Narrar la memoria es cultural

Paula Álvarez

En 2020 hemos entrado en la llamada “Década de la Acción” de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) con deberes que no hemos concluido en los cinco primeros años desde que en 2015 se aprobó La Agenda 2030. Las tareas del primer quinquenio fueron destinadas a terminar de organizar la arquitectura de este gran pacto político mundial: consensuar instrumentos comunes para la planificación de políticas públicas globales y locales orientadas a lograr la sostenibilidad económica, social y ambiental. Deberíamos haber terminado, entre otros, los instrumentos para evaluar bajo estándares de calidad y comparabilidad los avances (y los retrocesos) de los impactos conseguidos, pero eso no sucedió.

“Los pendientes” de esta política global de Desarrollo Sostenible en relación a la cultura y a la memoria histórica, están vinculados a su insuficiente peso en el documento, debido al carácter métrico, material y futurista de la Agenda, claramente en contraposición al sustancial carácter intangible de la cultura y revisionista de la memoria. A la primera se la nombra, a la segunda ni eso, aunque ambas deambulan en el Principio Personas de la agenda. A la primera no se la priorizó por su intangibilidad y a la segunda se la olvidó ¡qué paradoja!

Paula Álvarez

Cultura y Memoria ya malvivían antes -situadas en los márgenes del poder- y se encontraban en pandemia antes de ‘La Pandemia’. Esto, a pesar, en un primer momento, de la fuerte labor de incidencia política que realizaron -antes de su aprobación- los gobiernos locales de las ciudades y las y los profesionales de la cultura para hacer comprender en base a evidencia y a relato, que la cultura debería ser un quinto principio de la Agenda, o un objetivo específico. En un segundo momento, las redes de cultura y ODS, una vez aprobada, trataron de subsanar los deberes sin hacer de UNESCO.

No ha sido hasta 2020 que la Organización para la Cultura y la Ciencia de Naciones Unidas ha publicado un manual de indicadores de cultura y sostenibilidad. Los Indicadores de Cultura 2030 permiten evaluar los impactos de las políticas culturales tanto en los ámbitos urbanos como en los estatales. Por primera vez, relacionan sistemáticamente la dimensión social, económica y medioambiental de la cultura con cada uno de los Objetivos y las Metas de Desarrollo Sostenible.  De este modo, se posibilita analizar y medir la contribución de la cultura en el fin de la pobreza, el hambre, la garantía de la salud y la educación universal, la equidad de género, el freno al cambio climático, la paz y justicia social o en el cambio hacia otro modelo productivo. Hasta ahora, solo podíamos medir el impacto de la cultura específicamente desde una dimensión económica (no social ni ambiental) en la meta 11.4 Redoblar los esfuerzos para proteger el patrimonio cultural y natural.del Objetivo 11: El Desarrollo Sostenible de las ciudades. La forma de cuantificar el impacto se basaba en el aumento de la inversión pública y privada en la protección y dinamización del Patrimonio, siendo este un indicador de resultado, mas no de impacto: no medía los efectos de la gestión de la financiación en patrimonio en la calidad de la vida del planeta y de las personas.

Y ahora que por fin disponemos de un marco de indicadores consensuados sobre Cultura y Desarrollo Sostenible, llega ‘La Pandemia’. Si la cultura, la memoria y los derechos humanos hubieran estado contundentemente presentes en la matriz (también económica) no de la Agenda 2030, sino de los Objetivos del Milenio, es decir, hace 20 años, y si las medidas paliativas que la ONU ha dispuesto ahora para evitar el fin de la cultura hubieran sido medidas transformadoras integradas en la política global de desarrollo sostenible, si hubiéramos hecho los deberes y los indicadores culturales hasta ahora no hubieran sido de resultado económico sino de impacto en la multidimensionalidad de las personas,  las consecuencias del coronavirus en el sector de la cultura y de los gestores/as de la memoria, y me atrevo a decir, en la Humanidad, hubieran sido menos dramáticas. Se hubieran dejado a menos personas atrás si la Agenda 2030 en su estructura y arquitectura hubiera sido diseñada como indica su lema “poniendo a las personas en el centro de las políticas».

Lo que no ha podido la pandemia es detener las intrínsecas necesidades humanas de expresar, crear y producir símbolos para entender nuestro presente, y de registrar en archivos, memorializar y difundir las diversas vivencias de las colectividades diversas como estrategia para preservar la vida para las generaciones futuras, .con la esperanza de la no repetición.

Paula Álvarez

Los archivos de las memorias de la pandemia que han gestionado Santiago Consalvi desde El Salvador y Sebastián Valenzuela Valdivia desde Chile, tienen en común haber sido nutridos de forma participativa por la gente y haber sido diseñados e impulsados por personas pertenecientes a la sociedad civil, no por el Estado. Los contenidos creados y cedidos por las personas, son una buena muestra de que el hacer memoria y transmitirla generacionalmente es algo humano que está en nuestro ADN, en nuestra memoria genéticas. Narrar la memoria, es cultural.

En el debate, el director del MUPI y del proyecto De la Pandemia a la esperanza, insistió en que en la gestión de la pandemia debemos llevar a la práctica los aprendizajes de la gestión de la memoria del conflicto armado salvadoreño. El padre Tojeira, en la primera edición del Seminario Intersecciones, nos hablaba de esos aprendizajes. Decía que debemos preservar el patrimonio cultural de las víctimas de la guerra civil en El Salvador, es decir, sus valores identitarios: la búsqueda comunitaria de la verdad, la justicia y la reparación y que éstos sean los principios de la política cultural salvadoreña.

Quizá este legado del pensamiento salvadoreño en torno a cultura, desarrollo y memoria, puesto en acción sea la fórmula adecuada para que lo archivado durante el coronavirus, no sea evaluado en términos cuantitativos, como la Agenda 2030 (cantidad económica invertida en la memoria), sino en términos cualitativos. En la medida en que las interpretaciones y la visibilidad de los archivos de la memoria de la pandemia sean utilizadas en el futuro para conocer la verdad de lo que ha sucedido, hacer justicia a las víctimas privadas de sus derechos fundamentales, y reparar el dolor de las víctimas y sus familias, el impacto de estas acciones de archivo, recaerá en la mejora de la calidad de vida de todos y todas, poniendo de forma real, esta vez sí, a las personas en el centro. Valenzuela reflexionaba sobre algo similar: no poner estos archivos al servicio del neoliberalismo y del supremacismo racial y heteronormativo; ni configurarlos desde una finalidad acumulativa de sobreproducción cultural de información, sino activarlos para generar conciencia de la necesidad de un cambio en el modelo de producción actual hacia otro basado en la sostenibilidad, tal y como propone, sobre el papel, la Agenda 2030, y aumentar la visibilidad frente a esta cultura hegemónica,  de los y las protagonistas, como los jóvenes chilenos a los que el coronavirus pareció silenciar sus luchas durante el confinamiento, que ya han hecho real este cambio.

El texto forma parte de la mesa LA CULTURA COMO REGISTRO DE LA HISTORIA. ¿QUIÉN CUENTA LA PANDEMIA? realizada el martes 20 de octubre en el marco del seminario Intersecciones Vol. 2. Repensar desde El Salvador las relaciones entre cultura y desarrollo en tiempos de pandemia.

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