Sobre el escenario cuelga una cortina de hilos que cae desde lo alto como una lluvia suspendida. Sobre ellos, se proyecta una carta mientras se escucha el sonido de una máquina de escribir. Ese primer golpe visual y sonoro marca el pulso de Ni un día más (Las sirgueras), una creación de la compañía vasca Utopian que tuvo su estreno mundial el 18 de octubre en el VII Festival de Teatro Hispanosalvadoreño del Centro Cultural de España en El Salvador. Desde el inicio se anuncia un lenguaje escénico que entrelaza la palabra, la imagen y la Historia. Lo que veremos no es solo una historia del pasado, sino la reconstrucción de una herida colectiva que sigue abierta.
La obra nos transporta a 1879, año en que un grupo de mujeres trabajaba arrastrando embarcaciones en los muelles de Bilbao. Se las conocía como sirgueras y eran parte de las clases más pobres de la sociedad industrial del norte de España. Desde la primera escena, una de ellas cae al agua mientras el capataz ordena continuar la faena. Las compañeras quieren ayudarla, pero la voz autoritaria del hombre las obliga a seguir tirando. El conflicto está planteado desde ese instante. Lo que se despliega a partir de allí es una narración lineal que sigue el recorrido de esas mujeres, sus enfrentamientos con la autoridad y la lucha que emprendieron para exigir condiciones de trabajo justas.
La estructura del relato se apoya en los recursos del drama histórico, pero también toma elementos del teatro agitprop, teatro que busca generar reflexión y conciencia en el espectador. Utopian recupera un episodio olvidado de la historia obrera y lo pone en escena con la intención de hacer visible una forma de resistencia femenina. Las sirgueras no aparecen como heroínas individuales, sino como un cuerpo colectivo que se mueve entre la fatiga y la dignidad. Cada gesto encarna la persistencia de quienes, a fuerza de trabajo, sostuvieron el mundo sin recibir reconocimiento.
El diseño visual es uno de los ejes más potentes del montaje. La cortina de hilos que ocupa todo el escenario funciona como un velo que filtra la mirada y multiplica las lecturas. A veces, representa el río donde trabajan las mujeres; otras veces, su prisión o el límite que las separa del mundo que las explota. Ese juego con lo público y lo privado, con el adentro y el afuera crea un juego de visualidades cargado de sentido. La iluminación transforma ese tejido en una superficie viva. Los tonos verdes anuncian esperanza, los azules evocan la memoria y los blancos señalan la posibilidad de un nuevo comienzo. La dirección escénica utiliza los materiales con precisión poética, sin sobrecargar la imagen ni distraer del conflicto principal.
En varios momentos las intérpretes ―Haizea Baiges, Arrate Nuñez, Arantxa Iurre― cruzan la cortina, desaparecen y vuelven a emerger entre los hilos. Cada tránsito simboliza el paso del anonimato a la presencia de los personajes. El telón no es un mero recurso estético, es un dispositivo de sentido que materializa la invisibilidad histórica de las mujeres trabajadoras. Los cuerpos que atraviesan ese límite reclaman un lugar en la mirada del público. La escena se vuelve así un acto de reparación.
El lenguaje corporal resulta esencial. Las actrices se inclinan hacia adelante, sujetan una cuerda gruesa que rodea sus espaldas y avanzan con esfuerzo. En esa acción repetida se condensa toda la memoria de la obra. Las sirgueras tiran del peso de la barca y, al mismo tiempo, de la historia que las hunde. El público percibe el esfuerzo físico, la respiración, la tensión muscular. La escena no necesita palabras para comunicar el sentido de la opresión. Basta el cuerpo. Es en ese instante cuando el teatro deja de representar y se convierte en acontecimiento.
La narración continúa con el avance de la lucha. Vemos cómo las sirgueras se organizan, cómo enfrentan al capataz, cómo desafían el orden impuesto por los hombres. El montaje acompaña ese proceso con una cuidadosa alternancia de tonos. La música y las proyecciones introducen el contexto histórico, mientras los diálogos mantienen la cercanía emocional. Las escenas se suceden con un ritmo que equilibra el conflicto político y la intimidad de las mujeres que lo protagonizan. La historia llega a su desenlace cuando la lucha colectiva consigue que se reconozcan sus derechos. Ese triunfo, que no es total ni definitivo, se vive en escena como una victoria simbólica.
El uso de la máquina de escribir reaparece en distintos momentos. No solo como referencia a la época, sino como símbolo del relato histórico que ha sido escrito por otros. Cada tecla golpeada por un hombre que registra los hechos recuerda que las mujeres no siempre tuvieron voz para contar su propia historia. Sin embargo, en el montaje de Utopian son ellas quienes reescriben. El pasado se reescribe desde el presente.
El final de la obra introduce un gesto contundente. En la proyección aparece una carta dirigida a la dramaturga y actriz Arantxa Iurre, impulsora del proyecto. La misiva, escrita por un hombre, sugiere que cambie la obra, que la modifique para hacerla más «correcta». El tono es paternalista y condescendiente. Pero en lugar de ocultarla, la compañía decide mostrarla en escena. La obra termina con ese documento convertido en acto de denuncia. El pasado de las sirgueras se enlaza con las resistencias actuales de las mujeres que hacen teatro y que siguen enfrentando estructuras machistas. El gesto final transforma el espectáculo en una experiencia que atraviesa tiempos y geografías. Lo que comenzó como reconstrucción histórica se convierte en un espejo contemporáneo. El público del auditorio del Centro Español, donde se vio la obra el 18 de octubre, recibe la imagen con un silencio denso, un silencio de escucha y de reflexión. Los aplausos no se hacen esperar.
Ni un día más (Las sirgueras) es una obra que no busca solo recordar, sino comprender la continuidad de las violencias. La cuerda que las actrices arrastran no pertenece a un solo siglo. Representa la carga que aún se lleva sobre los hombros. Sin embargo, también constituye un hilo que une, que traza comunidad, que resiste. Cada nudo es una historia y cada tramo de cuerda, una posibilidad de encuentro. En su estreno mundial dentro del VII Festival de Teatro Hispanosalvadoreño, la propuesta de Utopian reveló que la Historia, anclada a lo íntimo, puede devenir también una forma de futuro. Las sirgueras tiraron de sus cuerdas una vez más, pero esta vez no para arrastrar una barca, sino para mover la conciencia de quienes las miran.