento: atravesamos procesos que nos tocan hondo y nos desequilibran por un rato, pero también se convierten en momentos de crecimiento profundo, pues si somos como la oruga que teje su propia casa de reconstrucción, podemos hacer uso de herramientas de todo tipo para renacer y retomar el sendero. Sin embargo, el sendero solo podemos retomarlo si los hilos de nuestra crisálida se han tejido bajo la consciencia del momento. Un proceso mitigado y adormecido por el exceso de fármacos y una nutrición deficiente merma las posibilidades de floreSer y nos lleva a adentrarnos en el círculo sin fin de la enfermedad.
El desequilibrio no es una enfermedad, sino una oportunidad de crecer, de parar, de revisar nuestra vida, de respirar en consciencia, de reunir las partes segmentadas y volvernos a construir. Algo así como caerse y levantarse cuando eres un niño. Si levantas constantemente al niño y no dejas que experimente la vida, nunca podrá encontrar el límite ni relacionarse con el dolor de manera sana. «Crecer duele». Con esto no quiero decir que debamos estar sintiendo dolor toda la vida o estar sumergidos en constantes padecimientos para poder alcanzar un nuevo estado. Solo sé que a mis 45 años y en mi experiencia como terapeuta, maestra y guía de la salud holística, las personas que se atreven a vivenciar desde el amor, la suavidad, las plantas medicinales de la tierra y la pausa y que se rodean de una adecuada nutrición son personas que cada vez tienen menos padecimientos crónicos o enfermedades graves, son personas que pueden hacerse cargo de su propia salud sin desfalcar su cartera. La industria farmacéutica es millonaria. Casi nunca he escuchado a un médico alópata, después de dar un diagnóstico de hipertensión, alergias, colesterol, cáncer…, hablar sobre cambios profundos en la alimentación, preguntar sobre qué tristezas nos inundan o mencionar los pesticidas en la comida, las harinas refinadas, los azúcares, los conservantes y los colorantes artificiales. Son pocos los médicos que logran integrar la complejidad de una vida humana en un diagnóstico; los que lo hacen merecen todo mi respeto y agradecimiento.
Me gustaría aclarar que no estoy en contra de la ciencia; al contrario, sabemos que puede salvar vidas en circunstancias especiales.
La ciencia materialista desafortunadamente ha puesto sobre la mesa el concepto frío de la vida sin espíritu ni alma, para dejar solo e inanimado el cuerpo físico, como una entidad resultado de un accidente de la naturaleza, un cuerpo físico sin alma, sin aliento sagrado de vida (esencia/espíritu). La ciencia materialista nos quiere alejar de nuestra esencia original y colocar al ser humano en un lugar FRÍO. El mismo concepto se tiene para la Tierra, un lugar material donde tiene lugar la vida, alejada de cualquier concepto espiritual. Estas gélidas concepciones son las que permiten que grandes maquinarias penetren en las entrañas de la Tierra o que grandes cantidades de pesticidas sean rociados en enormes monocultivos, para alimentar a los habitantes de la misma Tierra.
No debemos entregar nuestra enorme capacidad para asumir nuestras preciosas crisis curativas: «el regalo de la transformación de la naturaleza». No debe la industria alimenticia/farmacéutica poner en nuestra mesa comida sin vida y venderla como nutritiva. En todo caso puede hacerlo, porque cuenta con un aparato enorme, pero nosotros podemos decidir qué llevar a nuestra boca, buscar productores conscientes y promover su alimento. Si tienes un pedacito de jardín, puedes empezar una mini huerta, recordar algún remedio de la abuela o de la nana; también podemos reencontrarnos con las tradiciones yerbales de nuestro país, escuchar a los abuelos que aún son cuidadores de los conocimientos de la medicina tradicional… Existen muchísimas técnicas de sanación que nada tienen que ver con el dinero o la toma inconsciente de medicinas. Fortalecer nuestros procesos anímicos que nos permitirán ser cada día más conscientes de quienes somos. Conocernos en profundidad.
También debes saber que hay charlatanes en el ámbito de lo holístico; las personas están tan necesitadas de cambios y hartas del círculo vicioso que muchos quieren aprovecharse de esta urgente necesidad.
Todo lo que está vivo se mueve, llora, hace erupción, moquea, suda, es caliente y a veces frío… todo lo que le pasa a la Tierra nos pasa a nosotros. Así, por ejemplo, de la salud de las aguas dependen numerosos procesos de nuestros cuerpos y tantas y tantas relaciones más. Este escrito es un intento de invitación amorosa a tomar la salud en nuestras manos. Nunca habíamos estado tan llenos de posibilidades para hacerlo, tenemos el regalo de la consciencia que hemos conquistado y que nos permite investigar, tomar decisiones, intuir. Para mí es un regalo poder enfrentar con compasión y amor mis propios procesos de salud, no he de negar que el miedo y la confusión a veces me rodean, pero ¿a quién no? Y cuando logro hablar sobre él, manifestar y compartir mi fragilidad, avanzo un poco más en la práctica del arte de la salud. Nunca soy tan humana como cuando estoy en crisis. Y cuando logro atravesar y salir de la crisálida, siento cómo el aire ligero me impulsa las nuevas alas y soy capaz de abonar todo lo que me rodea.
... Y cada vez que la mariposa vuela por los aires, los niños piensan que son flores a las cuales les han salido alas para llevar sus preciados olores al cielo...