Hacía mucho tiempo que no me emocionaba tanto como espectador. Había olvidado lo que se siente al aferrarse a la butaca y perder el aliento. Y eso lo consiguió Alma Zen. La vi en el Auditorio FEPADE el sábado 28 de junio del 2025 por la noche, con ciertas expectativas, no lo voy a negar, ubicado en las últimas filas, conocedor de las dimensiones humanas y materiales del proyecto, articulado por el Centro Cultural de España (CCESV), en alianza con el Área de Danza de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA).
Yo quería, más que observar o abrir mis sentidos, entablar una conversación con el director y coreógrafo invitado, Francisco Centeno, sobre sus obsesiones artísticas, de contenido y forma. No miento al decir que la fama precede a Centeno, costarricense radicado en el Perú, quien a principios de siglo fundó la Compañía Nacional de Danza de El Salvador, bajo la gestión de Federico Hernández en las arcas del Estado. Centeno, además de autor de numerosas obras de danza que fueron abrazadas por el público y la crítica, es un verdadero abrecaminos, gestor de insólitos proyectos con alcance y reconocimiento internacional. Alma Zen es su retorno a la comarca centroamericana y un encuentro con una nueva generación de intérpretes, imparable y apasionada.
Para quien nunca vio danza contemporánea, admito que no suelen ser obras sencillas de entender, a veces resultan indescifrables. Uno de los vicios malsanos de la práctica artística radica en desconectarse de su audiencia, aburrir con virtuosismos técnicos y enrarecer el mensaje. Alma Zen constituye una excepción, porque logra tender un puente hacia nosotros y comunica algo con claridad. Pero, ¿qué?
Un espacio onírico. Nubes de papel triturado se bañan de colores vivos y el humo hace que la luz se propague como el fuego. Y desde que el elenco ingresa al escenario hasta el apagón, se arman y desarman ante nuestros ojos momentos de excesiva belleza. Lo hacen al son de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, un grupo de cuatro conciertos para violín y orquesta que emulan los sonidos de la naturaleza, considerado un hito de la música clásica y del estilo barroco. Centeno, que decidió utilizar estos conciertos de Vivaldi sin cortes ni modificaciones, compuso distintas coreografías para cada una de las estaciones. Pero me atrevería a decir que Alma Zen, más que tratar sobre la naturaleza, es una obra sobre el tiempo, sobre el paso del tiempo.
A juzgar por su título, podría ser una obra sobre la búsqueda de la tranquilidad y el equilibrio. Sin embargo, las emociones que experimenté se acercaban al vértigo y al agobio. A los pocos minutos, tuve que aceptar que resultaba imposible captar el sentido de cada imagen por separado o encontrar coordenadas narrativas convencionales, y que solamente podía navegar la fascinación generada por tan intensa ráfaga de imágenes en movimiento. En un mundo donde las imágenes se reproducen como virus, nuestra percepción se enferma y confundimos felicidad con frenesí. Nuestras dinámicas culturales nos alejan de la paz interior. ¿Cómo recuperarla? Alma Zen es un viaje del caos a la calma interior, la más difícil de encontrar.
Quiero referirme de nuevo a las coordenadas narrativas convencionales, puesto que soy dramaturgo y me compete. ¿Es necesario contar una historia en la danza? ¿Le serviría a Alma Zen hablar en términos dramatúrgicos? Roberto Cardona es uno de los protagonistas, una suerte de príncipe Zen, un elegido, el personaje que carga con un conflicto. Pero, ¿y el resto? ¿Quiénes son esos jóvenes llenos de nobleza escénica? ¿Dónde están? Quizá estoy pidiendo demasiado teatro, pero en ocasiones vi rostros vacíos de pensamiento, y la incerteza no le hace bien al intérprete, pero menos al público.
La obra articula una mirada sobre la juventud y la masculinidad, especialmente en aquellos momentos memorables protagonizados por «los muchachos»: Byron Nájera, Roberto Cardona, Iván Peña y Asuical Sandoval. Ellos ejecutan con belleza y precisión complejas secuencias coreográficas en colectivo, como varones que exploran, con juego y vigor, la fuerza de sus cuerpos.
Hace mucho tiempo que no escribía un texto sobre un espectáculo de danza, y Alma Zen consiguió que volviera a hacerlo. Había olvidado lo que se sentía. La última vez que escribí fue en 2017, espoleado por Urban Shaman del director suizo-francés Angelo Dello Iacono, invitado por el Festival Nómada para dirigir a un elenco salvadoreño. Se trata de una situación similar. Además, en ambas producciones Roberto Cardona ha sido una pieza crucial, no solo como intérprete, sino también como gestor cultural, visionario e iconoclasta. En sus manos, la vanguardia de las artes en El Salvador.
Y para mencionar otros nombres: resultó un placer reencontrar en escena a Byron Nájera quien, con tantos años en el oficio, se conserva lleno de vitalidad, digno representante de la generación de bailarines que Centeno hizo nacer y triunfar. Y de la nueva ola de intérpretes, quisiera destacar a Alejandra Martínez, que proviene del teatro y otorga a su cuerpo danzante posibilidades dramáticas muy interesantes. Mis ojos no podían dejar de mirarla.
Volvería a ver el espectáculo varias veces para renovar esa conmoción y recordarla mejor. Pero solo se presentó en dos ocasiones. Gratuitas, por suerte. Qué dicha la de quienes pudimos estar ahí. ¿O será que anunciarán nuevas funciones?