Pastel de mango o los derrumbes del cuerpo

Por David J. Rocha Cortez

Inicia el espectáculo y en el fondo del escenario, en penumbras, vemos cuatro cuerpos masculinos semidesnudos. Tomados de las manos, se empiezan a mover hacia el proscenio en un hiperlento. Dos toman la delantera. Atraviesan el espacio escénico pasando por rastros o trozos de una casa: una puerta, una escalera, elementos de madera. Los cuerpos de los actores se presentifican sobre el escenario y paulatinamente vemos cómo se van transformando en los personajes. Llegan al lugar donde está el vestuario tirado en el suelo. Empiezan a vestirse como los otros de la ficción y encarnan a los cuatro hombres de una familia: abuelo, padre, hijo mayor e hijo menor. En esta primera escena de la obra Pastel de mango o tu nombre derrumbado, dirigida y escrita por Mauricio Nieto, se nos devela el artificio teatral desde el cuerpo de los intérpretes.

La propuesta de la dirección nos coloca ante una escenificación que pone el acento en el cuerpo de los actores y en la construcción de imágenes poéticas a través de algunos elementos escenográficos. No estamos ante un montaje logocéntrico, rara avis en el teatro salvadoreño. Tampoco la historia se nos cuenta de forma lineal, más bien se recurre al fragmento como estrategia narrativa. Y esto produce que haya una pluralidad, una ruptura y sobre todo permite la multiplicación de los puntos de vista. La fábula de la obra no se puede reconstruir de forma lineal y cronológica, sino que se van produciendo situaciones (muchas de ellas violentas) en las que los personajes (bien definidos) nos muestran la terrible convivencia de una familia integrada por hombres de distintas generaciones. Esto permite que el desarrollo de la historia, desde la escena, explore caminos paralelos que se van hilvanando con las imágenes conformadas por los cuerpos y los elementos.

La palabra tiene un desplazamiento hacia el cuerpo del elenco. Y aquí se distingue el trabajo físico de Carlos Córdova quien encarna al abuelo, personaje de una fuerte presencia en la obra pues es quien va dictando tiempos, giros y va condicionando los matices de los demás personajes. El abuelo es un cuerpo presentificado pero también es un imagen fantasmagórica, podrida, violenta, retorcida, abyecta. Carlos, a partir del dominio de la fisicalidad, nos propone un personaje que muchas veces está en un estado de agonía, su cuerpo se retuerce, sus pies se quiebran, los sonidos onomatopéyicos, guturales, se conectan con esa imagen del cuerpo pervertido. Como contraparte, German Acosta encarna al hijo menor y es el personaje que rompe con la aparente estabilidad de la familia conformada por hombres. Su registro pone el acento en la palabra y en cierta levedad, sutileza, que conecta la construcción interna y externa del personaje. El hijo menor es quien rompe con la violencia, la rudeza, la crueldad de la construcción heteronormada de los demás miembros de la familia. Por otro lado, José Jiménez y Napoleón Alfaro, el padre y el hijo mayor respectivamente, terminando de organizar los contrapesos escénicos proponiendo actuaciones más equilibradas, más sobrias. Es meritorio señalar que hay un trabajo de dirección actoral que está cimentado en el proceso, el acompañamiento y el diálogo entre director y actores. Esto resulta vital y evidenciable en el espectáculo ya que todo cae en el preciso lugar y está dado por la justa medida.

Además de los cuerpos los elementos escenográficos cobran una dimensión importante en la ficcionalización. Todo sucede en una casa que es puesta en escena a partir de una puerta, una escalera y algunos elementos de madera que al ser intervenidos por los actores nos muestran diferentes partes de esa casa, también fragmentada. Además, la casa misma es un personaje dentro de la obra que se traduce en la metáfora de aquello que se empieza a desmoronar cayendo inminentemente sobre los personajes.

Tanto el texto como la puesta en escena entra en la tradición occidental en la que vemos cómo una familia, una manada, un grupo, se va resquebrajando a partir de que uno de sus miembros, el diferente, opta romper con el canon, con el esquema. Esto me resulta atractivo ya que mucha de esa dramaturgia, al menos en Latinoamérica a partir de los años 40, fue escrita por artistas homosexuales que decidieron criticar sus sociedades a partir de la construcción de un discurso encriptado. ¿Estamos ante una propuesta de teatro gay? Quizás sea muy atrevido aseverar esto, pero sin duda hay elementos de ese registro estético. Lo que sí evidencia la obra es la crítica a las relaciones machistas intergeneracionales, a las disputas por el sentido de lo que significa ser hombre. Esto se convierte en un arma de doble filo porque esa crítica está construida a partir de lo que socialmente significa ser hombre o ser mujer. Resulta una contradicción ya que por un lado trata de contradecirlo, o de llevarnos a la reflexión, y por otro lado, lo acentúa.  Así vemos los extremos, el hijo menor es delicado, le gustan las flores, el pastel, lo dulce y el abuelo es violento, controlador, rudo. Me permito decir que una de las escenas más hermosas de la obra, según mi criterio, es cuando se presentifican los personajes femeninos a partir de un telón hecho con batas de casa. Un gran acierto.

La obra se presentó como segundo espectáculo de la cartelera del Festival Hispanosalvadoreño. El Teatro Nacional de Santa Ana fue su escenario. Pastel de mango o tu nombre derrumbado es una grata sorpresa de este festival ya que se estrenó en el mismo. La obra logra visualizar los lenguajes de una generación joven de teatristas que apuesta por un teatro más visual, más físico, que pone el acento en otros temas, en la ficcionalización de un mundo que expone otras heridas de la sociedad salvadoreña. Además, no hay que perder de vista el trabajo de Mauricio Nieto porque se empieza a vislumbrar la concreción de una poética teatral desde la dirección. Esperemos que este espectáculo pueda seguir presentándose en distintos escenarios y con distintos públicos. Sin duda es una obra que vale la pena ver.

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