Una niña que está por nacer y cuya voz se escucha desde adentro, antes de venir al mundo. Una anciana que vive atrapada en sus recuerdos, hilando la memoria en femenino. Una mujer que recuerda el asesinato de su hermano homosexual, asesinado por desear distinto. Una niña que juega y, en el juego, revela la herida del abuso. Una mujer que pierde a su bebé y busca consuelo en la religión, para encontrar solo culpa. Voces que tiemblan. Un reencuentro, muchos reencuentros. Ocho vidas que se trenzan con un mismo hilo.
Óctuple, creación de Los del Quinto Piso, escrita y dirigida por Jorgelina Cerritos junto a Víctor Candray e interpretada por Merly Rivera Portillo y la propia Cerritos, es la obra que cerró la cartelera del VII Festival de Teatro Hispanosalvadoreño el 29 y 30 de octubre de 2025 en el Centro Cultural de España en El Salvador. Clausuró el encuentro con una puesta que encarna una sensibilidad poética y política particular. Es un teatro que se construye desde la intimidad, el cuerpo y la memoria compartida.
La historia se sostiene, primero, sobre el hilo rojo de la vida como metáfora. Ese hilo, a veces sangre, a veces vínculo, a veces destino, conecta a las mujeres que habitan el edificio donde transcurre la ficción. Pero también se extiende más allá de los límites de la escena y llega hasta el público, que al final sostiene los mismos hilos y entrelaza, así, a actrices y espectadores en un mismo tejido. Lo que en un inicio parecía una imagen simbólica se vuelve experiencia tangible. La dramaturgia de Cerritos transforma la historia en un gesto material de comunión, porque el público no solo observa, sino que queda unido por la misma hebra que atraviesa a las protagonistas.
Esa unión, frágil y roja, sugiere una genealogía. Los lazos que unen a las mujeres en la historia, la sangre que hereda la vida, las memorias que se traspasan de una generación a otra. Pero también hay dolor en esa conexión. Los hilos que atan son los mismos que en ocasiones oprimen. Óctuple entiende la memoria no solo como herencia, sino como carga; no solo como consuelo, sino como herida.
El hilo rojo se desliza entre las lámparas, las telas y los cuerpos, cruzando el aire como una corriente vital. A veces es un cordón umbilical, a veces una línea de sutura que busca cerrar las grietas del tiempo. Las actrices caminan, se envuelven, se atan, se liberan. La materia de la escena emerge ligera, hecha de telas, luces, muñecas, hebras, pero su carga simbólica es profunda. Cada gesto se inscribe en el límite entre la presencia y la evocación, entre lo que el cuerpo dice y lo que apenas se atreve a nombrar.
El espacio escénico, concebido desde el minimalismo, se convierte en una extensión simbólica de esta trama. El público se dispone alrededor de un área vacía iluminada por lámparas de mesa, cada una con su propia temperatura y matiz. Esa luz doméstica, cálida y tenue, sustituye los reflectores teatrales. No hay distancia entre escena y público, hay un territorio compartido, un espacio íntimo que podría ser una casa o un recuerdo.
La iluminación, diseñada para trabajar con los bordes de la sombra, actúa como un lenguaje en sí misma. En algunos momentos, las actrices se ocultan tras un velo translúcido o tras la sombra de una mano proyectada, como si la memoria misma se resistiera a ser mirada de frente. La obra no busca la claridad, sino el temblor de la penumbra, ese territorio donde la emoción se vuelve visible sin perder su misterio.
El trabajo de Merly Rivera Portillo y Jorgelina Cerritos se mueve entre lo físico y lo verbal, entre lo performativo y lo narrativo. Cerritos domina la palabra y la hace fluir como una corriente interior. Su voz sostiene la estructura poética de la pieza, tejiendo los relatos que conectan a las ocho mujeres. Rivera, por su parte, traduce esos relatos en gesto y movimiento. Su cuerpo encarna la materia del dolor, la fragilidad, el asombro. Entre ambas surge un diálogo sutil y constante. Mientras una nombra, la otra encarna. Mientras una ilumina con la voz, la otra oscurece con el cuerpo. El equilibrio entre ambas construye una dramaturgia coral donde cada historia individual resuena en las demás. Son dos cuerpos que se desdoblan en muchos. Madres, hijas, niñas, ancianas, amantes, heridas, testigos.
Cerritos, desde la dramaturgia, rompe deliberadamente la unidad de tiempo y espacio. La obra se desarrolla en un presente expandido, donde pasado, recuerdo y ensoñación se superponen. El edificio donde viven las mujeres es también la casa de la infancia, el útero, el cuarto, el escenario. El tránsito de Lucía, la mujer que busca a su madre, se vuelve metáfora del tránsito de todas. Se torna raíz, regreso, mirada hacia el miedo, apertura de la puerta del recuerdo.
Óctuple habita el territorio liminal del teatro performativo. Combina actuación, lectura, imagen y sonido para crear una dramaturgia sensorial. Esa hibridez le da fuerza y, al mismo tiempo, genera momentos de tensión. En ciertos pasajes, sobre todo cuando aparecen fragmentos de canciones con un registro más realista, la atmósfera se interrumpe. La organicidad poética, sostenida en la fragilidad de los gestos, se resiente ante la literalidad de la música. Sin embargo, esa disonancia puede leerse también como parte del discurso. Lo liminal no constituye solo un recurso formal, sino una forma de estar en el mundo, un modo de decir desde el borde.
Quizá lo más reflexivo ocurre al final, cuando los hilos rojos se extienden hacia el público. No se trata de un simple recurso escénico, sino de un gesto de profunda significación ética y estética. Los espectadores, al tomar los hilos, completan el tejido. Lo que antes era metáfora ―el vínculo entre mujeres, entre tiempos, entre memorias― se convierte en acción colectiva. El teatro se hace experiencia compartida. En ese instante, el límite entre ficción y realidad se diluye. El hilo que atraviesa la escena se convierte en símbolo de lo que nos une más allá del espectáculo. Es la línea que separa y a la vez conecta la vida cotidiana con la representación. Esa fisura conforma el lugar donde Óctuple encuentra su mayor potencia. Allí, donde lo teatral toca lo real, surge la posibilidad de reimaginar el mundo.
Esa es, quizá, la gran lección que deja la obra. En tiempos saturados de discursos unívocos, Óctuple propone otras formas de contar. No desde la afirmación, sino desde la apertura. No desde el argumento cerrado, sino desde el tránsito. Lo liminal aparece como una estrategia estética, pero también como una postura política. Permite mirar la realidad sin petrificarla, permite que los cuerpos la reescriban y la transformen.