Planificar una explosión es una tarea precisa e impredecible a partes iguales. Se puede proyectar tomando en cuenta todas las variables y, aun así, la predicción del impacto aparecerá apenas como una aproximación elegante. Hay diversas maneras de hacer que el mundo arda, como hay distintas causas ―de las más a las menos nobles― para encender la mecha. Suelen ser, además, los componentes más sencillos e inmediatos los que, sublimados en su máxima efectividad y contra la superficie adecuada, brillan en la noche con una intensidad aguerrida.
Esta es una premisa emocionalmente cierta, tanto en la química como en la música. El underground de cada escena guarda en sus vísceras la capacidad de pulir sus elementos primales para destruir o transformar conciencias. De entre estos, el rap y el metal se tornan dos de los artefactos más efectivos en manos hábiles, sensibles a la realidad y conectadas a su público. Young Shiva, rapero de meteórica trayectoria y lucidez política, y la joven e irreverente banda de metal progresivo Gidora combinaron así lo mejor de sus talentos en un espectáculo repleto de invitados que prendió fuego a la noche del viernes 29 de agosto, como parte de los encuentros A2Bandas 2025 del Centro Cultural de España en El Salvador.
Young Shiva tomó el micrófono como un domador experimentado que respeta a la bestia colectiva de la audiencia congregada, pero que, a la vez, no tiene ninguna intención de edulcorar su mensaje, profundamente anclado en la escabrosa realidad política local. El escenario, ocupado por él y la DJ de la noche, Nicotina, pronto se quedaría pequeño para contener la energía de sus primeros temas. Los beats de Nicotina, destilados minimalistas de influencias indie, nu metal e industriales, se amoldan de manera imposible, casi como mantequilla, al filo de la pluma de Shiva. El rapero dejó entrever su reverencia a referentes del hiphop salvadoreño en El Juicio, aunque también dejó claro su estilo particular de abordar el género ―acusatorio, preciso, vívido― en La Pedrada, tema que, como sus intervenciones entre canciones, señala sin descanso a quienes violan el pacto de la integridad, ya sea desde sus posturas políticas o sus acciones concretas. Shiva se transmuta en una válvula de rabia evidente, pero estratégicamente contenida.
Este pensamiento metódico también bajó al setlist de la velada, organizado en distintivos bloques de experimentación, improvisación, mezcla de géneros e invitados, exponentes de la parte más lúcida del futuro underground del país.
En un momento reclamó espacio para diseccionar su proceso creativo en vivo, improvisando sobre un beat lo-fi con los tópicos comunes de su repertorio: la confrontación política, la reivindicación de valores personales, la introspección sombría que luego viaja hasta la arrogancia política, o la pluma de la calle que se convierte en bisturí bajo la piedra del arte. Antes poeta que rapero.
Shewak, el primer invitado de la noche, subió a demostrar que, con pista o a capela, su habilidad y la de Shiva en este género es incuestionable. Este dúo se deslizó con fluidez entre el boombap y el rap conciencia, en un jugueteo plagado de agilidad y testosterona, narrando con poderoso desparpajo la cruda realidad de la juventud salvadoreña estigmatizada. Y, al mismo tiempo, enfatizaron ―así fue en el tema Como nosotros― los profundos vínculos de hermandad y mutuo reconocimiento que toda adversidad engendra.
En un mundo ideal, ningún artista hombre debería ser medido por el espacio que abre a mujeres o personas no binaries en su género musical, porque ese debería ser un lugar obvio y propiciado de manera orgánica. En el panorama actual, sin embargo, estas acciones constituyen barómetros ineludibles de congruencia, uno que Young Shiva abraza con aplomo al adoptar un papel secundario en los temas Filthy Ass Immigrant y Déjà Vu, donde primero la intérprete Marcelx y luego Nicotina toman el micrófono en un dembow incendiario, combativo y de rabia diversa hacia las condiciones sociopolíticas del país, aquellas que aprisionan de manera injusta a unos y obligan a huir a otros. Destacable es también la participación del productor Vajra141en el tema anterior y En Pupilas, que agregó, a través de la sensibilidad metal, una dimensión abrasiva y deliciosamente caótica al momento, entretejido con soplos de inesperada contemplación.
Resulta increíble pensar que la segunda banda protagonista de la noche aún no había pisado el escenario porque la euforia de la audiencia ya equivalía a la de tres conciertos en uno. Para serenar e invitar a la fluidez ocuparon el escenario, siempre junto a Shiva, invitados de otra índole: Starpot en la guitarra, Jenny Figueroa en el saxofón y Nutzkult en la percusión tendieron una planicie funk y sensual a través de la cual Shiva improvisó con ligereza. Una mezcla de jazz y boombap a la que cada acompañante aportó su sabor particular: ritmos cálidos y orgánicos, una guitarra caprichosa, un saxo luminoso.
Pero suficiente descanso. Luego de un viaje excelente a través de todos los universos sonoros, llega el tiempo de la combustión. Gidora entra como un digno contrincante, Shiva les recibe con ojos brillantes, torso empapado en sudor y euforia. Como un cóctel molotov querompe las ventanas, los temas Parias Mautdits y Toxic Waves sacuden los amplificadores en una llamarada de rap metal, un moshpit con sabor a aguardiente, con la urgencia de la sangre entre los dientes.
No deja de estremecer el trabajo vocal de Marcos Schönenberg, que complementó con sus growls expansivos a la ametralladora lírica del rapero. Incluso si todos los músicos en escena son jóvenes, se hace evidente y emocionante lo que sus habilidades al frente expresan con ineludible claridad: una disciplina tenaz. En Kamikaze Mode, banda y rapero entran en un trance comunal: violentos, enfocados, pero disfrutando visiblemente de cómo fluye el combustible emocional entre ellos, en todas direcciones. Para cuando sonó Sáquenme de Latam, el tema de Young Shiva ya había generado varios intentos de moshpit entre los presentes, alentados sin duda por el dinámico estilo rítmico de Daniel Melgar y el bajo hipnótico de Alejandro Cortez. Cipote Loko, guiado por la potente guitarra de Juan Sánchez, despide a la banda contraparte con la satisfacción de que el futuro de ambos géneros descansa en buenas manos.
Una última y generosa alineación despide las ya dos horas de adrenalina desparramadas. Mao Gnómada en el bajo, Alex Villalobos en la guitarra, Jenny Figueroa haciendo reprise en el saxo y David Franco en la batería dibujan en los temas Rompiendo el silencio y Régimen de dientes un El Salvador apocalíptico, inminentemente destrozado entre desaparecidos, con una intensidad devastadora que Shiva sabe capitalizar en sus interacciones con el público. Nataraja Season y El camino se prestan a la transición final, ácida, delirante, casi trascendente, hacia La Cumbia del Under, canción de cierre que sumerge en un sabor chúntaro a todos los presentes, como un contundente recordatorio del sabido dicho «aquí se sufre, pero se goza».
Alquimia es una palabra muy gastada para describir la reacción entre materiales idóneos. A través de la dedicación, el aplomo y la disciplina, todo artista puede transformar sus creaciones en un incendio colectivo que ofrende su talento a lo imposible: la diversidad, la transformación social, la justicia. Sin escenarios que le permitan arder, sin la confrontación de distintas expresiones hacia un mismo centro de identidad rebelde, el ímpetu lleno de juventud se estanca en las aguas de la ignorancia colectiva. Iniciativas como los encuentros A2Bandas son una oportunidad no solo para recobrar la fe en el ingenio musical local, sino también para confiar y avivar la chispa de la esperanza que energiza los brazos constructores de un futuro mejor.