Rodxas y Fox The Kid: La fraternidad del pop punk se consolida en A2Bandas

Las comparaciones entre generaciones, si se leen superficialmente, tienen siempre un carácter hostil. Si es musical, la disputa redobla las municiones: ¿quién puede reclamar el entendimiento más puro de un género? ¿Quién influye a quién? ¿Quién es más original, más hábil, más sincero? ¿Quién puede aspirar no solo a ser bueno, sino memorable? ¿Quién se quedó en el camino y quién lleva la batuta?

El pasado 25 de julio de 2025, durante el concierto más reciente del ciclo A2Bandas del Centro Cultural Centro Cultural de España en El Salvador, la energía fresca de Rodxas —Rodrigo Díaz en la voz, Alejandro Ávalos en la guitarra, Boris Jiménez en la batería, Josué Santos en la guitarra y Marcos Santos en el bajo y la voz— recibió a los veteranos Fox the Kid —Víctor Interiano en la guitarra y la voz, Maru Castaneda en el bajo y Kike Cisneros en la guitarra. Se reunieron dos de los exponentes locales más visibles del pop punk y géneros relacionados, en una jornada explosiva capaz de disipar cualquier conflicto ilusorio y de reemplazarlo por un profundo sentimiento de unión.

Desde los primeros acordes con que saltaron al escenario, los Rodxas dejaron claro que su juventud no implicaba nerviosismo ni desconocimiento. La experiencia previa de sus integrantes en otras agrupaciones se hace evidente en la seguridad ante el público y en el sonido integrado, limpio y cohesivo, liderado por el vocalista Rodrigo Díaz.

No pasó mucho tiempo antes de que las personas asistentes se acercaran mientras las notas reminiscentes de los años noventa de Alguna vez invadían los amplificadores, en una declaración de optimismo ante la soledad que, a pesar de cierta ingenuidad, no estaba menos enraizada en la voluntad. Con el mismo espíritu, entre percusiones urgentes, el tema Desilusionado desplegó el deseo frente a un afecto juvenil frustrado, para dar paso a la sorprendentemente emotiva Mi pasado, composición original del bajista Marcos Santos que, en un momento acústico, rememoró el fallecimiento paterno y el complejo rastro de sentimientos arremolinados en esa relación.

Al pop punk le atraviesa una vena intensa de entusiasmo, que muchos escuchas confunden con el candor de la juventud, la ignorancia de la inexperiencia o una apuesta por estéticas más comerciales. Ese arrebatamiento se percibe erróneamente como un defecto en grupos como Rodxas, que abordan temas cotidianos sin pretensiones elevadas, pero sí con honestidad y frescura, y que emplean esa vena como un factor poderoso de conexión humana. Sin embargo, como la banda invitada Fox The Kid ha demostrado a través de los años, este entusiasmo no solo deviene esencial para cualquier expresión creativa, sino que tiene la capacidad de madurar y mantenerse en el tiempo, más decidido que nunca. Donde Rodxas es atrevido, Fox se muestra enfático. Dos caras del mismo espectro, ni en competencia ni en oposición: en armonía evolutiva.

Así, su entrada en escena se siente como algo más que un choque de opuestos o que la llegada de los superiores: un reencuentro familiar con quienes comparten esta emoción primaria. La manera en que la presencia de los Kids no compite en Vete lejos, sino que se funde sin esfuerzo y enfatiza las mejores cualidades de cada artista, resulta tan natural que parece que ambos grupos sean subdivisiones de una banda más grande. Los fragmentos melódicos en las voces de Rodrigo Díaz, Vic Interiano y Kike Cisneros y sus bramidos al unísono despertaron gritos apasionados en la respuesta de las asistentes y los asistentes. Lo mismo hicieron en Ausente, ya que ambas canciones reafirman en sus letras la decisión de luchar contra demonios externos, pero también los propios.

En contraste, Rodxas eleva de manera fluida Breathe, tema original de Fox The Kid, potenciando la línea vocal y las percusiones, amplificando la anticipación de su historia y anticipando la explosión que Bar de Muertos ―donde los Kid juegan de nuevo a visitante― contagió en el aire. Esta última tonada, que resume las emociones en torno a las malas decisiones románticas influidas por el alcohol, les permite a todos relajarse en escena para simplemente disfrutar del momento, como es natural en el sonido del pop rock/punk de los 2000. Y aunque puede parecer imposible, la enamoradiza Follow The Summer, otro clásico de Fox The Kid, extrae aún más adrenalina de ambas agrupaciones, para una audiencia que en ese momento del concierto recibe la pieza con atención inquebrantable.

Esta comunión de talento, naturalmente, también supo reconocer el río sonoro del que debió beber en su contexto. En un homenaje inesperado, pero cargado de nostalgia, ambas bandas se unieron en la interpretación conjunta final de Quisiera, firmado por la legendaria banda punk rock salvadoreña Metamorffosis, para sorpresa y emoción de la audiencia. La que ya de por sí es una composición fuerte hizo combustión en el aire, casi como un himno al avance y al futuro del género en el país.

De nuevo por su cuenta, los Rodxas interpretaron una franja de canciones en inglés y regresaron al modo corazón roto con Mark’s Song, sencillo de fuerte base melódica en guitarra, casi una balada que anhela un amor que quizá regrese a fuerza de ruegos. Una vez más, Monster Inside rompió, con un sonido levemente reminiscente del pospunk, contra la monotonía y el cinismo, en favor de la esperanza frente a las dificultades; Goes Wrong, brillante y, a su vez, una promesa de persistencia, puso a saltar a todo el público presente con sus acordes de potencia.

Bebiendo de esta energía en flujo, I’m Sorry cerró la noche con los cantos y las dinámicas del vocalista, quien bajó del escenario para saltar junto al público en un ambiente de fiesta y camaradería: una digna conclusión a dos horas de optimismo, sentimiento y vitalidad imparables.

Entre los venenos más potentes para cualquier escena, o en general para el arte, sobresale la división. En especial en un país donde el conflicto pareciera ser el segundo lenguaje oficial. Pasado y moderno, inocente y cínico: si bien estas constituyen clasificaciones necesarias en la tarea de describir, utilizarlas como límites imprecisos para fragmentar la experiencia humana en sectores aceptables o inaceptables es una manifestación insoportable de miopía espiritual. La música, gran igualador instintivo y emotivo, nos demanda dejar estos preconceptos en la puerta y abrazar la expresión por la expresión, la vida en toda su apasionante contradicción. Quizá los ejercicios de intercambio, como los propiciados por los encuentros de A2Bandas, más allá de producir momentos musicales interesantes, sean una manera de encarnar esta perspectiva. Un paso más hacia un entendimiento de la convivencia como instante de fraternidad caleidoscópica, que nos invita a maravillarnos en lo común que compartimos con el otro.

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