Omar Renderos: transformar la nostalgia en permanencia

En el escenario, un fondo cubierto de hojas secas de almendro dibuja la imagen de un otoño que no pasa. Las hojas, suspendidas sobre la pared del fondo, parecen haberse quedado allí después de una ráfaga de viento, como si fueran la memoria misma intentando no caer del todo. La luz sepia lo envuelve todo en un tono añejado, cálido y melancólico. En el centro, una estructura semejante a una puerta o un vitral marca el umbral entre el presente y la evocación. Un tocadiscos comienza a sonar con la voz de Alberto Beltrán y, de inmediato, algo en nosotros se desplaza hacia otro tiempo. Ese instante basta para comprender que Más allá de la nostalgia, producida con el apoyo del  VII Festival de Teatro Hispanosalvadoreño, es un viaje hacia la memoria afectiva, hacia ese territorio donde los recuerdos se entrelazan con los ecos de la infancia y el teatro se vuelve una forma de sobrevivir al paso del tiempo. Pudimos ver esta obra las noches del 22, 23 y 24 de octubre en el Centro Cultural de España en El Salvador.

Omar Renderos ―quien firma la dramaturgia, la dirección y la actuación― entra en silencio. No interpreta, redescubre. Su andar inicial tiene la delicadeza de quien pisa una casa antigua donde cada objeto puede despertar una historia. Todo lo que vemos, desde las hojas secas hasta la música, funciona como una topografía de la memoria. Esa casa de la infancia que el actor reencuentra no conforma un espacio físico, sino una zona emocional donde se anclan las raíces del teatro, la familia, el oficio y la vida misma.

La escenografía diseñada y realizada por Óscar Alfaro se convierte en un paisaje del alma. Su economía de recursos no empobrece la visualidad, la vuelve simbólica. El almendro que se insinúa en las hojas del fondo es el árbol de la infancia diseminado, el abrazo de la abuela, el patio donde el tiempo se detenía. Todo está dispuesto para que la nostalgia se torne un lenguaje escénico. La iluminación de Emilio Merlo y Edwin Villanueva envuelve las escenas en una atmósfera de recuerdo. El sepia no solo define una época, también revela la pátina de la memoria, ese velo que transforma lo vivido en relato.

La obra tiene la textura del tiempo y el ritmo del recuerdo. Se sostiene en la autobiografía, pero no en el sentido literal de la confesión. En el teatro autobiográfico, el yo se fragmenta y se multiplica. Al comienzo, la historia parece anclarse en la casa de la infancia, en los ecos familiares que el actor reencuentra al abrir la puerta del recuerdo. Todo indica que ese será el territorio de la narración, el regreso al hogar perdido. Sin embargo, conforme avanza la obra, ese espacio se diluye y el relato cambia de eje. Lo que parecía una historia familiar se convierte en una evocación de los personajes que han habitado al actor, en un tránsito entre los recuerdos personales y las máscaras del oficio. Al final, ya no estamos en la casa, sino en el teatro, en el presente, en la escena donde la memoria se hace acto.

Ese desplazamiento, aunque potente en su intención, podría precisar mejor sus códigos narrativos para mantener el hilo emocional y simbólico que se construye al inicio. El tránsito de lo íntimo a lo escénico funciona como un gesto de apertura, aunque corre el riesgo de dejar inconclusa la promesa inicial del regreso al origen.

La escena se convierte en un lugar donde la biografía se transforma en ficción y la ficción devuelve la posibilidad de entender quién se es. El yo se desplaza, se enmascara, se revela a través de las voces que ha interpretado a lo largo de 30 años. Lo íntimo se vuelve colectivo, porque lo que está en juego va más allá de su historia: abarca la manera en que todos elaboramos la memoria.

El tránsito entre personajes revela su versatilidad actoral. Renderos pasa, con fluidez admirable, del padre a la abuela, de Santa Ana a La Celestina (personaje interpretado hace más de 25 años), de Santa Claus (personaje icónico) a Cristal (su alter ego travesti). Cada transición está sostenida por un gesto preciso, una modulación de voz, una corporalidad diferenciada. La dirección coreográfica de Eunice Payés aporta un ritmo interno que permite que la escena respire. Las entradas y salidas de los personajes no dependen solamente de un cambio visible de vestuario, sino de la energía que el actor canaliza en cada transformación. Esa capacidad de moverse entre registros tan distintos demuestra una madurez interpretativa que no necesita artificios para conmover.

El diseño de vestuario, de Juan Carlos Hernández, acompaña estos desplazamientos con sutileza. No hay cambios ostentosos, sino elementos que se transforman ante la mirada del espectador. Cada prenda parece contener la huella de los personajes que han pasado por ella. La musicalización en vivo de Pablo Jafet amplifica la emoción sin caer en la nostalgia fácil. El sonido del tocadiscos, los boleros y las melodías antiguas no son simples acompañamientos, forman parte del tejido sensorial que sostiene el relato.

Más allá de la nostalgia rompe la cuarta pared. Renderos no se esconde detrás de sus personajes, se dirige a nosotros con franqueza, nos interpela, nos invita a ser parte de esa conversación íntima entre su pasado y su presente. La obra se construye sobre la cercanía, sobre la posibilidad de compartir el recuerdo. Por momentos, el público se convierte en cómplice y espejo. En esa relación directa está una de las mayores potencias del espectáculo. El teatro autobiográfico solo puede existir cuando hay un otro que escucha, que recibe. Renderos entiende eso y lo pone en práctica con maestría.

El trabajo de Renderos resulta profundamente emocional, pero también riguroso. Se percibe la disciplina del actor que ha construido una trayectoria a fuerza de oficio, sin abandonar nunca la sensibilidad. En esta obra, se desnuda metafóricamente frente al público. No hay artificio ni distancia, solo una honestidad escénica que conmueve. La nostalgia no se presenta como un refugio, sino como un lugar de tránsito, un puente entre lo vivido y lo que aún queda por decir. Las transiciones entre escenas fluyen con naturalidad. El ritmo se mantiene casi todo el tiempo, aunque hacia el final, en la secuencia de Cristal, los chistes se suceden con tanta rapidez que el tiempo de reacción del público se pierde. Allí la comedia necesitaría algunas pausas que permitieran al espectador respirar. El humor, como la memoria, necesita espacio. Por lo demás, el montaje se sostiene con solidez y demuestra un dominio técnico admirable.

Más allá de la nostalgia constituye, en esencia, un acto de amor hacia el teatro y la vida. Se trata también de una reflexión sobre el paso del tiempo y la permanencia del arte. Renderos logra que la memoria personal se transforme en un espejo colectivo. Cada hoja de almendro que cuelga del fondo parece recordarnos que también nosotros cargamos con nuestros otoños, con esos fragmentos de vida que seguimos buscando entre lo que fuimos y lo que aún somos.

El espectáculo deja una sensación de calidez, de retorno, de gratitud. Al final, entendemos que la nostalgia no es solo mirar atrás, es también una forma de reconocernos en lo que perdura. Renderos nos regala un teatro donde la emoción no excluye la técnica, donde la vida y la escena se entrelazan hasta volverse indistinguibles. Y en ese gesto, tan íntimo como universal, el actor nos recuerda que el arte, hecho con altura técnica y profunda pasión, permanece en el tiempo más allá de cualquier velo de nostalgia.

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